A Big Tiger - Arc 1.

Capitulo 3 - Parte 1

Durante unos instantes, el mundo se reduce a un silencio absoluto, un eco distante tras el desastre. Lentamente, los ojos de Tiget se abren. Lo primero que ve es el cielo: un manto gris asfixiado por el humo y las nubes de una lluvia que se avecina. La ciudad sigue ahí, pero ahora es un cadáver de piedra y metal, más devastado que nunca.

Intentó moverse, pero una oleada de dolor lo inundó. Su cuerpo está maltratado; cada fibra de sus músculos parece protestar. Sin fuerzas, solo puede quedarse ahí, respirando el aire cargado de ceniza mientras siente el peso de la realidad aplastándolo contra el suelo.

—Auch... mmh... —su voz suena pequeña, rota.

Con un esfuerzo titánico, Tiget logra incorporarse. Lo primero que nota es que su visión está teñida de rojo; la sangre que brota de su frente le cubre el ojo derecho. Se limpia con torpeza, dejando un rastro carmesí en su pelaje sucio. Sus patas tiemblan violentamente bajo su propio peso. Al principio, una chispa de alivio cruza su rostro: estar de pie ya es una victoria. Pero al bajar la mirada, esa chispa se apaga.

Su cuerpo es un mapa de heridas profundas. La sangre se mezcla con el polvo y el hollín de la explosión, creando costras oscuras que arden con cada movimiento. A pesar del dolor punzante, Tiget respira hondo, intentando calmar el temblor de su pecho. Sabe que está gravemente herido, pero también comprende que no puede detenerse. Está solo, y el precio de rendirse es demasiado alto.

—Duele.... auch....

Su respiración es errática. Parpadea varias veces para despejar la visión nublada por el cansancio. Alza la mirada y recorre el entorno con una desesperación creciente, buscando cualquier rastro de vida entre los escombros humeantes. Gira la cabeza de un lado a otro, pero no encuentra nada. Ni a Cooper, ni a los hermanos conejo... ni a su padre.

Solo hay ruinas y un silencio inquietante que lo envuelve como una mortaja. El miedo, ese vacío frío en el estómago, comienza a crecer. El alma se le aprieta en un nudo de angustia al procesar la escala de la soledad.

—¿Dónde están todos? —susurra para sí mismo, antes de que el pánico gane la batalla y suelte un grito que se pierde en el viento—. ¡¿PAPÁ?!

El cielo mismo envuelve con una sombra eterna la pequeña ciudad recién construida. Nubes negras cuelgan pesadas sobre ella, amenazando con desplomarse sobre lo que queda de esta. No hay estrellas ni lunas; solo una oscuridad absoluta que sofoca cualquier intento de respirar.

—¡Papá! —el grito de Tiget se quiebra, perdiéndose en la inmensidad de las ruinas.

El paisaje es un recordatorio de lo que era "Zoorimiya". Los escombros yacen como huesos rotos y las casas, antes llenas de vida, son ahora fantasmas de paredes carbonizadas. El polvo y la sangre convierten cada paso en un eco vacío. El silencio es absoluto, un grito mudo de la tragedia.

—¡Papá! ¿¡Dónde estás!? —insiste el cachorro, con la voz desgarrada.

De pronto, el cielo cede y comienza a llover.

—¿Uh? —Tiget alza el rostro, sintiendo el impacto del agua en sus heridas—. ¿Lluvia?

Las gotas caen como lágrimas que intentan limpiar pecados imposibles de deshacer. El agua se mezcla con la sangre en las grietas de la calle, formando arroyos rojizos que acentúan el olor a quemado. El agua y la sangre fluyen por las grietas de las calles destruidas, y cada gota que cae parece contener un fragmento de historia perdida, una vida que ya no está.

Tiget no tiembla, a pesar del frío;parece ajeno al agua que empapa su pelaje. Sus ojos, antes brillantes, ahoraestán vacíos.

Y entonces, lo vio. A lo lejos, entre los restos calcinados de la batalla, la silueta de Bran yacía inmóvil sobre el suelo. El corazón de Tiget dio un vuelco; al ver a su padre, una sonrisa de pura felicidad iluminó su rostro maltratado. Sin detenerse a pensar en su propio dolor, intentó apresurar el paso. Sus piernas apenas respondían, pero una certeza absoluta lo impulsaba: debía llegar hasta él, sin importar el sacrificio.

—¡¡Papá... Papá!! —gritó con las fuerzas que no tenía.

Sus ojos, antes empañados por el llanto y la sangre, brillaron con una esperanza repentina. Comenzó a correr, cada zancada impulsada por el deseo ferviente de reencontrarse con su protector. Su sonrisa crece y su corazón latía con una fuerza renovada a medida que la distancia se acortaba.

Pero cuando finalmente llegó a su lado, el mundo se detuvo. Su expresión de júbilo se desvaneció de golpe, transformándose en una mueca de confusión absoluta. Su padre estaba allí... pero algo no encajaba. Tiget frenó en seco, incapaz de procesar la imagen que tenía frente a sus ojos.

La chispa de esperanza que lo había hecho correr se extinguió en un instante, reemplazada por un frío que calaba más que la lluvia. Se quedó allí, de pie, frente al cuerpo inerte de su padre.

— ¿Papá...? —susurra, rompiendo el silencio.

Tiget parpadea lentamente, con la respiración entrecortada, mientras observa el cuerpo inmóvil de su padre. Al principio, su mente se niega a procesar la realidad; como cualquier cachorro, nunca ha entendido realmente la frontera que separa la vida de la muerte. Pero hay algo aterrador en la quietud absoluta de Bran. Su pecho ya no sube ni baja; en su lugar, hay un vacío devastador: un agujero que atraviesa su torso de lado a lado, permitiendo ver el suelo a través de él.

Un nudo asfixiante se forma en la garganta del pequeño. Su mirada tiembla mientras da un paso hacia adelante, esperando desesperadamente una reacción, una señal, un parpadeo.

—Papá... sabía que podías vencerlo —susurra con una voz quebradiza—. Por favor, levántate. Vamos a casa.

En un intento desesperado por recuperar la normalidad, Tiget le muerde la oreja, jugando como siempre lo hacía por las mañanas para despertarlo. Al ver que Bran no reacciona, intenta empujarlo, buscando que su padre lo aplaste con uno de sus abrazos pesados y amorosos, pero sus pequeñas fuerzas no son suficientes para mover el cuerpo inerte.



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En el texto hay: batallas, poderes, perdidas y dolor

Editado: 22.01.2026

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