En la montaña Brillaviento se encuentra una casa pequeña y sencilla. El patio frontal está adornado con macetas de girasoles y un jardín bien cuidado con dos grandes árboles en la entrada; tras la vivienda, un tercer árbol de gran tamaño completa el aire acogedor y natural del lugar. A un costado, el patio revela un campo de entrenamiento con una pista de obstáculos del tamaño de un cachorro, cuyo desgaste evidencia que ha sido utilizada en incontables ocasiones.
El sol comenzó a elevarse en el horizonte, anunciando un nuevo día en la recién construida ciudad de "Zoorimilla". Aunque la ciudad está algo alejada, desde la casa se puede divisar su silueta a lo lejos. En el modesto hogar, un cachorro de tigre de unos nueve años despertó lentamente. Al abrir los ojos, una chispa de emoción lo invadió y, de un salto alegre, aterrizó directamente en el marco de la ventana de su habitación, en el segundo piso. Abrió el ventanal con agilidad, permitiendo que la cálida brisa mañanera acariciara su pelaje mientras observaba el mundo con mirada soñadora. Entonces, gritó:
— ¡Buenos días, mundo!
El pequeño tigre, de pelaje esponjoso y ojos brillantes, observa el paisaje desde las alturas. De repente, con una mezcla de valentía y travesura, decide lanzarse hacia el árbol cercano. Con un salto ágil, extiende sus patas y se aferra con firmeza a una rama gruesa; sus garras jóvenes encuentran un agarre seguro en la corteza rugosa. El tigrito comienza a balancearse con fuerza, aprovechando la flexibilidad de la madera para impulsarse. Gira en círculos como un acróbata de circo hasta que, finalmente, se suelta y vuela por el aire. Mientras cae, disfruta de esa sensación de libertad y aventura.
—¡Tiget está listo! —exclama emocionado.
El cachorro no puede dejar de sonreír. Siente cómo la brisa acaricia su pelaje naranja mientras desciende. Viste un pantalón gris oscuro sujeto por una resistente correa de cuero y un suéter gris claro con capucha que le queda demasiado grande. Sin embargo, no le importa que la ropa le baile; él sigue sonriendo, gritándole al mundo su nombre.
Todavía en el aire, Tiget desciende hacia el patio trasero. Tras aterrizar con una gracia felina sobre sus patas traseras, el silencio se rompe por una voz familiar a sus espaldas; un tono cálido y reconfortante que le dice:
—Muy buenos días.
El pequeño tigre gira con rapidez, mostrando una sonrisa radiante al ver a su mayor inspiración, el ser especial que lo ve crecer día tras día.
—¡Papá! —dice sorprendido.
Es Bran, el orgulloso padre de Tiget. Ha estado esperando pacientemente en el patio trasero; conoce de sobra las costumbres y alegrías matutinas de su hijo. Bran lo observa con una mezcla de ternura y admiración, disfrutando de la energía desbordante que solo un cachorro puede poseer.
—Ten mucho cuidado, hijo —le advierte—. Si sigues haciendo eso todas las mañanas, te vas a lastimar.
Sus palabras, cargadas de una preocupación teñida de alegría serena, reflejan el profundo amor que siente por él. Tiget, con una chispa traviesa en la mirada, suelta una risita juguetona, como si las advertencias fueran parte de un juego.
—¡Tranquilo, papá! —exclama con total confianza—. ¡Soy muy fuerte! ¡No tienes de qué preocuparte!
Bran no puede evitar sonreír ante la confianza de su hijo; sabe que Tiget posee un espíritu indomable y una determinación inquebrantable, pero su instinto le dicta velar por su seguridad. Mientras observa al pequeño correr y jugar sin descanso, Bran se sienta en el suelo, dejándose llevar por la paz del momento.
—Pues yo no soy el que está preocupado —comenta con tono burlón—. El que va a estar muy preocupado eres tú como te llegues a romper el huesito de una patita.
Entre juegos, Bran le devuelve la sonrisa, disfrutando del momento. Su hijo, con una mezcla de ternura y enojo juguetón, se lanza sobre su espalda y lo rodea con sus pequeñas patas, intentando aplicarle una llave de lucha. No se detiene ahí: con la energía propia de un cachorro, comienza a morderle la oreja con entusiasmo, tal como lo haría un pequeño tigre con su padre en un gesto de puro cariño travieso.
—Dije que soy muy fuerte, ¿ves?... ¡Grrr! —gruñe el pequeño.
Tiget sigue mordisqueando sin intención de detenerse. Bran, con una carcajada, se deja caer hacia atrás, atrapando a su hijo bajo su peso. Por un instante, el patio queda en silencio, hasta que las risas estallan sin control. En ese abrazo de carcajadas, el lazo entre ambos se vuelve casi tangible.
—Jajaja, ¡Apenas tienes colmillos de leche! —se burla Bran—. ¿Qué rayos haces? No pensarás aplicar eso en un combate real... ¿o sí?
—¡Tal vez no te derrote hoy! —responde Tiget con valentía—. ¡Pero no me daré por vencido! ¡¡Wuajajajaja!!
—Hijo, ¿quién dice "Wuajaja"? No eres un supervillano... —dice Bran, negando con la cabeza y riendo."
Bran sonríe con dulzura mientras se acerca a su hijo. Se inclina y deja que sus dedos recorran con delicadeza el mechón de pelo sobre la cabeza de Tiget, transmitiendo un afecto absoluto en ese simple gesto. El pequeño cierra los ojos, disfrutando de la calidez de su padre con una serenidad inusual en él.
—Tiget... tengo una noticia para ti. Ya tienes la edad suficiente para descubrir... cuál es tu energía interior.
Al escuchar las palabras de Bran, un escalofrío de emoción recorre el cuerpo del cachorro. ¡Finalmente está listo! Tras años de espera y curiosidad por saber qué tipo de poder habita en él, el día ha llegado. Con una determinación renovada, clava su mirada en la de su padre.
—¿¡Es en serio, papá!?
Su corazón late con fuerza y sus ojos brillan con una luz nueva. Bran, contagiado por el júbilo de su hijo, retira la mano de su melena y añade con una sonrisa cómplice:
—Claro que sí. Pero antes... vamos a desayunar.
—¡No tengo hambre! —protesta Tiget de inmediato. Es testarudo y su energía parece inagotable; lo último que quiere es perder tiempo comiendo.
Editado: 09.01.2026