Tres años despues.
La ciudad de Zoorimilla resplandece hoy con una armonía impecable, como si el fuego y las cenizas nunca hubieran alterado su esencia. Los animales recorren las calles con una tranquilidad envidiable; las risas llenan el aire mientras las familias comparten comidas y los cachorros juegan en los parques. La paz parece absoluta.
A lo lejos, la montaña Brillaviento se alza majestuosa. Su bosque permanece intacto, con arbustos vibrantes y flores que esparcen su fragancia con cada ráfaga de viento. En una casa asentada en la ladera, la calidez del hogar inunda la cocina. Allí, una familia canina prepara la mesa con dedicación. Un perro pointer adulto y una loba gris se mueven con sincronía, acomodando los platos con precisión. Entonces, el padre alza la voz con firmeza:
—¡Cooper! ¡Zara! ¡Vengan a comer! —alza la voz el padre.
En su habitación, Zara ignora por un segundo el llamado. Está sentada frente a su escritorio, donde la luz tenue de la mañana ilumina las hojas esparcidas. Su pluma se mueve con fluidez, trazando palabras precisas sobre el papel mientras las cortinas danzan suavemente por la brisa que entra por la ventana. Sin apartar la vista de su escritura, exhala y eleva la voz:
—¡Voy!
Justo arriba, en el tejado de la casa, se encuentra Cooper. Está sentado en el borde, dejando que el viento matutino le acaricie el rostro. Sus ojos recorren el horizonte, perdidos en pensamientos que solo él comprende. La paz de Zoorimilla se extiende ante sus pies, pero sus dedos se deslizan por la superficie fría de las tejas con cierta inquietud. Con un suspiro profundo, sus labios se separan para romper el silencio:
—¡Ya voy!
Con un movimiento preciso, Cooper se impulsa desde el borde del tejado y cae con gracia dentro de la habitación de su hermana. Sus pies tocan el suelo con suavidad, apenas perturbando el silencio del cuarto. Zara, concentrada en sus escritos, alza la vista un instante; no parece sorprendida por la entrada repentina de su hermano. Cooper le dedica una leve sonrisa antes de girar hacia la puerta. Ambos salen al pasillo y se dirigen a la cocina, donde el aroma de la comida recién preparada los recibe con una calidez reconfortante.
Se sientan a la mesa, rodeados por la luz suave de la mañana.
—Buen provecho, hijitos. —menciona Dayana con dulzura.
—¡Gracias, mamá! —responden ambos al unísono.
Cooper mastica en silencio, desviando la mirada hacia ella de vez en cuando, reconociendo el esfuerzo en cada bocado. Zara disfruta del momento con tranquilidad, mientras que Fido permanece sentado con la espalda recta, oculto tras las páginas de un periódico que sostiene con ambas manos.
—Cariño, siempre lees el periódico antes de comer —la voz de Dayana, firme pero cargada de cansancio, rompe el silencio— ¿No deberías pasar más tiempo con nosotros a la hora del desayuno?
Cooper y Zara intercambian una mirada antes de observar a su padre. Fido deja escapar un suspiro profundo y pesado, como si intentara descargar una tensión acumulada en el pecho que nadie más puede ver.
—Tienes razón. Discúlpame cariño...
Baja las hojas del periódico y toma los cubiertos con calma. Sus movimientos son mecánicos, casi ensayados, manteniendo esa expresión distante que se ha vuelto su nueva máscara. La mesa recupera su ritmo, aunque el ambiente sigue cargado de una incomodidad invisible que nadie se atreve a señalar... excepto Cooper.
—Vaya, papá —suelta el joven pointer con un tono burlón— no sabía que mamá te dominaba tanto.
—Espero que mantengas esa misma energía cuando te inscriba a ti y a tu hermana en la IEG —suelta Fido sin despegar la vista de su plato.
Zara y Cooper abren los ojos, congelándose en sus sitios. La confusión reemplaza a la sorpresa en un instante ¿La IEG? Ambos intercambian una mirada rápida antes de volverse hacia su padre, exigiendo una explicación.
—¿IEG? —pregunta Cooper con una ceja levantada.
—Sí. Es un evento que se realizará aquí, en Zoorimilla —explica Fido con tranquilidad— Escuché que es un torneo de artes marciales mixtas, donde jóvenes como ustedes aprenden un poco de combate y a usar su energía elemental de mejor manera... o incluso a descubrirla.
Al escuchar esto último, Zara se ilumina. Su emoción es instantánea y desbordante; casi parece que va a saltar de la silla. Cooper, por el contrario, no muestra el más mínimo interés.
—Papá, ya domino mi habilidad del viento y del rayo —replica el pointer con suficiencia— a diferencia de ella, que no ha descubierto su energía elemental aún ¿Para qué me inscribirás a mí?
—Porque eres su hermano mayor —responde Fido con una lógica aplastante que no admite discusión.
—Ash... está bien, iré —gruñe Cooper, dándose por vencido.
Dayana deja escapar una leve risita al escuchar cómo su esposo ha logrado acorralar a su hijo mayor. Se relaja en su asiento, sabiendo que, al menos por ahora, el asunto está resuelto. Zara sigue perdida en fantasías sobre lo que encontrará en el torneo, mientras Cooper suspira con resignación. La mesa recupera su calma, pero Fido aún tiene una carta bajo la manga.
—Además... ustedes no son los únicos a los que voy a inscribir.
—¿Mmh? —Zara se detiene, curiosa.
—No olviden quién regresa hoy de su entrenamiento —añade Fido con una sombra de sonrisa.
—¿Uh? —Cooper se tensa, y una chispa de reconocimiento brilla en sus ojos— Es cierto...
En lo profundo del bosque de la montaña Brillaviento, lejos de la calidez del hogar canino, el estruendo de las llamas desgarra la serenidad del paisaje. Entre los árboles y la maleza, una figura solitaria se mueve con una precisión obsesiva: es Tiget. Su pelaje vibra en la penumbra mientras lanza esferas de fuego contra una roca maciza. Cada impacto produce una explosión instantánea, pero las llamas, comparadas con el incendio que alguna vez desató, se ven débiles y erráticas.