De nuevo la misma cueva: oscura, húmeda, con olor a tierra mojada y piedra fría. Lluvia torrencial afuera, golpeando las rocas como si quisiera entrar a la fuerza.
Tenía catorce años otra vez.
Entró solo, con la linterna parpadeante y la mochila al hombro.
El primer chorro de agua que se filtró por la grieta fue casi inocente. Luego se convirtió en un río. El suelo se llenó rápido. El agua le subió por los tobillos, por las rodillas, por la cintura. Fría. Muy fría. Como agujas clavándose en la piel.
No gritó. Nadie lo oiría. Estaba solo. Siempre lo estaba.
Agarró lodo del suelo con las manos temblando. Lo amasó, lo empujó contra la grieta. El agua seguía entrando. Le llegó al pecho. Al cuello. El sabor era de barro y miedo. Empujó con los hombros, con la frente, con todo el cuerpo. El lodo por fin se compactó. La grieta se cerró. El nivel se estabilizó justo debajo de la mandíbula.
Se quedó pegado a la pared, respirando por la nariz, con el agua meciéndose contra su barbilla.
Pero esta vez no iba a morir.
—¿Santi?
La voz no pertenecía a la cueva.
No era el eco deformado de su propia memoria ni el grito ahogado del niño que fue alguna vez. Fue una voz clara, firme, demasiado real para ese lugar.
—Santi, mírame por favor. Respira.
No la vio directamente: la cueva estaba demasiado oscura y el agua demasiado turbia para distinguirla. Pero lo voz estaba ahí cerca. Tan cerca que sentía que, si giraba la cabeza, chocaría con ella.
—Estoy aquí —insistió la voz—. Confía en mí.
Sintió una mano fuerte que lo sujetaba del brazo. Otra que le rodeó por la cintura. Lo levantó y lo sacó del agua helada. El frío se esfumó de golpe. El aire volvió a entrar limpio a sus pulmones.
—¡Valery! —exclamó asustado.
Y entonces despertó.
El techo era blanco. Uniforme. No había grietas, manchas o alguna imperfección mínimamente visible. Nada a lo que aferrarse. Solo una superficie lisa, impersonal, iluminada por una luz que no parece venir de ningún lugar en particular. El tipo de blanco que no pertenece a ningún recuerdo.
Parpadeó.
En su casa del campo, el techo de madera tenía historia. Era irregular, con nudos y vetas que contaban años. En el centro, siempre existió una imagen. Durante años fue lo primero que veía al despertar, incluso antes de abrir bien los ojos. Una costumbre tan arraigada que ahora, en el hospital, su mirada la buscaba por puro reflejo.
Recordó cuando era más joven. Adolescente. Torpe. Hambriento de algo que nunca supo nombrar. Entonces, en ese mismo lugar del techo, había pegado una foto: una chica sexy en traje de baño, recortada de una revista vieja que había encontrado en el mercado del pueblo. Era lo más cerca que tenía de “algo prohibido” en una época sin internet: páginas arrugadas, colores desvaídos, olor a tinta y papel barato. La había pegado allí con orgullo adolescente, pensando que despertar todos los días con esa figura le daría energía, le recordaría que había cosas bonitas esperándolo afuera. Pero, con el tiempo, con el auge de internet y el acceso ilimitado a cuerpos perfectos en la pantalla de un móvil, todo se volvió más accesible y, al mismo tiempo, más frío. Más vacío. La chica de la revista empezó a parecerle irreal, plana, una promesa que nunca se cumpliría. Despertar con esa imagen le generaba expectativas superficiales que luego chocaban contra la realidad: la soledad, el trabajo en el bosque, la vida que seguía igual.
La imperfección de las personas. Eso que hacía a cada uno distinto.
Entonces creció.
Y con el paso de los años, su mentalidad también cambió.
No de golpe. No con una revelación divina. Solo se le ocurrió quitar la foto de la chica, como primer paso.
Buscó en el sótano un baúl viejo, uno que siempre olía a polvo y madera húmeda. Revolvió entre papeles y recuerdos sin orden, entre cosas que nadie tira porque pesan más por su significado emocional que por el espacio que ocupan.
Hasta que encontró una fotografía antigua de sus padres.
Ellos jóvenes. Ridículamente jóvenes. Sonriendo sin saber todavía lo que el destino les tenía preparado.
La limpió con la manga de la camisa y la pegó en el techo con cinta nueva. Desde entonces, cada mañana abría los ojos y veía a sus padres.
No era excitante. No era perfecto.
Era real. Era hogar.
Y con eso había sido suficiente.
Lamentablemente en el hospital… nadie conocía su historia.
Santi activó el botón para elevar la cabecera de la cama.
El motor respondió con un zumbido suave, casi amable, y el mundo cambió de ángulo en un pestañeo. El techo blanco dejó de estar justo encima y la cama lo dejó en posición semisentada. Le dolía la espalda baja cada vez que el mecanismo se activaba, pero ya se había acostumbrado al dolor. Era como un compañero de cuarto que nunca tenía la intención de marcharse.
Vio la luz de sol entrar directamente por las rendijas de la persiana. Estiró los brazos. Respiró hondo. El mareo desapareció y el pecho le dejó de arder. Sentir los rayos contra su piel lo cargaba de energía.
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Editado: 25.01.2026