A. Alexa. Secretos de la corte (#1 Cortes perversas)

I & II

Los Ángeles, 2012

 

El olor a sangre le dificultaba respirar. No sabía en donde se encontraba, aunque estaba segura de que no habían salido de la ciudad. A veces pensaba que estaba en un barco, por el tambaleo del suelo. Pero no quería creer en eso, era más fácil pensar que estaba en tierra firme.

El dolor en la parte baja de su estómago casi hizo que gritara, pero se acalló a duras penas. No quería llamar la atención de sus captores. La última vez que lo hizo la habían dejado hecha una piltrafa en el suelo, con sangre escurriéndose de sus entrañas. Estaba perdiendo a su hijo, lo sentía en cada célula de su ser. Y por más que se repetía que eso no la dolía, que ella no quería un recordatorio constante de los abusos que vivió en ese lugar, no podía evitar soltar una lágrima. 

Se aferró a los recuerdos con todas sus fuerzas. Eran lo único que le quedaba en esos momentos. Recordó a su padrino y a su hermano de corazón, Pablo. No tenía dudas de que ellos la estaban buscando. Y sabía que tarde o temprano, estando ella viva o muerta, iban a hallarla y al menos tendrá un funeral digno.

Crecer con un agente de FBI reconocido y con Pablo esforzándose cada día para llegar a ser como su padre, viviendo rodeada de gente armada luchando por la paz y la justicia, hizo que en ella creciera un amor tan grande que a veces dolía. Le encantaba ir con él en algunas prácticas, cuando Pedro lo creía posible. Amaba el sonido de las armas, combate cuerpo a cuerpo y todas esas cosas que podías presenciar en un gimnasio policial.

Cuando le comunicó a su tío (como le llamaba de cariño) sus deseos, se llevó la sorpresa de su vida cuando le permitió entrenarse. Así que se había saltado la secundaria y tomaba clases privadas, y en poco tiempo destacó como una de las mejores agentes en potencia.

- Te han privado de tantas cosas en la vida, esta no será una de ellas. - le había dicho cuando le expresó sus deseos y pensó que ese momento era el más feliz de su vida.

Claro que a sus padres fueron más difíciles de convencer, pero al final ellos también cedieron. Siempre tenía la sensación de que ellos creían que les tenía rencor por haberla abandonado. Pero, eso no era verdad. Amaba a sus padres y sus hermanos más que nada en la vida: si la hubiesen abandonado, no la visitarían tan a menudo como hacen. Todas las fechas importantes los pasaban todos juntos en Los Ángeles, ya que ella no podía ir a Auland. Ni siquiera tenía ganas de hacerlo. A veces le venían ganas y curiosidad como sería el lugar donde nació y donde viven los suyos, pero luego recordaba las razones por las que no creció ahí y se le pasaban. Estaba muy feliz estando ahí donde estaba, tenía amigos y una vida linda.

Luego de dos años de entrenamiento y trabajos pequeños e inocuos, logró ascender hacia el puesto de agente especial, con un pequeño número de agentes en su disposición, entre ellos Pablo. Siempre bromeaba con ella diciendo que le había quitado el trabajo delante de sus narices y aunque en principio tenía miedo que su amigo realmente estaba resentido con ella, él le aseguro que no podía estar más lejos de la verdad y que para él era un honor tenerla como jefa.

Y luego llego el caso de su carrera. Y por más oposiciones que su familia entera pusiera, nadie podía hacer que desistiera de la idea de infiltrarse en una organización de trata de blancas y prostitución. No con su historial.

Lo había logrado por un tiempo. Por parte de algunos informantes, llegó hasta FBI la noticia de que, durante una operación, fue asesinada la "matrona" de los prostíbulos. Ella la tenía en la mira desde hace un tiempo, era una mujer de unos 25 años. Bastante joven, pero también despiadada. Desconocía como había llegado a tal puesto, pero era claro que era de los barrios marginados, porque Nathan no se involucraba con sangre "noble". Le tomó por sorpresa que haya sido asesinada y más aún le frustraba no saber cómo, pero había reconocido de inmediato una oportunidad. Lograr infiltrarse en una organización de ese tamaño era prácticamente imposible. Una oportunidad como esa, no se les iba a presentar otra vez.

Le tomaron meses viviendo en un barrio de los más peligrosos, haciéndose fama con pequeños trabajos en el mundo de prostitución. Por más que le ponía enferma que utilicen a las chicas y las obligan a prostituirse, había mujeres que lo hacían por placer y elección propia. Se había aprovechado de algunas concretando negocios y clientes para ellas, destacando así su capacidad y frialdad para ese negocio. Y al fin, un día le llegó la propuesta. No era tonta y sabía que la habían investigado, pero que no descubrieron nada, más no estaría viva en aquel momento. También estaba segura de que su físico sirvió en una gran parte.

Aunque no se consideraba una de esas mujeres fatales, sabía que tenía su encanto. Era alta, rubia y con el cuerpo bien definido por los entrenamientos. Le gustaba vestirse a la moda. Usaba ropa comida por su trabajo, pero no se descuidaba. Vivía sobre tacones. Era casi segura que no estaría capaz de caminar en algo sin tacón. Muchas veces la hicieron pasar por una niña mimada sin cerebro, pero esa impresión llegaba hasta que abriese la boca. En ese aspecto, no era para nada femenina y nunca se quedaba callada. ¿Virtud o defecto? El tiempo será el juez.

Trabajó unos cuantos meses para Nathan, haciéndole quedar bien en algunas ocasiones, como tapadera. Aunque, en poco tiempo se enteró porque su precedente era tan bien situada en la mafia y esa misma cosa la ponía a ella en un lugar complicado. La "matrona" anterior era amante de Nathan y él esperaba lo mismo de ella. No podía definir si eso era una ventaja o problema por ella, ya que cuanto más se negaba y lo esquivaba, más crecía su interés. Finalmente, se había cobrado esa deuda.

También había logrado arruinar unos cuantos negocios antes de que la descubrieran. Desde ese momento su mente estaba nublada, no recordaba nada de lo sucedido después, pero su cuerpo la decía a gritos. La habían golpeado, brutalmente. Y aunque recordaba poco, nunca olvidará la cara del hombre que le quito su libertad de la forma más humillante. Pero le servía de consolación que ella también había dejado su marca en él. Para que nunca se olvide de Anabelle Gómez, por que estaba segura de que ella no lo haría. 




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