A. Alexa. Secretos de la corte (#1 Cortes perversas)

IV & V

Marco estaba absorto mirando a la chica que tenía delante. Hacía tiempo que no se había cruzado con ella. Aunque su trato con Amanda siempre era el mínimo. La veía en algunas celebraciones anuales y algunas veces en el pueblo. Pero no pudo no fijarse en que ahora se veía algo diferente, había algo en ella que estaba llamando su atención como nunca antes. Desde luego que nunca lo había dejado tan perplejo en sus escasos encuentros.

Parecía un guerrero a punto de entrar en batalla y en sus ojos solamente se veía la determinación. La mujer que estaba delante de él no se parecía en absoluto en la chica que se había desmayado en sus brazos varios años atrás. Recordó ese momento con una sonrisa en los labios. Estaba paseando por el jardín sin prestar mucha atención a su alrededor cuando ella impactó contra su cuerpo y le derramó el contenido de su copa. Solo alcanzó a murmurar algunas palabras antes de caer desmayada en sus brazos.

En el presente, se quedó con la boca abierta cuando ella simplemente asintió hacia su madre, se dio la vuelta y salió de la sala sin pronunciar una palabra y sin hacer reverencia a los reyes. Miro de soslayo a su padre y este echaba humo por los poros ante aquella falta de respeto! Río internamente. Amaba a sus padres, pero como en esos momentos se encontraba furioso con ellos, le divirtió el acto de Amanda.

Pensó con amargura sobre la situación en la que se encontraban. Su padre le había dicho que era hora de reclamar una muchacha. Era una vergüenza que él, siendo un príncipe, no lo haya hecho en sus veinticinco años de vida.

- Así el pueblo nunca te respetara como su futuro rey. – le había dicho después de su enésima negativa a hacer algo que no le atraía para nada.

Le parecía absurdo que tenía que ganarse el respeto de su pueblo teniendo a una chica en la cama. Esa costumbre siempre le había parecido ridícula, pero él no era nadie para cambiarlo, aún. Aunque estaba pensando seriamente en romper esas tradiciones una vez ocupe el trono. Quería llegar a raíz de todo eso, a pesar de lo doloroso que pudiera llegar a ser.

- Cambia esa cara, te ves como si estuvieras en un funeral. - miro a su hermana menor; ella tenía una sonrisa de oreja a oreja adornando su hermosa cara. Estaba extrañamente contenta.

- No tengo otra cara, pequeña. - intentó bromear.

Mira como dejo tu muñeca a su majestad y veras como se te cambia.

Le hizo caso y volvió a mirar hacia su padre. Pensó en que Amanda no saldrá impune de ello, su padre encontrara la forma de hacérselo pagar. En el fondo sabía que no era un mal hombre, pero a veces no veía más allá de su título.

- No la llames así. – la reprendió, odiaba ese apodo que les habían dado.

Vale, perdón. – se excusó Clarisa antes de alejarse para situarse al lado de su padre que murmuraba algo que él no llegaba a escuchar.

👑👑👑

- Al menos es guapo.

- ¡Cómo sí eso importara!

- No importa como sea, es el enemigo.

 - Quizá sea un inocente.

- ¿Habrá inocentes?

Anabelle tiró de la almohada sobre su cabeza, gruñendo. Tenía que haber una forma de callar esas voces molestas en su cabeza. Si tan solo fuesen personas, pensó.

La reunión con la realeza le dejo con un humor de perros. Aunque su madre le decía que ese odio era irracional, ella no podía sentirse de otra manera. Al fin y al cabo, son la razón de que nunca tuvo una familia verdadera.

Se incorporó y paseó por su bungaló. Había una sala de estar, una habitación grande y un baño, además de un armario del tamaño de una habitación. Decidió deshacer su maleta y acomodarla en el armario, ya que no sabía cuánto tiempo iba a pasar ahí. No pudo evitar una mueca de disgusto ante su vestuario, era todo lo contrario de lo que es ella.

Pasó el resto del día encerrada, ignorando los llamados a almorzar y luego a cenar. Fue maleducado de su parte, pero ella estaba ahí por trabajo, no era una invitada. La ansiedad estaba consumiéndola, así que se puso un abrigo y decidió salir al jardín. era la única cosa que le gustaba de esa cárcel e iba a aprovecharla.

Caminó por los caminillos de piedra, deleitándose con las flores que brillaban a la luz de la luna y las estrellas, el agua de la fontana caía rompiendo el silencio de la noche. El frío viento le azotaba la cara, pero en vez de molestarle, le hacía sentir libre. Libre como nunca antes haya sido.

¿Porque mentir? Siempre se sintió como una intrusa en su propia vida. Separada de su familia y viviendo con la otra. Por muy buenos que fueron los Gómez con ella, siempre sintió la falta del calor de su madre y de su otra mitad. Sacó la medalla del interior de la camiseta y miro la A que era su única identidad.

Odiaba que la gente la llamara Anabelle. Por eso siempre les pedía a sus amigos que le digan Belle, diciendo que así sonaba mucho más hermoso. Parecía un acto vanidoso que ocultaba la realidad en la que no podía aguantar que alguien le llamase por ese nombre, el que pertenecía a su verdadera familia. Solo ellos le decían así y de cierta forma era una manera de sentirse parte de esa familia que vivía tan lejos de ella.




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