Mientras salíamos del parque, sentía la tensión desaparecer poco a poco. Cat seguía a mi lado, con esa mezcla de timidez y curiosidad que la hacía única.
—Oye, Cat —le dije, lanzándole una sonrisa—, ¿crees que Ben y Troy pueden sobrevivir sin mí? Porque ya te aseguro que en cuanto me despego, empiezan a hacer alguna locura.
Ella levantó la mirada y soltó una risita leve, esa que solo sale cuando algo le parece divertido pero no quiere admitirlo.
—Seguro que no.
—¿Quieres apostar? —Pregunté con aire desafiante.
—Mejor no. —Me respondió, todavía con una sonrisa en el rostro.
En ese momento, escuchamos voces que se acercaban desde el sendero. Era el grupo. Ben y Troy caminaban juntos, con esa energía que parecía no acabar nunca, y el jefe, como siempre, con una expresión entre serio y burlón.
—¡Ahí están! —exclamó Ben en cuanto nos vio—. ¡Lex, ¿ya te cansaste de tu trabajo de niñero? Porque parece que la princesita se está volviendo tu responsabilidad!
Troy soltó una carcajada y añadió:
—Sí, y mira que ya le diste un beso, ¿no? Ya te metiste en un lío.
El jefe se acercó, cruzando los brazos, con una sonrisa irónica:
—Lex, ten cuidado. Si sigues así, Cat no podrá casarse nunca.
Sentí que el calor subía a mis mejillas, y un poco de nerviosismo me invadió. No era habitual que me pusieran en esa situación, ni que me dejaran sin palabras. Pero lo peor era que Cat parecía más roja que yo.
Ella, con la mirada baja, murmuró:
—No fue nada, solo un accidente…
—Un accidente que voy a tener que cuidar —balbuceé, casi tartamudeando—. Yo… Yo seré responsable de ella.
El jefe rió y nos miró a ambos, mientras Ben y Troy se sumaban a la broma, lanzándonos miradas divertidas.
—Eso, Lex. Ahora no hay vuelta atrás.
Cat me dio un codazo suave en las costillas, como queriendo callarme.
—Cállate —me dijo en voz baja—. Solo estás embarrándola más.
Intenté recomponerme, pero era imposible no sentirme extraño. Nunca había estado así con nadie.
El grupo empezó a avanzar, bromeando, tirándose indirectas, y Cat y yo seguimos caminando, ahora un poco más cerca, como si ese beso hubiera creado una línea invisible entre nosotros que ninguno quería cruzar, pero que ambos sentíamos.
—¿Quieres que volvamos a casa? —le pregunté, queriendo romper el silencio.
Ella asintió, todavía con una sonrisa tímida.
—Sí, creo que sí.
Caminamos juntos, sabiendo que, aunque el día había terminado, algo nuevo apenas comenzaba.
Editado: 11.02.2026