El traqueteo suave del autobús y el murmullo lejano de las conversaciones hicieron que Cat, sin darse cuenta, cerrara los ojos. El cansancio acumulado, el calorcito de la manta y el ritmo constante del motor la arrullaron hasta que su cuerpo se rindió.
Lex apenas notó cuando su cabeza se recostó en su hombro.
Al principio se quedó rígido. No se atrevía ni a respirar. Sentía su cabello rozándole la mandíbula, su peso ligero contra él, como si fuera algo frágil que podía romper con un movimiento. Se giró apenas, mirándola de reojo. Dormía profundamente, con la boca entreabierta y las mejillas suavemente enrojecidas.
—Ay, ay, ay... —canturreó Ben desde el asiento de atrás.
—¡El rudo Lex y su novia dormilona! —añadió Troy, con una carcajada contenida.
Lex los miró con una furia silenciosa. Levantó una mano, sin mover el hombro en el que Cat dormía.
—Cierren la maldita boca —espetó en voz baja—. Si la despiertan, los hago tragar dientes.
Ambos chicos alzaron las manos en señal de paz, pero la risa seguía brillando en sus ojos.
Lex resopló, volviendo su atención a la ventana. Pero entonces pasó algo.
Un ruido seco. Luego un golpe sordo. El autobús dio un bandazo repentino, y los gritos comenzaron como un eco lejano que estalló de golpe.
—¡¿Qué pasa?! —chilló alguien adelante.
—¡Frena, frena! —gritó otro.
Lex se giró hacia el frente justo a tiempo para ver al conductor forcejeando con el volante. El bus resbalaba. El pavimento congelado y una curva mal tomada habían sellado el destino en un segundo.
Todo pasó muy rápido, y al mismo tiempo, en cámara lenta.
Lex no pensó. Metió la mano en su bolsillo, sacó los audífonos de Cat y, con precisión, se los colocó. Ella apenas se movió. Luego, la abrazó, cubriéndola con su cuerpo mientras el mundo se inclinaba, giraba, crujía y gritaba.
Vidrios estallaron. Equipaje voló. Voces mezcladas en una tormenta de pánico.
Lex apretó los dientes. Mantuvo su brazo alrededor de la cabeza de Cat y el otro protegiéndole el torso, usando cada músculo de su cuerpo como escudo. Sintió el dolor, el golpe, el caos... pero ella no.
Los audífonos reprodujeron una canción suave, casi infantil. Era una de las pocas que había en su lista compartida con ella. Una tonada inocente, ajena al desastre.
Y cuando todo por fin se detuvo, con el autobús de lado, humo y cristales por doquier… Lex no abrió los ojos de inmediato.
Solo apretó más a Cat, asegurándose de que su respiración siguiera tranquila.
Porque si algo había aprendido en ese viaje... era que si el mundo se volvía a volcar, él iba a volverse con ella.
Editado: 11.02.2026