A ciento vente latidos

Capitulo 57 "Coronas, trofeos y miradas que pesan"

El cielo estaba despejado y el aire frío mordía la piel, pero nadie parecía notarlo. Todos los equipos estaban reunidos frente a la gran tarima blanca que decoraba el centro del circuito, adornada con banderas, luces y una corona metálica sobre una base de cristal.

Y el ganador absoluto de la competencia es… ¡el equipo Thunder Burn! —anunció el locutor, y la multitud estalló en vítores.

Lex alzó una ceja al escuchar el nombre del equipo. A él no le importaban mucho los títulos, pero ver a sus compañeros chocar los puños, reír y gritar como idiotas, de alguna forma, le provocó una sonrisa pequeña y escondida.

El primer premio fue para la carrera de velocidad. Lex subió al podio sin emoción aparente, pero con la frente alta. El segundo, para estrategia grupal, fue entregado a todo el equipo por su coordinación en la competencia combinada. Ambos trofeos relucían bajo el sol invernal.

Cat los miraba desde un costado, con la bufanda aún alrededor del cuello y un cuaderno entre las manos. Su tobillo dolía un poco, pero podía mantenerse de pie. Cuando Lex bajó del podio, cruzó miradas con ella durante un segundo... y en vez de irse directo con el resto del grupo, caminó hacia ella.

Le tendió uno de los trofeos, el de estrategia.

—Tómalo —dijo con voz seca—. No lo quiero. Solo es un pedazo de metal.

Cat parpadeó, sorprendida—. ¿Por qué me lo das?

Lex ladeó la cabeza—. Dibujas mejor que yo. Seguro sabrás qué hacer con eso. Tal vez lo conviertes en arte o lo dejas por ahí… me da igual.

Antes de que ella pudiera responder, una de las chicas del equipo rival se acercó sonriendo de forma coqueta.

—Lex, felicidades. ¿Me regalarías ese trofeo? El de velocidad… es que te veías tan increíble allá arriba.

Lex la miró de reojo, frunció el ceño y respondió sin pensarlo.

—No. No es para ti.

La chica rió, nerviosa—. ¿Entonces para quién es?

Él volvió a mirar a Cat, que bajaba la mirada, roja como un tomate.

—Para mí —dijo, frío, pero con los ojos fijos en ella—. No necesito que entiendas por qué.

Y sin agregar nada más, se giró y se alejó con paso firme, como si acabara de cerrar una puerta interna que no estaba listo para abrir.

El jefe del equipo, con una sonrisa casi paternal, observaba la escena desde lejos. Y sin decir nada, se permitió asentir para sí mismo.

Ese idiota estaba perdido.




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