A Big Tiger - Arc 2

Capitulo 1 - Parte 2

El tiempo parece fracturarse. Un instante antes, Tiget estaba junto a Fido, Cooper y Zara, inmerso en la presencia imponente del Maestro; pero al segundo siguiente, la densidad del aire cambia. Su cuerpo se dispara hacia adelante, impulsado por una furia contenida y un instinto que ha estado latente. Lanza un golpe rápido, brutal, directo a la cara del Maestro con una determinación que no necesita palabras.

—¡Hum!

Sin embargo, la experiencia del felino gris está en otro nivel. En el momento exacto en que el puño está a punto de conectar, la mano del gato gris se alza con precisión milimétrica, deteniendo el brazo de Tiget con una facilidad pasmosa. Pero algo es seguro en este instante: el Maestro está desconcertado.

—¿...? —observa a Tiget confundido.

—¡¡¡Eres un... maldito!!! —ruge Tiget.

El sonido del impacto de carne contra carne nunca llega; solo queda el peso del momento, la respiración contenida de los espectadores y el roce de las garras de Tiget tensándose contra la piel del Maestro. Tiget siente una presión firme en su brazo: no es dolorosa, pero sí absoluta. No puede moverse. El Maestro le sostiene la mirada y, aunque sus labios no se mueven, sus ojos lo dicen todo. Es un enfrentamiento, sí, pero no un combate. No todavía.

Zara se lleva las manos a la boca por el impacto y Cooper da un paso atrás, incapaz de reaccionar. Fido entrecierra los ojos, midiendo la situación con cautela. Tiget, por su parte, está al borde del llanto, pero no se permite esa debilidad.

—¡Te mataré de una maldita vez! —grita Tiget.

El aire se torna denso y asfixiante. Tiget deja de ser Tiget en este instante; su cuerpo tiembla bajo la transformación violenta que lo envuelve. El brillo filoso en sus ojos deja claro que su "Modo Bestia" ha despertado. Su respiración es errática y su postura baja, lista para un ataque letal.

Pero Zara no duda. En un movimiento certero, su puño se estrella contra la cabeza de Tiget. Es un golpe seco y directo que no busca herir, sino despertar al que aún lucha por controlarse dentro de esa forma bestial. Fido actúa de inmediato también: sus brazos rodean a Tiget con firmeza, conteniéndolo sin intención de lastimarlo, pero dejando claro que no permitirá que la furia avance más.

En medio de este torbellino de tensión, Cooper baja la mirada. Su voz es apenas un murmullo cargado de arrepentimiento; la culpa es evidente en sus ojos y en la forma en que sus hombros se hunden bajo el peso del caos provocado.

—¡Disculpe lo que hizo mi amigo! Él... ¡Él está muy emocionado, jejeje! —miente Cooper con una risa nerviosa que apenas oculta su miedo.

Zara, que ahora sostiene el cuerpo de Tiget mientras este cae inconsciente por el impacto, añade:

—¡Sí, discúlpelo, por favor! —nerviosa habla ella.

El Maestro no dice nada al principio; solo observa. Sus ojos felinos recorren la escena y a los tres jóvenes con una mezcla de sorpresa y evaluación. Fido avanza con un andar pausado y medido, cargando con el peso de lo ocurrido. Se detiene frente al Maestro con una mirada que refleja respeto y responsabilidad; las palabras que está a punto de pronunciar no son vacías.

—Disculpe lo que hizo el insensato de Tiget. Muy buenos días —dice Fido con solemnidad.

—Mmh... no se preocupe. Supongo que el joven tiene sus razones —responde el Maestro con una calma inquietante.

El felino gris observa el silencio reinante. Su mirada se fija en Tiget, quien yace en el suelo con los hombros caídos y la respiración ya tranquila tras el breve estallido. El Maestro no interviene, dejando que los acontecimientos sigan su curso. Zara, con los brazos cruzados y visiblemente molesta, no se contiene.

—¿En qué estabas pensando? —le recrimina ella.

—¡Eso fue una locura! —exclama Cooper.

Hay una culpa pesada en los ojos de Tiget que lo hace titubear entre la rabia y la necesidad de disculparse. No responde; mantiene la mirada clavada en el suelo mientras sus garras se aprietan contra la superficie. Las voces de sus amigos son un eco distante, atrapado entre la ira y la confusión que todavía queman en su pecho. Fido, conociendo el origen de ese odio, sentencia con firmeza:

—Tiget... no, no tiene razones para atacarlo...

—Comprendo. Pasen por aquí. —dice el felino con cortesía.

La atmósfera en la sala privada es sofocante, una combinación de tensión y expectativa que flota en el aire. Fido, sin titubear, extiende la mano y paga la inscripción, sellando el destino de los jóvenes. Tiget no puede apartar la vista del Maestro, quien se acomoda frente a ellos con una calma imperturbable. A simple vista, su porte y expresión son casi idénticos a los de Draven, pero la mente de Tiget se enfoca en los detalles: por ejemplo ahora no tiene barba.

La mirada del Maestro se posa en Tiget con una intensidad calculada. Parece notar la incomodidad del joven.

—Me llamo Daryon y soy el maestro de este Dojo —se presenta.

—Sí. Gracias por recibirnos —responde Fido— Espero que no le causen problemas.

—En lo absoluto. Entonces...

Daryon desvía la mirada hacia los chicos. Su observación no es casual; es un examen minucioso y prolongado que revela un interés creciente. Sus ojos se detienen nuevamente en Tiget, como si percibiera una energía distinta en él, algo que no encaja con los demás. El tigre se remueve en su asiento, inquieto bajo ese peso, pero no aparta la atención.

—Vengo a inscribir a mis hijos al torneo IEG —anuncia Fido con firmeza.

—Mmh... —Daryon ladea la cabeza— Del perro y la loba lo creo, pero...

—El tigre no es mi hijo —interrumpe Fido— Lo crie desde que perdió a su familia hace años. Era lo mejor que podía hacer; de lo contrario, el pobre habría estado solo... y no iba a permitir eso.

El aire se vuelve más cálido en ese instante, como si las palabras de Fido tejieran una manta invisible alrededor de Tiget. Sus ojos, antes nublados por el odio, recuperan su brillo y reflejan una certeza absoluta. Fido no lo ve como una carga o una responsabilidad ajena, lo ve como un hijo mas.



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En el texto hay: fantasia, accion, batallas

Editado: 20.02.2026

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