A 95 centímetros del suelo

Capitulo 13: Santiago

Los domingos, Santi solía salir a la ciudad a hacer las compras para la semana.

Se levantaba temprano, aunque no tanto como los días de trabajo.

A las seis y media ya estaba vestido, porque así el día parecía ser más productivo. A las siete en punto tomaba el autobús. Siempre el mismo. Siempre el asiento del lado de la ventana, aunque supiera de memoria cada curva del camino. El campo quedaba atrás despacio, sin prisa, como si también necesitara acostumbrarse a la idea de dejarlo ir por unas horas. El viaje duraba cuarenta minutos con el recorrido habitual: carretera de asfalto roto, curvas que hacían crujir los asientos, olor a gasolina y a gente que llevaba gallinas en bolsas de yute.

A las ocho desayunaba en un restaurante pequeño, de mesas de madera gastada y sillas de plástico. No era el mejor de la ciudad, pero lo hizo suyo. El mesero ya no le preguntaba qué quería. Le llevaba el desayuno de siempre: café pasado con donas de chocolate y Santi agradecía ese gesto mínimo de reconocimiento, con esa sensación de existir para alguien que no lo conocía de nada más que de ser su cliente dominical. Comía despacio, mirando a la gente pasar por la calle: señoras con bolsas del mercado, niños que vendían chicles, taxis que pitaban sin parar. Era su momento. Nadie le preguntaba nada. Nadie le pedía explicaciones. Solo comía, pagaba y salía.

Después empezaba el recorrido.

Caminaba sin un orden rígido, pero con una lógica que el cuerpo había aprendido con los años. Una tienda para las frutas y verduras, otra, más lejos, para la carne. Un mercado donde compraba pan fresco. Una ferretería donde siempre encontraba algo que no sabía que necesitaba. La ciudad se le desplegaba como un mapa íntimo, hecho de rutinas y pequeñas decisiones.

No era un paseo. Era casi un ritual.

Al mediodía, cuando ya había comprado casi todo, solía detenerse un momento. Se sentaba en una banca, revisaba mentalmente la lista, y pensaba que esa era su forma de sostener la semana: adelantarse un poco al futuro, asegurarse de que no faltara nada esencial.

Cargaba todo en dos bolsas grandes de tela que traía de casa. No le gustaba gastar en muchas fundas plásticas. Pesaban, pero él las llevaba sin quejarse. Volvía al terminal caminando, con las bolsas cortándole la circulación en las manos. Tomaba el mismo bus de regreso y cerca de las dos estaba en casa nuevamente. Preparaba algo sencillo para almorzar, ordenaba las compras y enseguida se acostaba en la cama para terminar el día con una maratón de series o películas.

Ahora, acostado en una cama de hospital, ese recuerdo regresaba con una precisión dolorosa. Era el primer domingo de su vida que lo pasaba fuera de su cálida habitación.

Sintió nostalgia entonces.

No por el dolor de la rutina, sino por la libertad que había tenido sin saberlo: salir solo, decidir el orden de las compras, comer en paz, volver a casa sabiendo que nadie lo esperaba con preguntas.

Cerró los ojos otra vez.

Suspiró.

Luego pensó en la casa.

En que hacía más de una semana que nadie había entrado allí.

La imagen le llegó de golpe, sin ceremonias: la puerta cerrada, las ventanas quietas, el polvo empezando a acumularse como si el tiempo hubiera decidido instalarse sin pedir permiso. Y aunque no había nada de valor para robar, no era eso lo que le preocupaba.

Eran sus animalitos.

Las gallinas, primero. Las imaginó caminando en círculos, confundidas, picoteando el suelo vacío, esperando un alimento que nadie les proporcionaba. Santi siempre les daba de comer dos veces al día: una vez en la mañana, antes de irse, y otra al volver, por la noche. No sabía si ya habrían muerto de hambre. No quería pensarlo, pero el pensamiento insistía, tozudo, como una culpa que no sabía dónde acomodar. Él había sobrevivido. Ellas, tal vez no.

Luego estaba Rocko, su mascota. Un gatito negro con una oreja rota que había aparecido una noche en el porche y jamás se marchó.

Él era otra historia. El infeliz probablemente estaría cazando ratones para subsistir, adaptándose como sabía hacerlo, con esa dignidad práctica que tienen los animales cuando no hay otra opción. Lo imaginó mirando la puerta cerrada, maullando de vez en cuando esperando a que alguien abriera.

Se le hizo un nudo en la garganta.

Sabía que la casa sin él no era casa.

Apretó la mandíbula. Intentó distraerse mirando por la ventana.

El doctor Dice llegó a la hora exacta que le había dicho a Santi.

Entró a la habitación con su habitual traje de doctor: impecable, planchado, demasiado correcto para un lugar donde mucha gente podía estar rota por dentro. Llevaba esa sonrisa que Santi ya había aprendido a identificar, una sonrisa más actuada que sincera, ensayada frente a espejos invisibles y repetida tantas veces que había perdido cualquier rastro de espontaneidad. Una carpeta fina bajo el brazo.

—Buenos días, Santi —dijo, acercándose al pie de la cama con paso calmado—. ¿Cómo amanecimos hoy?

Santi, ya con la cabecera de la cama elevada desde hacía rato, lo miró sin prisa. El pitido del monitor seguía su ritmo habitual, pero su voz salió un poco más ronca que ayer, como si la noche hubiera sido larga.




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