A. Alexa. Secretos de la corte (#1 Cortes perversas)

XXII & XXIII

Las manos de Marco recorrían cada parte de su cuerpo. Sus labios descendieron por su boca hasta su cuello y más abajo, encendiendo cada poro a su paso. Se sentía viva, plena. Estaba completamente abandonada a sus placeres y el deseo, las manos del hombre que la acariciaba se volvieron ásperas, duras. Ya no había placer, solo dolor era dolor. Luchaba para liberarse de ese peso, de su agarre, pero sus intentos fueron inútiles. Estaba presa y sentía perder las fuerzas, resignándose. El hombre levantó la cabeza y suspiró tranquila, pensando que había entendido que quería detenerse. Pero ese hombre no era Marco, era… era…

Se despertó sobresaltada, con el corazón latiéndole a mil por hora. Temblaba debajo de las sabanas, mientras trataba de tranquilizar su respiración. Se volvió a sobresaltar cuando sintió movimiento a su lado, pero rápidamente reconoció a Marco.

Luchó para separar la realidad de la pesadilla que acababa de tener. Era la primera vez que estaba con un hombre después de Nathaniel y aunque no se arrepentía ni en lo más mínimo de lo que acababa de pasar, no le extrañaba que su subconsciente le hiciera esa jugada.

Tomó su mano y la apretó cuando sintió que iba a hablar, tratando de decirle con este gesto que estaba bien y evitar las preguntas. Al parecer él entendió la indirecta y volvió a recostarse sobre las almohadas, tirando un poco para que ella hiciera lo mismo. Sin fuerzas, o ganas, de resistirse, se dejó caer sobre su pecho. Marco empezó a trazar círculos en su estómago con la otra mano, haciendo que por fin se relajara. Así, sin pronunciar palabra, volvió a dormirse.

Los rayos del sol la despertaron la próxima vez, seguía en la misma posición.

- Buenos días. – se revolvió para voltearse y mirar al príncipe, que la estaba observando con una media sonrisa. La imitó, pero cuando iba a responder, su teléfono empezó a sonar.

Pensó en ignorarlo, pero luego recordó que estaba en medio de una investigación crucial y se levantó para responder. El temor la asaltó al ver que se trataba de su padre, pero intentó disimularlo.

- Tenemos un suicidio en las afueras de la ciudad, pensé que quieres echarle un vistazo. – le dijo este sin esperar que ella hablara, Anabelle frunció el ceño.

- ¿Por qué?  - extrañada por la petición de su progenitor, se levantó y empezó a pasearse por la habitación, inconsciente de la vista que dejaba para Marco.

- Una adolescente de apenas dieciséis años, Anabelle. – al entender hacia donde iba ese discurso, activó el altavoz para que Marco también lo escuchara. - Recibió la carta ayer y después de asegurar a sus padres de que estaba todo bien y que sabía que ese día llegaría tarde o temprano esperó a que se retiraran a dormir antes de colgarse de la viga del techo.

- Dios. – murmuró, llorando en el alma por otra vida perdida.

- Hay algo más, por eso quiero que lo vieras. La carta… es diferente. He visto demasiadas en todos estos años, esta carta es falsa, Anabelle. Además, el nombre que figura en ella, no hay nadie en Auland quien se llame así. – José se detuvo para escuchar algo que le decía uno de sus detectives, lo que Anabelle aprovechó para vestirse apresuradamente.

- Mándame la dirección que voy saliendo. – dijo cuándo su padre retornó en línea. Después de colgar, miró a Marco. Él se había vestido también, pero estaba sentado en la cama, mirando el piso. Cuando se percató que ella había terminado su conversación, le dedicó una débil sonrisa.

- Voy contigo. – anunció y cuando ella quiso reclamar, la calló con un beso que la dejó sin palabras por unos segundos. – Han hecho algo atroz en mi país, debajo de mis narices. Y nosotros no pudimos darnos cuenta de eso. Todo esto es tan mi culpa como de la gente responsable. Es personal, Anabelle.

Ella no dijo nada, pensando en sus palabras. En su opinión, por más que fuera personal, un príncipe se dedicaría a mandar a alguien a investigar en su nombre, no ir él mismo. Pero no le habló sobre eso, aceptando que desde que había llegado al reino se había llevado por prejuicios e ideas preconcebidas.

- Puedes ser un objetivo. – dijo en cambio. – No podemos descartar que el ataque de ayer no fue un atentado a Clarisa, nadie nos asegura que estés a salvo.

- Entonces tengo suerte de ir acompañado por una agente altamente entrenada. – respondió despreocupadamente, caminando delante de ella.

Anabelle rodó los ojos, pero finalmente sonrió. Fue la última sonrisa que esbozó en lo que quedaba del día.

👑👑👑

Los gritos se escucharon desde el momento que salieron del coche. Marco vaciló, sintiéndose indigno de estar ahí, la culpa estaba corroyéndolo.

- Nunca pensé que diría la que estoy a punto de decirte. – le dijo Anabelle, tomándolo de la mano. Se posicionó de tal manera para ocultar sus manos unidas, no quería que nadie los viera así. – Esto empezó mucho antes de tu tiempo, así que no puedes atribuirte todas las culpas. Enfócate en lo que estás haciendo ahora tratando de arreglar las injusticias. Ellos tal vez no puedan verlo en este momento, pero tarde o temprano se darán cuenta.

Él no dijo nada, pero se dio cuenta de que las sombras que habían oscurecido sus ojos desaparecieron de a poco.




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