La playa se extendía dorada y luminosa, con el sol alto y un viento suave que agitaba las palmeras. El equipo había armado una especie de campamento: toallas grandes, sombrillas, hieleras, bocinas y hasta una pelota para jugar voleibol. El ambiente era bullicioso, relajado y… lleno de cuerpos en traje de baño.
Cat miraba desde una de las carpas improvisadas. Ya tenía el traje puesto, debajo de una camiseta larga. Era un traje de baño negro de una sola pieza, con tirantes gruesos y detalles cruzados al frente que resaltaban sus curvas. Lo había tenido guardado desde hacía meses, pero jamás se había atrevido a usarlo frente a nadie. Mucho menos frente a ellos.
Y menos aún frente a Lex.
Respiró hondo, se quitó la camiseta lentamente y salió caminando hacia el grupo que jugaba cerca del agua. El murmullo fue inmediato.
—¡Santo cielo, la princesa se transformó! —exclamó Troy dramáticamente, dejándose caer en la arena.
—¡Dios mío! ¡¿Quién trajo a la modelo de trajes de baño?! —añadió Ben, con las cejas arqueadas.
—¿Esa es Cat? ¡Eso no lo vi venir! —rió otro de los chicos mientras los demás silbaban en broma.
El jefe, sentado bajo una sombrilla con gafas oscuras y un coco en la mano, alzó una ceja con su sonrisa cínica.
—¿Quién le dio permiso para venir así? —dijo con tono burlón—. Yo pedí nerds, no diosas griegas.
Cat se quedó congelada por un segundo, roja como un tomate. Pero fue Lex quien la miró diferente.
Él había estado de pie, lanzando una pelota con el torso desnudo y el cabello algo húmedo. Al verla, se quedó completamente quieto. No dijo nada, pero sus ojos la recorrieron con detenimiento, no de forma grosera, sino como si la viera por primera vez. Como si no supiera qué decir.
Entonces, sin cambiar de expresión, se giró hacia los chicos.
—Si siguen hablando, los entierro en la arena hasta que se les seque el alma.
Los chicos estallaron en carcajadas. Cat, aún algo nerviosa, caminó despacio hasta donde él estaba. Lex no la miró directamente, pero murmuró, muy bajito:
—Te queda bien. Mejor que lo que imaginé.
—¿Lo imaginaste? —dijo ella, alzando una ceja.
—Cállate. —fue todo lo que dijo él, llevándose una mano a la nuca, mientras sus mejillas tomaban un leve tono rosado por el sol… o tal vez no era el sol.
El jefe los observó de lejos con una sonrisa divertida.
—Van a matarse o a enamorarse, no sé cuál pase primero —dijo mientras se colocaba los audífonos y se tumbaba a tomar el sol.
Y así, entre bromas, olas y una tensión que crecía como la marea, la playa se convirtió en el escenario de algo más que unas vacaciones.
Editado: 11.02.2026