Antes de la tragedia...
La recién construida ciudad de "Zoorimilla" se extiende como un vibrante testamento de esfuerzo y orgullo; un refugio donde la arquitectura moderna se entrelaza con la naturaleza. Por sus amplias avenidas, diversas especies de animales —desde elegantes felinos hasta robustos herbívoros de pelajes impecables— caminan junto a sus familias disfrutando de la obra terminada. El sonido de las herramientas aún resuena en las periferias, donde los habitantes continúan la labor incansable de construcción, decididos a ver crecer su hogar.
Cerca de una acogedora cafetería de dos pisos, Bran permanece de pie observando el movimiento. Con una de sus garras rodea con cuidado una bolsa de panes recién horneados, cuyo aroma se mezcla con el aire fresco de la mañana. Desde su posición, el gran felino contempla el ir y venir de sus conciudadanos, una figura silenciosa pero poderosa en el paisaje de la metrópolis.
—A ver, me pregunto si habrá pan dulce por aquí... No encontré en la panadería anterior —murmura para sí mismo.
Bran dirige su mirada al interior de la cafetería antes de decidirse a subir las escaleras hacia el segundo nivel. Al llegar a la planta alta, confirma que el aroma no lo engañaba: allí encuentra una variedad de panes que complementan los que ya lleva. Absorto en la calidez del ambiente, el tigre no se percata de la presencia de dos figuras ocultas bajo pesadas capuchas; dos seres de orejas largas que, desde las sombras de sus asientos, siguen cada uno de sus movimientos con una atención fija y silenciosa.
Mientras Bran explora el lugar con la vista, da un paso desprevenido y choca de frente con un individuo que bloquea su paso. Al bajar la mirada, nota que el extraño viste un abrigo idéntico al de las dos figuras encapuchadas, con la diferencia de que este sujeto lleva el rostro descubierto.
—¿Uh? Lo siento... —se disculpa Bran, retrocediendo un paso.
El desconocido se toma un breve instante antes de reaccionar. Gira el rostro lentamente para mirar al tigre de reojo. Lejos de mostrar molestia por el tropiezo, sus facciones se relajan en una expresión de absoluta serenidad, dibujando una sonrisa cargada de una amabilidad casi mística. Aquel gesto contrasta con la vigilancia fría de los dos seres de orejas largas que observan desde la mesa.
—No se preocupe, amigo —responde el extraño con voz suave—. ¿Es nuevo por aquí?
Ajustando el agarre sobre la bolsa para asegurar su preciada carga, Bran responde al gesto con la misma moneda. El imponente tigre, lejos de mostrarse intimidado, permite que sus músculos se relajen por completo, devolviéndole al hombre una sonrisa serena que refleja una paz absoluta. En aquel rincón de la cafetería se establece una conexión silenciosa; un breve paréntesis de cortesía donde la presencia del gran felino se suaviza, mientras las dos figuras de orejas largas continúan vigilando desde la quietud de sus asientos.
—Sí, no suelo venir mucho a la ciudad... —admite Bran—. Estuve en contra de su creación pero, ¿Qué se puede hacer, no?
El sujeto, manteniendo su postura tranquila, comienza a observar a Bran con una intensidad renovada. La amabilidad inicial se transforma en una mirada profundamente analítica, como si intentara descifrar cada cicatriz y cada rasgo del tigre. Bran, ajeno a la profundidad de ese escrutinio, continúa hablando con un entusiasmo contagioso, dejando que sus palabras fluyan cargadas de un positivismo que ilumina su semblante.
En medio de ese ambiente animado, el hombre del abrigo rompe el flujo de la charla para plantear una interrogante con voz pausada y curiosa:
—¿Eres de Brillaviento?
La pregunta toma a Bran por sorpresa, provocando un breve destello de asombro en sus ojos. Sin embargo, no permite que su serenidad se perturbe. El imponente tigre ajusta su postura y un matiz de seriedad, profundo y reflexivo, tiñe su voz, contrastando con su alegría previa.
—Sí —responde Bran, y el peso de esa sola palabra parece llenar toda la habitación.
El hombre del abrigo comienza a girarse lentamente, permitiendo que la luz de la cafetería revele un poco más de sus facciones mientras clava su mirada en el imponente tigre. En ese instante de tensión, sus dos acompañantes de orejas largas intentan levantarse bruscamente de sus asientos, dispuestos a intervenir. Sin embargo, con un movimiento firme y autoritario, el sujeto frente a Bran extiende su mano hacia ellos, deteniéndolos en seco con un gesto que no admite réplica.
Bran, lejos de amedrentarse, mantiene esa sonrisa determinada. Con una serenidad casi irreal, deposita la bolsa de panes sobre la mesa de madera, liberando sus manos con una calma tan absoluta que genera una evidente inquietud en el hombre que lo analiza. Sin apartar la vista de su interlocutor, el tigre dirige su presencia hacia el resto de los animales que observan con el aliento contenido. Su voz, impregnada de una seguridad que domina el ambiente, llena cada rincón del lugar.
—Todos los que están presentes aquí, váyanse. Se acabó el postre.
El pánico se apodera del lugar en un instante. Al percibir la gravedad del enfrentamiento, los animales se apresuran hacia las salidas en un caos de pasos rápidos y sillas arrastradas, hasta que el segundo piso queda sumido en un silencio.
En el centro de la estancia, Bran y el hombre del abrigo permanecen inmóviles, como dos estatuas enfrentadas. Rompiendo la quietud, Bran realiza el primer movimiento con lentitud deliberada. Sin apartar los ojos de su oponente, levanta sus manos y, una a una, hace restallar las articulaciones de sus dedos. El sonido seco y rítmico de los huesos crujiendo resuena con fuerza en el espacio vacío; un preámbulo de la violencia que está por desatarse.
—¿Seguro que quieres pelear aquí y ahora? —pregunta Bran.
Frente a la preparación física del tigre, el hombre del abrigo se mantiene imperturbable. No hay en él un cambio de postura ni amago de defensa; simplemente permanece allí, con los pies firmes y los brazos relajados. Su quietud no es indecisión, sino una observación gélida y precisa. Estudia a Bran como quien analiza una tormenta que se aproxima, midiendo la distancia y la fuerza que emana de cada músculo felino.
Editado: 22.01.2026