A ciento vente latidos

Capítulo 61 “Cuando todo se detiene”

Un zumbido suave, casi como el murmullo del viento, fue lo primero que Cat escuchó al abrir los ojos. Tardó unos segundos en recordar dónde estaba, y por qué todo parecía... torcido.

Estaba acostada. No en una cama. No en una silla. Su cuerpo descansaba sobre algo firme, cálido. Y entonces lo sintió: un brazo rodeándola, fuerte, tembloroso. La música seguía sonando en sus oídos.

Se quitó uno de los audífonos.

—¿Lex?

Su voz salió ronca, apenas un susurro.

Lex abrió los ojos al instante, como si hubiera estado esperando solo eso. Tenía un corte en la ceja, el labio partido, y el cabello revuelto.

—Estás bien —dijo, con voz ronca.

Cat intentó incorporarse, pero él no la soltó del todo.

—¿Qué pasó? —preguntó, con la voz temblorosa.

—Tuvimos un accidente —respondió él, con una calma extraña—. El bus resbaló. Se volcó. Tú estabas dormida… No quería que escucharas los gritos.

Ella bajó la vista y notó cómo él la había envuelto, protegiéndola por completo con su cuerpo. Los brazos, el torso, hasta el costado. Tenía marcas rojas en los brazos, posiblemente moretones. Todo por cubrirla.

—¿Estás herido? —preguntó con miedo.

—Nada grave. —Mintió.

En ese momento, se escucharon voces afuera.

—¡Tenemos sobrevivientes! ¡Aquí hay movimiento!

El sonido de cristales rotos, pasos rápidos y gritos lejanos se acercaron. Un grupo de rescatistas abrió la puerta de emergencia del costado con esfuerzo. Luz blanca y nieve entraron de golpe.

—¡¿Hay alguien consciente ahí?!

Lex alzó la voz:

—¡Aquí! ¡Ella necesita salir primero!

Un paramédico bajó al interior del autobús, moviéndose entre los asientos retorcidos. Cuando llegó a ellos, Cat ya estaba sentada, pero Lex seguía con el brazo firme sobre su espalda.

—¿Pueden moverse? —preguntó el rescatista, evaluándolos rápido.

—Ella tiene el tobillo torcido desde antes. Ayúdala primero —ordenó Lex, tajante.

Cat, aturdida pero firme, lo miró fijamente. Cuando el rescatista la ayudó a subir por la salida de emergencia, ella se volvió y estiró la mano.

—Lex, ven ya.

Él asintió y salió detrás de ella, cubriéndola del viento con su cuerpo hasta que estuvieron bajo la carpa de emergencia.

Ben, Troy y los demás estaban sentados en mantas térmicas, algunos con sangre en el rostro, otros con hielo en las cejas. Todos miraron cuando Cat y Lex llegaron juntos. Nadie dijo nada al principio.

Hasta que Troy murmuró:

—¿A quién se le ocurre proteger así a alguien mientras vuelca un bus? ¿Lex, estás bien o enamorado?

Lex lo miró sin humor.

—Estoy bien. Pero si vuelves a hablar estupideces, vas a probar la nieve de cerca.

Ben levantó las manos, divertido.

—Vale, vale. Pero igual fue lo más romántico que vi desde que la abuela de Troy le cantó a su gato.

Lex resopló, y cuando Cat lo miró, no negó nada… solo le devolvió el otro audífono.

Ella se lo puso de nuevo, y la misma melodía suave llenó el silencio entre ellos.

Era como si, entre todo el caos, la música no se hubiera detenido nunca.




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