Al amanecer después de la destrucción en Zoorimilla.
El silencio que envuelve el patio es pesado, casi sólido, como si el aire cargara con las cenizas de lo ocurrido. Cooper permanece inmóvil, con las patas hundidas en la tierra seca, mirando al horizonte con esa fijeza propia de los pointer cuando detectan algo invisible para los demás. Busca respuestas entre los restos del recuerdo de Zoorimilla. Sus orejas, siempre alertas, apenas se agitan cuando una sombra larga y elegante se proyecta a su lado.
Es Dayana.
La loba se acerca con pasos felinos, moviéndose con esa gracia ancestral que la caracteriza.
—Hijo, ¿no vas a pasar?
Cooper deja escapar un suspiro largo y pesado, un sonido que nace desde lo más profundo de su pecho. Sus hombros, tensos por lo ocurrido, se relajan al fin.
Lentamente, el pointer aparta la mirada del horizonte. Busca los ojos de Dayana y encuentra en ellos esa mezcla de firmeza salvaje y ternura infinita. Con un último vistazo al patio, que ahora se sumerge en sombras, camina hacia la entrada.
— Ya voy...
Al cruzar el umbral, el ambiente cambia; el aire se vuelve denso, cargado con el olor a madera y el eco de los pasos sobre el suelo. Cooper avanza por el pasillo con la cabeza gacha en busca de su habitación, ese rincón del mundo que siempre le ha pertenecido. Sin embargo, al acercarse, nota que la puerta no está cerrada como de costumbre; un hilo de luz escapa por la abertura y revela que no está solo.
Su padre, Fido, está de pie junto al lecho. El pointer mayor está con su habitual energía; se ve estático, casi como una estatua de mármol con la mirada fija y sombría. Siguiendo la dirección de sus ojos, Cooper siente un nudo en la garganta al ver a Tiget.
El cachorro tigre, cuya fuerza suele dominar cualquier espacio, yace allí completamente vulnerable. Su cuerpo, se hunde en el colchón mientras su respiración pesada y errática es el único sonido que rompe el silencio. Tiget está inconsciente, ajeno a la tragedia de Zoorimilla y al dolor que flota en el aire. Fido ni siquiera se gira al sentir la presencia de su hijo.
— Tendrás que dormir con Zara hoy, Cooper.
— Ya veo... —responde, sin apartar la vista de su amigo.
Cooper se adelanta unos pasos y sus garras emiten un leve clic contra el piso hasta quedar al borde de la cama. La imagen es difícil de procesar: Tiget, quien suele moverse con una potencia capaz de sacudir la tierra, se ve ahora reducido a una fragilidad desgarradora.
Su cuerpo está cubierto por un laberinto de vendajes blancos que contrastan violentamente con el naranja intenso de su pelaje. Las vendas envuelven el torso y las extremidades; algunas manchas cuentan la historia de la batalla que casi le arrebata la vida. Al verlo así, tan inmóvil, Cooper siente que el mundo se vuelve extrañamente pequeño.
— Cooper, gastaste toda tu energía, ¿no? —pregunta Fido con desdén.
Al escuchar a su padre, un escalofrío lo recorre. El suelo parece el único lugar seguro donde mirar. La mirada de Cooper se desliza desde el cuerpo vendado hacia la madera oscura, incapaz de sostener la visión por más tiempo.
— Sí... dos veces. Aunque la primera fue peleando contra Tiget, como te dije.
— Y la segunda fue contra ese sujeto, ¿no? —Dice analizando todo.
— Sí... —dice con la cabeza gacha.
Fido permanece inmóvil, con la mirada fija en su hijo, incapaz de apartar los ojos de una escena que desafía toda lógica.
— Manipulaste un rayo completo... —dice en tono de regaño.
Cooper, abrumado por esa autoridad silenciosa, encoge los hombros y evita el contacto visual, perdiendo la vista nuevamente en las patas inmóviles de Tiget. La severidad de su padre no busca castigarlo con palabras, sino obligarlo a enfrentar la realidad de lo sucedido, sin excusas.
— Lo sé...
Sabe, con una amargura que le quema el pecho, que lo ha entregado todo. Forzó su naturaleza hasta agotar la última gota de ese poder que corre por sus venas y, sin embargo, el resultado de aquel esfuerzo extremo es el cuerpo inconsciente de su amigo frente a él.
— Este ataque utiliza toda tu energía elemental y la concentra en un solo impacto. Esta vez, el rayo no lo generaste tú...
Fido observa el cuerpo de Tiget; sus ojos de cazador experto recorren cada centímetro de las vendas con precisión quirúrgica. Cooper permanece inmóvil mientras su padre evalúa la gravedad del daño.
— No debiste hacer eso. Sabes que solo eres un híbrido; no tienes la energía suficiente para lanzar un ataque así...
Sin girar la cabeza del todo, Cooper desliza la vista hacia un lado para observar a su padre apenas de reojo.
— Los que nacen híbridos de energías elementales solo poseen el cincuenta por ciento de cada una... —dice Cooper con seriedad.
Fido asiente con un movimiento lento, casi imperceptible. Tras eso, aparta la vista de la figura exhausta de su hijo y se concentra de nuevo en el herido. Su expresión cambia drásticamente: la preocupación paternal se transforma en una mirada analítica, afilada y cargada de una nueva interrogante.
— Al lanzar un ataque tan potente, es obvio que la magnitud del impacto dejó a Tiget inconsciente... sin embargo...
Mientras analiza el cuerpo, la mente de Fido se ve arrastrada por un torbellino de recuerdos hacia las horas inmediatas antes del desastre. En su memoria, la escena es dantesca: recuerda al tigre avanzando con una terquedad sobrenatural, dejando un rastro intermitente de carmesí sobre la tierra seca. Cada vez que sus patas fallaban, su pesado cuerpo y su voluntad lo obligaban a seguir caminando.
Al regresar al presente, Fido enfoca de nuevo los vendajes. Ahora comprende que la inconsciencia de Tiget no se debe solo a las heridas físicas, sino al esfuerzo inhumano de soportar tanto dolor durante el trayecto de regreso.
—<<No puedo entender cómo podía moverse después de que lo trajimos...>> —piensa Fido, frunciendo el ceño —<<Pero se desmayó de repente en cuanto entramos en casa...>> — Mmh...
Editado: 22.01.2026