Zara da un paso al frente. Su andar es firme y elegante, cargado de una serenidad feroz. Su pelaje plateado brilla bajo el sol y sus ojos se clavan en Zod con una mezcla de respeto y desafío.
—¡Lista!
Zod inhala con fuerza una vez más. El aire a su alrededor se comprime, como si la atmósfera misma se preparara para liberar una tormenta. Pero apenas dos segundos después de que el soplido es liberado, la fuerza del viento la envuelve como una ola imparable. Su cuerpo, aunque preparado, no puede resistir la magnitud del impacto. Zara sale disparada hacia atrás, elevándose por los aires con una velocidad que desdibuja su silueta.
—¡¡Ahh!!
Cooper reacciona sin pensarlo. Con una agilidad que contrasta con sus momentos de torpeza, se lanza hacia ella. Atraviesa el polvo y el viento como una flecha decidida y, en el momento justo, la atrapa en el aire. Amortigua la caída con su propio cuerpo y ambos ruedan por el suelo hasta detenerse.
—¡Te tengo! —exclama él mientras la asegura.
En los brazos de Cooper, Zara permanece en silencio, con la respiración agitada y el pelaje revuelto. Aunque no hay heridas, una pequeña chispa de frustración se enciende en su interior.
—No aguanté más de dos segundos... rayos... —murmura frustrada.
—Tienes un intento más, Zara. Aunque no tengas energía elemental, esto es bueno para ti; así podrías manifestar tu energía elemental de alguna manera. —explica Daryon evaluándola.
—¡Sí! —menciona decidida a continuar.
Zara se levanta con una calma feroz, sacudiéndose el polvo con un movimiento seco de su brazo. Su mirada, que antes estaba frustrada, ahora arde con una determinación renovada. No hay espacio para dudas ni para el recuerdo del vuelo anterior: es una loba, y los lobos no se rinden. Con paso firme, se coloca nuevamente frente a Zod.
—¡Lista!
El lobo gris, sin cambiar su expresión, vuelve a tomar aire. En un instante, libera una ráfaga que corta el silencio como una cuchilla invisible. Pero, esta vez, Zara apenas logra resistir un segundo; la fuerza del viento la envuelve con brutalidad y su cuerpo es lanzado hacia atrás sin oportunidad de reacción.
—¡¡¡Me lleva...!!! —grita ella mientras el viento la arrastra de nuevo.
—Bien, siguiente... —Daryon da la señal.
Nyx, el zorro, avanza con una elegancia que oculta su orgullo herido. En su último intento, canaliza su energía y se lanza de frente contra el viento. Por un instante choca contra la ráfaga como una chispa que se niega a apagarse, pero la diferencia de poder es abismal; el viento lo vence y lo manda directo hacia las raíces del árbol con un impacto seco.
Le sigue Eryon, cuyo andar travieso no basta para burlar la física. En su primer intento, el agua bajo sus pies lo convierte en una patineta viviente que sale disparada sin control. Sin rendirse, se reincorpora y crea una barrera líquida ondulante entre él y el lobo. Por dos segundos gloriosos, el agua resiste el embate, pero la presión de Zod termina por romper la defensa, haciendo que el mapache ruede como una moneda en el aire hasta chocar, por segunda vez, contra el mismo tronco.
Damon entra en escena con una seguridad profunda. El barro emerge del suelo y se moldea alrededor de sus patas y torso, creando una prisión voluntaria que lo ancla a la tierra. Durante tres segundos, la hiena resiste con los músculos tensos, pero el fango cede con un crujido sordo. Damon sale disparado y aterriza entre las hojas, justo donde Eryon lo espera. En su segundo intento, la historia se repite: el barro sostiene con firmeza dos segundos más antes de que el vendaval lo arranque de su sitio.
La coyote Erya intenta un enfoque distinto, invocando corrientes de agua que envuelven sus patas. Sin embargo, el soplido de Zod es tan intenso que dispersa el líquido al instante, evaporando su defensa. Tras rodar por el suelo en apenas un segundo, Erya comprende la complejidad de la técnica y decide pasar su segundo turno.
Su hermana, Erza, toma el relevo con una energía más agresiva. El rayo envuelve su cuerpo en una barrera chispeante que lucha contra el viento durante cuatro segundos de pura voluntad electrificada. Pero cuando la energía se agota, el aire la envuelve sin piedad y la lanza por los aires en una trayectoria ya conocida.
El ambiente cambia cuando Oswlon emerge como una fuerza de la naturaleza. Adopta una pose de sumo, afianzando sus patas como raíces milenarias. Zod inhala y suelta una fuerza que ha derribado a todos, pero el oso permanece firme como una montaña. Pasan los segundos y el suelo bajo sus pies comienza a agrietarse por la presión acumulada. Al octavo segundo, Oswlon retrocede apenas un centímetro; es un movimiento mínimo que demuestra un dominio excepcional. Zod deja de soplar, y Daryon reconoce su técnica y dándole el pase directo.
Finalmente, Rovin, la grulla, intenta usar sus alas como escudos. En el primer segundo, el viento las atrapa como si fueran velas y lo manda a volar antes de que pueda reaccionar. Indignado, Rovin se eleva al cielo para su último intento y desciende en una picada feroz, intentando cortar el viento como un halcón. Logra sostener el vuelo durante tres segundos, luchando contra la ráfaga cara a cara, hasta que el vendaval lo desvía. Rovin gira en el aire como una hoja en un torbellino y termina, inevitablemente, chocando contra el árbol que se ha convertido en el monumento a los derrotados de la jornada.
Cooper se adelanta con su andar firme. Su mirada es decidida, manteniendo ese brillo juguetón y retador que lo caracteriza. A pesar de los intentos fallidos de sus compañeros, Cooper no muestra miedo ni duda; se planta frente a Daryon y Zod con el pecho erguido, las patas bien apoyadas y una sonrisa apenas perceptible en el rostro.