A 95 centímetros del suelo

Capítulo 11: Valery

El evento se celebraba en el hotel más lujoso de la ciudad: el Hotel Imperial. Era un edificio moderno que parecía diseñado precisamente para noches como esta: techos altos con molduras doradas, arañas de cristal que colgaban como constelaciones congeladas, paredes revestidas de seda color marfil y suelos de mármol negro veteado de oro que reflejaban las luces como un espejo oscuro. Las mesas estaban revestidas con manteles de lino blanco impecable, vajilla de porcelana, copas de cristal y centros florales de orquídeas blancas y rosas inglesas que debían costar más que el sueldo mensual de muchos de los asistentes que había sido invitados.

En el centro del salón, una plataforma elevada con podio de caoba pulida esperaba la presentación de Richard Hartmann. Era el escenario cuidadosamente preparado para el acontecimiento más importante de la familia Hartmann en mucho tiempo: la asociación de la constructora con el joven y prometedor inversor Theo Brennan. Los padres de Valery lo habían elegido no solo por los millones que iba a inyectar, sino porque querían que fuera su esposo y el próximo administrador de toda la fortuna que el nuevo proyecto produciría.

Ella lo sabía. Theo lo sabía.

Y, probablemente, la mitad del salón también.

Los camareros se deslizaban entre los invitados con una precisión casi coreografiada, rellenando copas de champán antes de que nadie tuviera que pedirlo. Las conversaciones giraban alrededor de cifras, proyectos, terrenos y oportunidades de inversión. Palabras mayores dichas con naturalidad, como si hablar de millones fuera tan cotidiano como hablar del pronóstico del clima.

Y en medio de todo ese caos de opulencia, Valery sonreía.

Llevaba un vestido negro largo de corte sirena, escote sutil y espalda descubierta, con pendientes de diamantes caros que su madre le había insistido en poner y que le molestaban cada vez que intentaba girar la cabeza. Lucía muy guapa, probablemente mejor que la recepcionista que la recibió en el edificio donde se asentaba el consultorio del doctor Dice.

La comparación apareció sola, sin que pudiera evitarlo.

Por un instante absurdo, pensó que habría sido interesante tenerlas a las dos allí, una al lado de la otra, para comprobarlo.

De seguro no habría color.

Valery le daba cien vueltas.

—Estás preciosa esta noche…

La voz casi ensayada de Theo la sacó de sus pensamientos.

—Gracias —contestó Valery, forzando una mueca como sonrisa.

Ella había visto a Theo antes, al otro lado del salón, moviéndose con la soltura de alguien que sabe exactamente dónde pertenece. Iba saltando de grupo en grupo estrechando manos, recibiendo palmadas en la espalda y sonriendo con aquella seguridad propia de los hombres que están acostumbrados a recibir un trato privilegiado. Su nombre parecía abrirle conversaciones del mismo modo en que el apellido Hartmann abría puertas. Vestía un traje azul oscuro impecablemente cortado, la camisa blanca tan nítida que parecía recién planchada y, la corbata, en un tono sobrio, anudada con una precisión casi excesiva. Llevaba el cabello cuidadosamente peinado hacia atrás y un elegante reloj bajo el puño de la camisa. Discreto, pero sin duda, caro.

Tenía el aspecto exacto que se esperaba de él: joven, exitoso, pulcro. El tipo de hombre que encajaba sin esfuerzo en un salón como aquel, pero al que Valery le parecía tan corriente como la sosa decoración.

—¿Estás bien preciosa? Pareces… distraída.

La joven negó con la cabeza.

—Un poco nerviosa nada más. A veces la presión social me marea.

—Te entiendo. Es una noche importante.

Le hizo la señal de una copa con la mano, invitándola a acercarse a la barra.

—No gracias —contestó Valery, señalando a sus padres, a quienes observó platicando animadamente con un grupo de personas que no conocía—. Me matarían.

Theo soltó una media risa, de esas que solían llamar la atención de otras mujeres.

—Richard parece el tipo de hombre que no perdona ni una copa fuera de horario.

—No perdona muchas cosas.

Él la miró con curiosidad, como si estuviera intentando leer algo más detrás de esa respuesta.

—Entonces tendremos que portarnos bien —bromeó.

Aquellas palabras, sin intención, hicieron que algo en Valery se le encogiera por dentro. Recordó la advertencia que su padre le había hecho esa misma tarde, antes de salir de casa. La manera en que la miró, serio y paranoico, como si estuviera cerrando un trato más y no hablando con su hija.

«Querida, por una vez en tu miserable existencia, ¡compórtate!»

—Quiero esa copa enseguida —sentenció, rebelde.

Alrededor de las diez de la noche y ya con un par de copas en la cabeza —copas que no recordaba haber aceptado, pero que de algún modo habían llegado a sus manos pegajosas—, Valery se descubrió conversando con personas que, estando sobria, en la vida hubiera establecido contacto. El salón del Imperial seguía vibrando con risas educadas, el tintineo de copas y el cuarteto de cuerdas que ahora tocaban un vals suave, casi hipnótico. El champagne le había soltado un poco los nervios, pero no lo suficiente como para que se sintiera cómoda en medio de esa marea de trajes caros y sonrisas calculadas.




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