El cielo mismo envuelve con una sombra eterna la pequeña ciudad recién construida. Nubes negras cuelgan pesadas sobre ella, amenazando con desplomarse sobre lo que queda de esta. No hay estrellas ni lunas; solo una oscuridad absoluta que sofoca cualquier intento de respirar.
El paisaje es un recordatorio de lo que era "Zoorimiya". Los escombros yacen como huesos rotos y las casas, antes llenas de vida, son ahora fantasmas de paredes carbonizadas. El polvo y la sangre convierten cada paso en un eco vacío. El silencio es absoluto, un grito mudo de la tragedia.
De pronto, el cielo cede y comienza a llover. Las gotas caen como lágrimas que intentan limpiar pecados imposibles de deshacer. El agua se mezcla con la sangre en las grietas de la calle, formando arroyos rojizos que acentúan el olor a quemado. El agua y la sangre fluyen por las grietas de las calles destruidas, y cada gota que cae parece contener un fragmento de historia perdida, una vida que ya no está.
En el borde de la ciudad, una pequeña figura destaca entre las ruinas. Es un cachorro de tigre, envuelto en un suéter gris que le queda demasiado grande. No tiembla, a pesar del frío; parece ajeno al agua que empapa su pelaje. Sus ojos, antes brillantes, ahora están vacíos. Su mirada no se aparta del cuerpo que yace frente a él.
— ¿Papá...? —susurra, rompiendo el silencio.
Editado: 09.01.2026