La cabaña del equipo estaba llena de risas, voces altas y el tintinear de tazas chocando. La celebración por los premios ganados había comenzado incluso antes de que todos se quitaran los abrigos. Algunos bailaban con música estridente, otros armaban una torre de vasos en la mesa, y los más cansados simplemente se dejaban caer sobre los sillones como si hubieran corrido diez carreras seguidas.
Cat se mantuvo en un rincón, sentada junto al fuego, con la bufanda aún enredada en el cuello. Observaba a los demás reír y celebrar desde su pequeña burbuja tranquila. Había logrado esbozar una sonrisa cuando vio a uno de los chicos caer por intentar bailar sobre la mesa.
Y entonces lo vio a él.
Lex estaba apoyado contra la puerta del pasillo, con las manos en los bolsillos, mirando la escena como si fuera ajena a él. Pero sus ojos la buscaron entre la gente... y cuando la encontraron, se movió sin pensarlo demasiado.
—Ven —dijo al llegar junto a ella, en voz baja—. Aquí hay demasiado ruido.
Cat parpadeó, mirándolo sin entender del todo, pero se levantó con cuidado y lo siguió, cojeando un poco. Lex la notó, se detuvo, y sin pedir permiso, le pasó un brazo por los hombros para ayudarla a caminar.
—¿A dónde vamos? —preguntó ella, bajito.
—A un lugar más tranquilo. Solo un momento.
Lex la llevó hasta una terraza pequeña, cerrada por una mampara de cristal, donde se veían las montañas nevadas y las luces de la cabaña reflejándose en la nieve. Allí no había ruido, solo el crujido sordo del viento y el calor suave de un calefactor de rincón.
—¿Estás bien? —preguntó él, sin mirarla aún.
—Sí —respondió Cat—. Solo me duele un poco el tobillo... pero estoy feliz. Todos estaban tan alegres.
Lex asintió y sacó algo de su bolsillo. Era el dibujo. Aquel que había perseguido tras la carrera.
—No quería que se perdiera —murmuró—. No sabía por qué hasta ahora.
Cat lo miró, con los ojos muy abiertos.
—Lo dibujé porque fue la primera vez que te vi. Me gustó cómo corrías… y cómo sonreías.
Lex bajó la mirada al papel y por un segundo, dejó caer la fachada.
—No sabía que yo sonreía así.
—Lo hiciste —susurró Cat, sonriendo también—. Y ahora también.
Él la miró, con esa expresión indescifrable que parecía estar hecha de mil cosas que no sabía cómo decir.
—Si tú lo dices… debe ser verdad.
Cat se rió suavemente, y por un instante, ninguno dijo nada. Solo se quedaron allí, rodeados por el frío del exterior y el calor de algo que todavía no entendían, pero que ya empezaba a crecer.
Editado: 11.02.2026