Valery creyó que su compromiso con Theo no sería más que una noticia de una noche: un titular en las redes sociales de la alta sociedad, un par de fotos virales en Instagram y quizás un artículo breve en la sección de sociales del periódico local.
Jamás imaginó el efecto dominó que arrastraría después.
Su vida se convirtió en una agenda interminable.
Las felicitaciones no cesaron y las reuniones se multiplicaron. Los desayunos parecían juntas de trabajo y en los almuerzos no había otro tema de conversación que no fuera el de las alianzas, las proyecciones económicas y el futuro, como si ese futuro ya les perteneciera. Incluso el lunes tuvo una sesión con los abogados de la familia para redactar el acuerdo prenupcial. Hubo llamadas con asesores financieros que hablaban de “activos conjuntos” y “protección patrimonial”, mientras Theo y su padre discutían sobre cifras, como si de juguetes se tratara. Valery se limitaba a sonreír y asentir…
Lo más tedioso eran los eventos. Aquellos que antes podía esquivar con una excusa absurda, ahora eran obligatorios: cócteles en casas de inversores, cenas privadas con socios extranjeros, una gala benéfica improvisada «para celebrar la alianza». Cada vez que entraba a un lugar, la gente se le acercaba y le decía: «¡Felicidades, Valery!», «¡Qué pareja tan hermosa!», «¡La mujer más afortunada del mundo!». La felicitaban como si hubiera ganado una lotería que nunca pidió jugar.
Iba media semana desde aquella noche y apenas había tenido tiempo de mirar el celular. Vibraba constantemente en el bolso, como un animal inquieto, pero casi nunca lo sacaba. Cuando lo hacía, era solo para ponerlo en silencio y volver a guardarlo antes de que alguna pregunta incómoda lograra colarse entre las notificaciones.
Tenía cientos de mensajes que no había leído. Asomaban nombres de personas que evitaba pronunciar, incluso en silencio.
Todo avanzaba con una velocidad que no le permitía detenerse a pensar si realmente quería ir en esa dirección. El compromiso ya no era una promesa: era una agenda llena, un vestido mandado a confeccionar, una vida organizada por terceros.
Y en medio de ese torbellino perfectamente orquestado, Valery empezaba a sospechar que lo más peligroso no era haber dicho que sí esa noche.
Era no haberse dado el tiempo de preguntarse a qué.
—¿Estás lista? —le preguntó su madre mientras se asomaba por la rendija de la puerta de su habitación.
Valery estaba sentada en el borde de la cama, todavía con el vestido negro con el que había acudido a la última reunión.
—Cinco minutos —respondió, bostezando, con los ojos pesados.
Su madre sonrió desde el umbral y cerró la puerta con suavidad.
Valery se incorporó despacio. El cuerpo todavía le pesaba, no solo por el cansancio físico, sino por una mezcla extraña de anticipación y hastío. Eligió la ropa deportiva casi como un acto de rebeldía mínima: zapatillas cómodas, pantalón holgado, una sudadera sencilla. Nada de vestidos, nada de tacones, nada que la obligara a fingir que aquello era una visita social más.
—Theo y tu padre ya pasaron a recoger a Santiago —escuchó decir desde el pasillo—. Llegan en quince minutos.
—Entiendo…
Mientras se recogía el cabello frente al espejo, pensó en Santi. No en el Santi del hospital —pálido, inmóvil, sarcástico incluso desde la cama—, sino en aquel que vivía en su propia casa, antes del accidente, entre animales de granja, trabajo de campo y rutinas nocturnas. Le resultaba imposible imaginarlo atrapado entre planos de adaptación, rampas, barandas y cuidadores asignados por decisión ajena.
Valery bajó las escaleras con cuidado, como si cada paso que daba dejara grabado en fuego sus huellas en el piso. El frío de la tarde le golpeó la cara cuando llegó a la cocina y vio a Victoria terminando de maquillarse frente al espejo improvisado de la alacena. La luz blanca del techo le marcaba las líneas con precisión quirúrgica.
—¿No vas a abrigarte un poco más? —preguntó Victoria sin apenas mirarla, concentrada en delinearse los ojos—. En el campo el frío es traicionero.
—Si lo hago, no me muevo… —respondió Valery, abriendo el refrigerador solo para cerrarlo de inmediato—. Además, un poco de frío me sentaría bien. Me ayudará a mantenerme despierta.
Victoria dejó el lápiz sobre la repisa y por fin la observó a través del reflejo.
—Te noto distinta —dijo, con una voz suave, sin juicio.
Valery apoyó la espalda en la encimera.
—Admiro tu capacidad de observación, madre.
Victoria arqueó apenas una ceja, como si el comentario no la sorprendiera del todo.
—Bienvenida a la vida de adulto —comentó—. Me alegra que estés empezando a moverte incluso cuando no estás segura del camino.
—¿Y si confesara que el camino ya no me gusta? —preguntó la joven, casi en un susurro.
Victoria cerró la alacena y se acercó. No la tocó, pero se quedó lo bastante cerca como para que Valery sintiera su presencia.
—Con el tiempo te agradará. Solo es cuestión de acostumbrarse.
Valery sonrió apenas. Una sonrisa hipócrita.
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Editado: 09.02.2026