La nieve crujía bajo las botas de Cat mientras se acercaba con cuidado.
Lex estaba sentado sobre el capó de su auto, el rostro hacia abajo, jugando con un pequeño mechón de nieve entre sus dedos.
El dibujo, guardado a salvo, rozaba su pecho con cada respiración.
Cat se detuvo a unos pasos.
—Lex... —murmuró.
Él no alzó la mirada. Solo gruñó algo ininteligible.
Ella frunció el ceño, su bufanda roja ondeando con el viento helado.
—¿Por qué te saliste de la carrera...? —preguntó, dando un paso más cerca—. Ibas ganando... ibas a ganar... y... —su voz bajó un poco— ...todos decían que solo te faltaban unos metros...
Lex se encogió de hombros de la forma más torpe y falsa del mundo.
—Me distraje —dijo, como si fuera la cosa más obvia del mundo.
Cat parpadeó, confundida.
—¿Te distrajiste...? —repitió, sin entender.
Lex se pasó la mano por la nuca, claramente incómodo, mirando hacia otro lado como si el cielo súbitamente fuera interesantísimo.
—Sí. El viento... no veía bien... la nieve... no sé.
Mucha mierda volando por ahí —murmuró, inventando en el momento.
Cat ladeó la cabeza, entrecerrando los ojos.
No le creía.
Lo sabía.
Lex apretó los labios, molesto consigo mismo.
Entonces Cat dio un paso más, hasta quedar justo frente a él.
Con cuidado, como si fuera un pajarito herido, extendió la mano y tocó su chaqueta justo donde el dibujo estaba guardado.
Lex se tensó.
—¿Era... algo importante? —preguntó ella en voz baja.
Lex tragó saliva, su garganta de repente seca como la arena.
Y, como si las palabras se le escaparan, murmuró:
—Más que cualquier trofeo.
Cat parpadeó, sorprendida.
Sus mejillas se sonrojaron de inmediato.
Lex, al darse cuenta de lo que había dicho, gruñó entre dientes y se bajó de un salto del capó.
—Olvídalo —espetó, dándose la vuelta apresuradamente—. No importa. Vamos, tenemos que regresar al hotel.
Cat lo miró irse, su bufanda flotando a su alrededor, sonriendo pequeñito.
Él no lo sabía, pero esa había sido la mejor medalla que ella podía recibir.
Editado: 11.02.2026