El viento ruge alrededor de Tiget. La velocidad de la caída intensifica la sensación de peligro y desesperación; el agarre de Daryon sobre su rostro es firme e implacable, Tiget solo piensa una cosa: Está a punto de morir.
—<<¿¡¡QUÉ CARAJOS ESTÁ HACIENDO!!?>> —grita Tiget en su mente, paralizado.
La intención en los ojos de Daryon es clara. Esto no es solo una lección; es una demostración absoluta de dominio, una sentencia. La tierra se acerca a una velocidad alarmante y el cuerpo de Tiget no tiene forma de controlar la dirección. La gravedad dicta su destino. Si no hace algo ahora, el impacto será devastador.
—<<Voy a morir... ¡Voy a morir! ¡VOY A MORIR!>> —son las únicas palabras que resuenan en su cabeza.
La atmósfera está cargada de una tensión insoportable. La velocidad es letal, más aún considerando que Daryon cambia la trayectoria: ya no caen hacia la cancha, sino hacia la ciudad. El suelo de Zoorimilla se acerca como una sentencia inevitable. Desde la academia, Cooper, Zara y los demás estudiantes observan con los corazones acelerados, incapaces de intervenir, incapaces de apartar la mirada.
—¡Bastardo... va a matar a Tiget si caen así! —exclama Cooper, apretando los dientes.
—¡Hermano, ayuda a Tiget! —suplica Zara, con la voz rota.
—¡Tks...!
El viento ruge, la velocidad de la caída es feroz y la ciudad de Zoorimilla se acerca cada vez más, como una bestia esperando devorarlos. Tiget siente la presión en su pecho y la adrenalina quemando cada fibra de su cuerpo. Daryon mantiene su agarre firme, como si no hubiera duda alguna en su mente de que esto acabará exactamente como lo ha planeado. La caída no es el verdadero desafío; lo que importa es lo que harán antes de tocar el suelo. Tiget, que segundos antes pensaba que ese era el fin, ahora se rehúsa a aceptarlo. No puede permitirlo; no aquí, no así.
—<<No moriré... ¡No moriré! ¡NO MORIRÉ!>>
La tensión en el aire alcanza su punto máximo. Tiget, con cada fibra de su cuerpo gritando por sobrevivir, sostiene con fuerza el brazo de Daryon y gira con todo su peso, buscando cambiar el destino de la caída. El maestro, sin embargo, no muestra resistencia inmediata; su expresión sigue impasible, como si ya hubiera anticipado el movimiento. Pero eso no significa que el joven tigre vaya a rendirse. Con un esfuerzo sobrehumano, Tiget aumenta la presión en el agarre y fuerza el giro con toda la rabia y la voluntad que arden dentro de él.
—<<¡NO MORIRÉ!>>
El impacto resuena como un trueno en las calles de Zoorimilla. El concreto se destruye bajo los pies de Daryon, fragmentándose en una grieta profunda. Pues justo antes de tocar el suelo, Daryon aterrizó de pie, salvando a Tiget del impacto mortal mientras aún lo sujeta de la cara. Tiget permanece atrapado en su agarre; su rostro aún es sostenido con firmeza por la mano del maestro. Su respiración es irregular y su cuerpo tiembla por el shock. No hay dolor; es la certeza de que ha estado a segundos de la muerte. Si Daryon lo hubiera deseado, no habría habido oportunidad de escapar.
El silencio se extiende por un instante eterno. Los habitantes de Zoorimilla, que hasta entonces no tenían idea del enfrentamiento en los cielos, comienzan a notar la grieta en el suelo, la presencia imponente del maestro y la expresión aterrada del joven.
—Veo que sí es verdad... —dice Daryon mientras lo mira fijamente— Si caemos de pie...
—¿¡...!? —Tiget sigue en shock con los ojos bien abiertos.
—Niño tigre, intentaste cambiar la postura de la caída aún sabiendo que no podías hacer nada... todo con tal de que yo también lo recibiera. Ja... Tienes astucia —lo suelta de golpe.
—¡Ah! —Tiget recupera el aire al instante de ser soltado.
—¡Pero eres imprudente! —ruje el maestro.
Aprovechando el momento en que el tiempo parece ralentizarse para él, Daryon le proporciona un impacto seco en el pecho. Su puño golpea el tórax del joven tigre con una fuerza brutal, enviándolo volando hacia una pared cercana, hasta abrir una grieta profunda en el concreto.
—¡¡Dagh!! —Tiget escupe el aire, intentando recuperar el aliento.
Mientras tanto, Zara, Cooper y sus demás compañeros salen del dojo y buscan con desesperación el lugar del estruendo.
En la calle, los espectadores civiles se quedan congelados; observan con asombro y tensión la escena del joven tigre surgiendo entre los escombros. Tiget respira profundamente, sintiendo cada punzada de dolor. No puede quedarse ahí. No puede ceder.
—Tks... ¡Cállate! —Tiget se levanta con dificultad, sus ojos brillando con una rabia nueva— ¡Que me digas esas cosas solo hace que quiera golpearte mas fuerte!
La mirada de Daryon se vuelve más aguda, más consciente. Tiget por otro lado, aún recuperándose del último ataque, también lo entiende. Su respiración es pesada y su cuerpo duele, pero su mente procesa algo más que su propio estado: si siguen luchando allí, no serán solo ellos quienes sufran las consecuencias.
—<<Estoy en la ciudad... las personas... no debo dejar que esto se extienda más...>>
Aprieta los dientes mientras el dilema arde en su interior: no quiere retroceder ni aceptar la derrota, pero tampoco puede ignorar la realidad.
—¿Qué esperas, Daryon? —reta el joven tigre bien determinado.
Tiget, impulsado por la urgencia, se lanza contra Daryon con una ráfaga de golpes rápidos y precisos. Cada ataque va dirigido a puntos clave: el pecho, el rostro y el abdomen. No tiene intención de detenerse, solo de hacer retroceder al maestro y demostrar que no será subestimado. Pero Daryon bloquea cada ofensiva con una destreza impecable; con su antebrazo, muñeca y palma, sus años de experiencia lo convierten en un muro.
El contraataque llega con precisión. Un golpe impacta directamente en el pecho de Tiget nuevamente y lo hace retroceder; un segundo impacto al rostro lo hace tambalear, y un tercero en el hombro lo obliga a perder la estabilidad hasta volver a recostarlo en el muro.