El autobús ya estaba encendido y listo para el viaje de regreso. Afuera, la nieve seguía cayendo suave, como si se negara a despedirse del equipo que había animado esas tierras frías durante días con motores, gritos y velocidad.
Cat subió al autobús arrastrando su mochila. Aunque le costaba un poco caminar, ya no necesitaba ayuda. Los moretones estaban sanando, el tobillo ya no dolía tanto y... su corazón estaba más tranquilo. O al menos eso pensaba.
Delante de ella, los asientos se iban llenando con los chicos del equipo, todos comentando entre risas la competencia, las peleas, e incluso lo escandaloso que había sido el momento en que Lex había dejado el podio para correr tras un dibujo.
—¿Y ahora con quién me siento? —dijo Nat, haciendo una mueca teatral mientras recorría el pasillo—. Lex, haz espacio, que me siento contigo.
Lex, que ya estaba sentado junto a la ventana, levantó la mirada despacio. No llevaba audífonos esta vez, ni gafas oscuras. Solo su cara de pocos amigos... y el dibujo de Cat doblado con cuidado en su bolsillo.
—No —soltó, sin mirarlo siquiera.
—¿Qué? ¡Vamos! Si siempre me siento contigo —insistió Nat, medio ofendido, medio jugando.
Lex no contestó. En lugar de eso, vio a Cat detrás de él, la tomó de la muñeca sin avisar y la jaló con cuidado hacia su asiento.
—Ella se sienta aquí. Tú molestas más —dijo, mientras le dejaba espacio y la guiaba con la mano sobre su espalda.
Cat se quedó tiesa, sorprendida, pero obedeció. Nat abrió la boca como si no creyera lo que acababa de ver.
—¿Qué? ¿Ahora prefieres a tu noviecita silenciosa? —se burló uno de los chicos desde más atrás.
Un par soltaron una carcajada.
—¡Miren eso! Lex secuestrando a la princesa del arte otra vez.
Lex se giró apenas, con una ceja levantada y ese tono de voz tan cortante como el frío del norte:
—¿Alguien más quiere caminar hasta casa? Porque puedo arreglarlo.
Silencio. Solo se escuchó una tos fingida y luego el chillido de los frenos del autobús al empezar a moverse.
Cat miró a Lex de reojo, aún sin entender si eso era una muestra de protección, territorialidad o simple incomodidad mal manejada. Pero antes de que pudiera decir algo, él le pasó una pequeña manta.
—Duerme. Falta mucho —murmuró.
Y aunque Lex miraba por la ventana fingiendo indiferencia, sus dedos tamborileaban nerviosos sobre su pierna. Porque sabía que, de todos los lugares del mundo, ese era exactamente donde quería que ella estuviera.
A su lado.
Editado: 11.02.2026