A ciento vente latidos

Capítulo 63 “De regreso”

El autobús había retomado su camino entre el silencio. Nadie hablaba. Algunos tenían hielo en los nudillos, otros miraban por la ventana, fingiendo no sentir el dolor en los músculos ni en el orgullo.

Lex estaba de pie, recargado contra el marco de la puerta trasera del autobús, con el rostro cubierto de arañazos y el labio partido. No había querido sentarse. No después de lo que pasó.

—¿Te vas a quedar ahí todo el camino? —preguntó el jefe, desde el asiento cercano—. Pareces una estatua de hielo.

—No quiero despertar a nadie.

—¿O no quieres sentarte junto a ella?

Lex no respondió.

El jefe suspiró y se levantó.

—Te salvaste de que llamaran a la policía. Tuvieron suerte de que los del otro equipo fueran más bocones que listos. Dijeron que estaban “jugando”. A Cat no le pareció muy gracioso, claro.

Lex apretó la mandíbula.

—¿Cómo está?

—Ella... está preocupada. Y tú, bueno... pareces más tonto de lo normal.

Lex se giró hacia él, irritado.

—No hice nada que no merecieran.

—No estoy diciendo que no. Solo... ten cuidado, chico. No es solo una carrera. No es solo un equipo. Esto está empezando a volverse personal para ti. Y para ella también.

Lex bajó la mirada, los nudillos aún rojos e hinchados.

En ese momento, Cat se movió en su asiento. Se incorporó, algo somnolienta, y sus ojos recorrieron el bus hasta dar con él. Lex bajó la vista. Ella lo observó un segundo más... luego se quitó los audífonos y los dejó sobre su regazo.

—Lex… —dijo en voz baja.

Él se acercó con paso lento, como si temiera romper algo frágil.

—¿Estás bien? —preguntó.

—¿Y tú?

—Los idiotas esos dan más ruido que golpes.

Ella alzó la mano y con suavidad le tocó la mejilla herida.

—Te duele.

—He tenido peores.

—No tenías que hacerlo…

—Sí. Sí tenía.

Silencio.

—¿Por qué? —preguntó ella, con los ojos fijos en los suyos.

Lex se quedó quieto. No era bueno con las palabras, ni con las emociones. Mucho menos con ella. Pero su respuesta fue sincera, aunque cruda.

—Porque estoy harto de que te hagan daño… y de no hacer nada al respecto.

Cat sonrió, apenas.

—Gracias.

Lex desvió la mirada, incómodo, y murmuró:

—Lo habría hecho por cualquiera.

Ella no respondió, solo volvió a apoyar la cabeza en el asiento… pero sus dedos rozaron los de él, muy despacio, antes de cerrarlos suavemente entre los suyos.

Lex no se movió. Ni una palabra más.

Pero en ese momento, por primera vez en mucho tiempo, se sintió en paz.




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