A Big Tiger - Arc 2

Capitulo 4 - Parte 2

El silencio en la arena se vuelve absoluto. Eryon se queda inmóvil, sorprendido no por miedo esta vez, sino por la madurez que irradia aquel gesto.

​—Eres muy educado... —responde Eryon, recomponiéndose— Solo espero que no me aplastes.

​—No —responde el gorila con calma— Yo jamás sería capaz de aplastar a alguien inferior a mí.

​Eryon aprieta los dientes. La palabra "inferior" resuena en sus oídos como un desafío directo a su orgullo.

​—Mmh... demonios... —murmura para sí mismo— Tendré que dar mi mejor esfuerzo.

Loryan, sin perder un segundo tras la reverencia, se desliza con una agilidad sorprendente hacia su postura de combate. Su cuerpo, enorme y poderoso, se curva con precisión milimétrica; sus brazos describen arcos suaves en el aire mientras sus piernas se anclan al suelo como raíces profundas. Ha adoptado la forma del "Meiquan"

​Desde las gradas, la multitud contiene el aliento. Tiget mantiene la mirada fija; Cooper se apoya en el borde del muro con una sonrisa de emoción contenida; Zara observa seria y atenta, analizando cada detalle. Todos son conscientes de que están a punto de presenciar algo fuera de lo común.

​—Ese gorila es aterrador... —murmura uno de los espectadores.

​—Sí, no me sorprendería que terminara aplastando al mapache... —susurra otro.

​—Wao... —exclama Tiget.

​La mirada de Tiget se mantiene en la arena.

​Eryon lo nota. Observa con atención absoluta; comprende que la postura de Loryan no es instintiva, sino el resultado de años de disciplina rigurosa y una vida dedicada al arte del combate.

​—¿Es el estilo Meiquan? —pregunta Eryon con voz clara.

​El cuerpo de Loryan, en perfecta alineación, se tensa apenas un instante al escuchar a su oponente pronunciar el nombre de su técnica.

​—Veo que lo conoces... —responde el gorila, intrigado.

​—¿Conocerlo? —suelta Eryon con calma.

​Sin previo aviso, Eryon se mueve con rapidez. Gira sobre sus talones, flexiona las rodillas y alza los brazos con una precisión que desafía toda expectativa. Aunque sus movimientos carecen de la fuerza bruta de Loryan. Eryon adopta la misma postura: Meiquan.

​El estadio entero se sobreexalta. Los murmullos se convierten en gritos de incredulidad y hasta el mismísimo Daryon abre los ojos ligeramente sorprendido.

​—¡Increíble...! —exclama uno de los espectadores, reconociendo el talento puro.

—Esta será una batalla del mismo arte marcial... —comenta Zod prestando mucha atenta lo que ocurrirá.

​Un silencio absoluto cae sobre la arena. Pero es Loryan quien muestra la reacción más sutil y poderosa. Sus ojos se abren apenas; un destello de sorpresa cruza su rostro.

​—¿Tú también sabes usar el Meiquan? —pregunta el gorila.

​Sin esperar, se lanza hacia adelante con un impulso ágil y controlado. Desata una secuencia de movimientos que fluyen como agua de montaña. Cada paso, cada giro y cada golpe están impregnados del estilo Meiquan: ataques en espiral, fintas engañosas y golpes precisos que buscan puntos vulnerables con la elegancia de una danza ancestral.

​Loryan responde sin vacilar. Bloquea el primer ataque con un giro de antebrazo, desvía el segundo con un paso lateral y contraataca con una palma descendente que hace vibrar el aire.

​—¡¡Umm!! —gruñe Loryan, esforzándose por seguir el ritmo.

​—¡¡Uuugh!! —exclama Eryon, sintiendo la presión de la fuerza del gorila.

La batalla continúa y, con cada intercambio, el asombro en las gradas crece como una ola imparable. Ambos hablan el mismo lenguaje, pero con acentos distintos: Eryon es velocidad, astucia e improvisación; Loryan es fuerza, equilibrio y tradición. Es una batalla limpia, casi ceremonial, donde cada golpe es una pregunta y cada defensa es una respuesta.

Desde las gradas, los rostros son un mosaico de asombro. Tiget no parpadea.

​—Increíble... —murmura Tiget.

​—Ese mapache no debería poder darle problemas a ese gorila, es imposible... —comenta un espectador incrédulo.

​La batalla sigue su curso como un río sereno pero imparable. Ambos, aún firmes en el arte marcial, se mueven con una sincronía casi mística.

Pero entonces, en un instante fugaz, Eryon rompe el ritmo. Con un impulso explosivo, el mapache gira sobre sí mismo, usa el brazo de Loryan como punto de apoyo y salta con gran agilidad. Se eleva por encima del hombro del gorila; en el aire, su cuerpo se tensa como un resorte y, con una torsión perfecta, lanza una patada giratoria directa a la mejilla de Loryan.

​—¿¡Ugh!? —gruñe el gorila.

​El golpe resuena en la arena como un tambor repentino. Loryan, aunque no cae, da un paso atrás. Su rostro gira por la fuerza del impacto; no es solo la potencia lo que lo sorprende, sino la ejecución técnica impecable. Loryan comprende que no puede subestimar ni un segundo más a su oponente.

​Con un poderoso impulso de sus piernas, el gorila se echa hacia atrás y gira su cuerpo en una voltereta ágil y controlada. A pesar de su tamaño, Loryan se mueve con una gracia que desafía la lógica; tomando así distancia.

​Tiget, que ha seguido cada segundo, queda maravillado.

​—¡Qué genial arte marcial! —dice Tiget con admiración— Sobre todo su pose de batalla; se ve increíblemente bien.

Cuando parece que el combate ha alcanzado su punto final, Eryon, firme en su postura Meiquan, alza lentamente una de sus manos. Sus dedos se curvan con precisión y de su palma emerge un chorro de agua cristalina, proyectado con presión, Loryan con agudeza se lanza a un lado para esquivar el ataque emergente.

​Eryon no se detiene. Con movimientos fluidos, casi danzantes, canaliza ráfagas sucesivas de agua que logran alcanzar al gorila y lo empujan hacia atrás. Nota la trampa: cada impacto lo está empujando hacia el borde. Eryon no busca golpearlo directamente, sino forzarlo a salir de la arena mediante una estrategia sutil. Loryan voltea ligeramente la cabeza para verlo con sus propios ojos: en efecto, está a un solo paso de la derrota.



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En el texto hay: fantasia, accion, batallas

Editado: 13.03.2026

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