Bran, sin perder su sonrisa, levanta una mano y, con un gesto lleno de maestría, deja que unas llamas idénticas dancen entre sus dedos. En ese instante, Tiget lo comprende todo: su padre ha fingido ignorancia solo para que él encontrara su propio camino. No ha sido un engaño cruel, sino una lección de paciencia necesaria. Una mezcla de alivio y asombro lo invade.
-Así que... tengo el fuego -murmura Tiget, hipnotizado por el resplandor.
-No es nada extraño, hijo; es nuestra herencia. Ninguna otra especie puede utilizar el elemento fuego. Felicidades, tienes un poder exclusivo de los tigres.
Una oleada de orgullo recorre el cuerpo del cachorro. Su poder no es solo una habilidad, es el sello de su raza. Con una confianza renovada, Tiget levanta su otra mano y, esta vez sin esfuerzo, deja que el fuego nazca también de esa palma. La esencia fluye con naturalidad, como si siempre hubiera estado esperando el momento de salir. Las llamas bailan con una intensidad que refleja su alegría y el triunfo de su descubrimiento.
-¡Esto es increíble! -exclama, sintiéndose más fuerte que nunca.
Bran, con el orgullo reflejado en la mirada, avanza lentamente hacia su hijo. Las llamas aún arden en las manos del cachorro, iluminando su expresión llena de júbilo; ha logrado lo que tanto buscaba y su padre lo sabe. Sin necesidad de palabras, Bran se acerca y deja que su presencia transmita todo su apoyo. En ese momento, Tiget no solo siente el calor del fuego, sino también el cálido reconocimiento de su mentor.
Tiget apaga sus llamas con un movimiento rápido, recoge su suéter del suelo y se lo pone apresuradamente. ¡Seguramente está ansioso por correr a buscar a Cooper y presumir su hallazgo! Sin embargo, antes de que pueda escapar, Bran lo carga sobre su espalda para llevarlo en "caballito".
Mientras caminan hacia el patio delantero, Bran toma un girasol de una maceta cercana. Al llegar al borde de la propiedad, la vista de la ciudad a lo lejos se despliega ante ellos bajo la luz de la tarde. Tiget contempla el horizonte con curiosidad, justo cuando su padre, con voz serena y filosófica, le pregunta:
-Hijo... ¿Qué piensas de la naturaleza?
-¡Que la quiero quemar toda con mi fuego! -exclama Tiget con total entusiasmo.
Bran, sin poder evitarlo, se sobresalta. Sus ojos se abren de par en par con sorpresa mientras observa a su pequeño por encima del hombro.
-No me esperaba esa respuesta... -murmura Bran, procesando la intensidad de su hijo.
Bran y Tiget se sientan juntos, dejando que el silencio hable por ellos mientras el paisaje se extiende ante sus ojos. La vasta naturaleza enmarca la ciudad que brilla a lo lejos; Tiget observa el horizonte inundado de una felicidad pura. Bran, con mirada serena, simplemente disfruta el momento, compartiendo la vista con su pequeño.
-A tu madre le gustaba la naturaleza; ella quería cuidarla -comenta Bran con suavidad-. Los árboles, los arbustos, las flores... a ella le encantaba todo eso. Sobre todo los girasoles.
Bran mantiene su expresión tranquila mientras observa la ciudad, con los ojos fijos en el horizonte. Sin embargo, lentamente, su mirada cambia. La calma se desvanece, dando paso a una expresión más rígida y reflexiva. El viento sopla suavemente, moviendo su pelaje, pero su mente parece estar lejos, sumida en pensamientos profundos. Tiget nota el cambio y guarda silencio; hay algo en la forma en que su padre mira la ciudad que le hace sentir una pizca de... ¿enojo?
-Tu madre estaba en contra de que construyeran esa ciudad. Sabía que talarían muchos árboles y que destruirían demasiadas flores. Pero la "nueva era" se acercaba y, al final, la ciudad se hizo.
-Oh... -murmura Tiget, sintiendo el peso de la historia.
-Tiget, hijo... protege la naturaleza -dice Bran, y su voz se vuelve fría como el acero-. Zoorimilla y los animales que viven allí dentro... ellos no importan.
Tiget permanece en silencio, escuchando atentamente cada palabra. A medida que Bran habla, la mirada del cachorro comienza a iluminarse, atrapada en los detalles del pasado. Las emociones turbulentas de hace un rato se disipan, reemplazadas por un cálido sentimiento de comprensión. Casi sin darse cuenta, una sonrisa genuina asoma en su rostro.
-Papá... ¿Cómo era mi mamá?
-Jeje... Tina era muy fuerte -responde Bran con un brillo de nostalgia en los ojos-. Aunque nunca estuvo a favor de las peleas como tu gran padre, era una tigresa espectacular... y la amaba mucho.
-¿Y por qué se fue? -pregunta Tiget con curiosidad creciente-. ¿Qué poder tenía ella?
-Tiget, ella... ujum... -Bran aclara su garganta y suelta una carcajada algo forzada para cambiar de tema-. Jajaja, ¿Sabías que te pareces muchísimo a ella cuando tienes ese suéter puesto?
La pregunta queda flotando en el aire. Tiget aguanta el aliento, esperando que su padre complete la revelación o explique esa semejanza, pero el nudo de la confusión sigue ahí, tenso. Bran ha evadido las preguntas importantes con una observación sobre su ropa.
-¿Eh? -Tiget parpadea, totalmente desconcertado-. ¿Qué tiene que ver mi suéter con mamá?
Bran se alza de nuevo con un movimiento lento y deliberado. Desde su imponente altura, la fragilidad de Tiget se hace más evidente: el pequeño cachorro, con sus rayas aún suaves, está casi engullido por el suéter gris que le llega hasta las patas. Esa prenda, claramente ajena a su tamaño, le otorga una vulnerabilidad palpable frente a la fuerza adulta de su padre. Bran permite que su mirada se demore en el tejido, buscando un hilo con el cual desenredar la compleja verdad que tiene ante sí.
-Ese suéter gris que tienes puesto... perteneció a tu madre.
El murmullo profundo de Bran, cargado de una dulzura contenida, golpea a Tiget con una oleada de sorpresa. Su madre es un vacío, una ausencia que pesa; pero al escuchar que ella era admirable, una emoción cálida asciende por su pecho. Mira instintivamente la prenda que lo envuelve; de repente, ya no es solo ropa vieja, sino un refugio tangible de la mujer de la que su padre habla con tanta reverencia. Una felicidad sencilla e inundad su rostro en una sonrisa felina.
Editado: 09.01.2026