POV Lex —
El refugio estaba en silencio.
Por primera vez en días, no se escuchaban risas, ni bromas, ni pasos pesados por los pasillos. Solo el susurro lejano del viento golpeando contra las ventanas heladas.
Todos dormían.
Todos menos yo.
Me senté en el borde de mi cama, la espalda encorvada, las manos apoyadas en las rodillas. Sentía el dibujo como una presión tibia contra mi pecho, pidiéndome atención.
Cerré los ojos un momento, maldiciéndome en silencio.
No sabía por qué estaba tan… jodidamente nervioso.
Saqué el papel con sumo cuidado. Como si fuera algo frágil. Algo que no merecía estar en mis manos sucias.
Desdoblé el dibujo bajo la tenue luz del pequeño velador de la habitación.
Era yo.
Sonriendo.
No la sonrisa torcida y sarcástica que todos conocían.
No la mueca de burla o desprecio que usaba como escudo.
No.
Era yo, genuinamente feliz.
El trazo era tan detallado, tan lleno de vida, que por un instante sentí como si estuviera mirando a otra persona.
O tal vez, al verdadero yo que ni siquiera sabía que existía.
Pasé los dedos por el borde del papel, sin atreverme a tocar el dibujo en sí.
Cat me había visto así.
Cuando nadie más lo había hecho.
Cuando ni siquiera yo mismo me había visto así.
Me reí en voz baja, incrédulo.
—Tonta —murmuré—. ¿Por qué dibujarías algo tan estúpido?
Pero no podía apartar la mirada.
Doblé el papel de nuevo, mucho más cuidadosamente que antes, y lo guardé otra vez en el bolsillo interior de mi chaqueta.
Cerca del corazón.
Me recosté en la cama mirando el techo, sintiendo el peso cálido del dibujo sobre mí.
No sabía qué éramos.
No sabía qué carajos estaba pasando entre nosotros.
Pero sí sabía una cosa:
Ese dibujo era mío.
Ella era mía.
Y no pensaba dejar que nadie me la quitara.
Jamás.
Editado: 11.02.2026