A 95 centímetros del suelo

Capítulo 15: Valery

Apenas el coche avanzó por el camino de grava, el paisaje empezó a transformarse con una lentitud casi ceremonial. Los pinos se alzaban a ambos lados como columnas naturales: eran árboles altos y rectos, que dejaban caer agujas secas sobre el suelo gris que crujía bajo las ruedas. El aire allí era distinto: más frío, más limpio, con ese olor a resina y tierra húmeda que no se puede imitar en ninguna parte.

La luz se filtraba entre las ramas en haces irregulares, creando sombras largas que parecían moverse con el vehículo. Valery, sentada en el suelo con la espalda apoyada contra la puerta trasera, veía el paisaje a través del vidrio lateral, y tuvo la extraña sensación de estar entrando en un lugar que existía al margen del tiempo, como si la ciudad no solo quedara atrás, sino anclada en otro mundo.

Entonces la vio.

La casa de Santi emergió entre los árboles. Era mucho más grande de lo que había imaginado. Estaba construida completamente de madera, con vetas visibles que contaban años de sol y lluvia. El techo de tejas rojizas contrastaba con el verde profundo del entorno, y sus dos pisos se alzaban con una sobriedad tranquila, sin adornos innecesarios. La fachada principal tenía un porche amplio que corría a lo largo de toda la planta baja, sostenido por columnas gruesas de tronco sin desbastar. Las ventanas eran grandes, con marcos de madera y vidrios divididos en pequeños cuadrados, como si la casa hubiera sido construida en otra época y se negara a modernizarse.

Había algo surrealista en la forma en que se integraba al paisaje, como si no fuera un objeto colocado allí, sino una extensión más del bosque. Pensó, con una mezcla de asombro y melancolía, que aquel lugar parecía hecho para alguien que entendía la soledad no como castigo, sino como refugio. No era una casa construida en medio de la naturaleza. Era la naturaleza la que permitió que una casa pudiera crecer dentro de ella.

Cuando el coche se detuvo frente al porche, fueron Theo y Victoria quienes se bajaron primero. Victoria abrió la puerta lateral del Jeep con movimientos rápidos y precisos, mientras Theo se esforzaba por acomodar la rampa portátil para que pudiera soportar el peso de varias personas. Richard ya estaba soltando las correas de seguridad que mantenían la silla de ruedas en su sitio, y apenas tuvo el control de la situación, la sujetó con cuidado. Descendieron con Santi, atendiendo concienzudamente cada pequeño movimiento o desnivel de la rampa que pudiera provocar un accidente. No había prisa, así que se tomaron todo el tiempo del mundo para completar la tarea con éxito.

Valery fue la última en bajar.

Cerró la puerta con suavidad y se quedó quieta un instante, en silencio. El viento rozaba las copas de los pinos con un murmullo constante. Desde algún punto invisible llegaba el canto lejano de un ave cualquiera. Bajo sus pies, la grava crujía con cada paso, un sonido seco, preciso, que parecía marcar el ritmo del lugar con precisión.

Todo estaba en calma.

Una calma profunda, densa, que imponía respeto.

El aire frío le rozó las mejillas y le congeló la nariz. Inspiró hondo.

Se fijó en Santi y cómo reaccionó al regresar al que era su hogar: algo en su expresión corporal cambió, como si sintiera que aquella casa lo estuviera esperando con ansias.

—¡Debo reconocerte el buen gusto! —admitió Theo, fascinado.

Apenas el ruido de las personas y el coche invadió el lugar, el paisaje pareció cobrar vida.

De entre los arbustos, detrás del porche y desde los costados de la casa, empezaron a aparecer animalitos por todas partes. Primero una gallina, luego otra, y otra más, hasta que Valery perdió la cuenta. Eran al menos una docena, algunas con polluelos pegados a las patas, diminutos y torpes, siguiendo a sus madres con una urgencia adorable.

Las gallinas avanzaron sin miedo, cacareando, rodeando la silla de ruedas como si reconocieran de inmediato a su dueño. No había duda: aquello no era curiosidad, era recibimiento. Valery sintió un nudo suave en el pecho. Era imposible no pensar en los días de ausencia, en la casa cerrada, en el silencio prolongado. Era seguro que no habían tenido con qué alimentarse durante todo ese tiempo. Sin embargo, ninguna parecía desnutrida ni débil. Sus plumas estaban enteras, sus movimientos eran firmes, casi orgullosos. Era lo bueno de vivir en el campo, a sus anchas: podían buscar el alimento incluso debajo de las piedras.

—Míralas… —murmuró Victoria, sorprendida.

Santi las observó con una mezcla extraña de alivio y emoción. Una de las gallinas se acercó más que las otras, picoteando la grava cerca de sus ruedas, como reclamándole la demora.

—Han sido más resistentes de lo que me parecían —comentó él.

Valery pensó que tal vez aquel lugar funcionaba con reglas distintas. Que allí la vida tranquilamente se las podía arreglar sola.

—Deben estar hambrientas —balbuceó Valery.

Santi carraspeó ligeramente, como si acabara de recordar algo importante.

—No sé si fue en el accidente o en el hospital, pero lo cierto es que perdí las llaves…

—Asumo que tienes una de repuesto —comentó Richard, práctico.

—¡Por supuesto! —contestó Santi, fingiendo emoción—. Está en una de las plantas ornamentales del porche. Bajo una maceta pequeña, a la izquierda de la puerta.




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