A ciento vente latidos

Prólogo — "A Ciento Veinte Latidos"

Ruido

El taller siempre olía a gasolina, metal caliente y café viejo.

A Lex le gustaba así.

El ruido de las herramientas chocando. El motor rugiendo. Las risas bruscas de los chicos. El caos.

El caos era simple.

El caos no preguntaba cómo te sentías.

—¿Vas a quedarte mirando el motor o vas a terminarlo? —gruñó Ben desde el otro lado del auto.

Lex no respondió. Solo ajustó la llave inglesa con más fuerza.

No era un hombre de muchas palabras. Era un hombre de acciones. De velocidad. De manos sucias y decisiones rápidas.

El jefe apareció desde la oficina con una carpeta en la mano.

—Mañana llega alguien nuevo.

Nadie respondió.

—Es una pintora.

Eso sí hizo que Troy levantara la cabeza.

—¿Una pintora? ¿Aquí?

Ben soltó una carcajada.

—¿Qué va a pintar? ¿Nuestros egos?

El jefe rodó los ojos.

—Va a pintar el auto de exhibición. Y el mural del evento de invierno. Es talentosa. La universidad la recomendó.

Lex no dijo nada.

Pero alzó la mirada.

—Que no estorbe —murmuró finalmente.

—No lo hará —respondió el jefe—. Solo asegúrense de no asustarla.

Ben miró a Lex y sonrió.

—Entonces estamos jodidos.

A varias calles de allí, en una habitación ordenada hasta el último detalle, Catalina Flores alineaba sus pinceles por tamaño.

Uno. Dos. Tres. Cuatro.

Los giró levemente hasta que quedaron perfectamente paralelos.

El taller.

Había dicho que sí demasiado rápido.

Su hermana se apoyó en el marco de la puerta.

—¿Segura que quieres trabajar ahí? Son mecánicos. Ruidosos. Intensos.

Cat se encogió de hombros.

—Es un encargo importante.

—También es un lugar difícil.

Cat no respondió.

Se sentó en el borde de la cama y repasó mentalmente el plano del taller que había visto en fotos. Intentaba memorizar los espacios. Anticipar sonidos. Prepararse.

No le gustaban los lugares nuevos.

No le gustaban los cambios.

Pero le gustaban los retos visuales.

Y ese auto… ese auto era un lienzo perfecto.

Su hermana se acercó.

—Si es demasiado, te vas. No tienes que aguantar nada.

Cat asintió.

—Lo sé.

Mentía un poco.

Porque cuando aceptaba algo, lo hacía hasta el final.

Siempre.

A la mañana siguiente, el taller estaba más ruidoso de lo normal.

—¿Por qué carajo están limpiando? —preguntó Troy.

—Porque el jefe dijo que viene alguien —respondió Ben—. Y si Lex asusta a la nueva en los primeros cinco minutos, al menos que el suelo esté limpio.

Lex le lanzó una mirada fría.

—Cállate.

—¿Qué? ¿Te preocupa?

—No me preocupa nadie.

Y era verdad.

A Lex no le importaban los desconocidos.

No le importaban las personas que iban y venían.

No le importaban las historias ajenas.

Hasta que la puerta del taller se abrió.

Y el ruido pareció volverse más alto.

Cat entró sosteniendo una carpeta contra el pecho.

Se detuvo apenas un segundo en la entrada.

Demasiado sonido.

Demasiada luz.

Demasiadas miradas.

Respiró.

Uno. Dos. Tres.

El jefe caminó hacia ella.

—Catalina, bienvenida.

Ella asintió.

—Gracias.

Su voz era suave.

Pero firme.

Lex la observaba desde el otro lado del auto.

No con interés.

No con curiosidad.

Solo evaluando.

Ella evitaba mirar directamente a nadie. Sus dedos se movían levemente, repitiendo un pequeño patrón invisible.

No parecía frágil.

Pero tampoco parecía hecha para ese lugar.

Ben susurró cerca de Lex:




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