POV Lex
Esperaba apoyado en el capó de mi auto, el frío apenas me importaba. El cigarrillo entre mis dedos hacía que el aire a mi alrededor pareciera más denso, pesado. Mi mirada barría la calle frente a la universidad, pero no perdía detalle de todo lo que sucedía a mi alrededor.
No tardaron en aparecer las primeras chicas que me miraban con descaro, susurrando y lanzando miradas calculadas. Algunas intentaban acercarse, coquetas, fingiendo que no tenían miedo. Otras se apoyaban en el marco de las ventanas del auto, lanzando sonrisas que yo sabía perfectamente que no eran sinceras.
—Hey, guapo —dijo una, moviendo las caderas como si eso fuera a abrirme la puerta—. ¿Vas a quedarte ahí toda la mañana o piensas bajar y presentarte?
Fruncí el ceño y exhalé una bocanada de humo, dejando que el aroma pesado se colara entre ellas.
—¿Tú qué crees? —respondí con un tono frío, casi cortante—. Que tengo tiempo para jugar con chicas que no saben ni qué quieren.
Otra, más atrevida, me lanzó una sonrisa dulce, fingiendo ingenuidad.
—¿Y tienes novia o estás disponible? —preguntó con descaro, apoyando una mano en mi pecho.
El sarcasmo me brotó sin esfuerzo:
—No tengo novia, pero con chicas como tú, prefiero quedarme solo. Gracias.
Ellas se miraron entre sí, un poco molestas, pero más curiosas que otra cosa. Fue entonces que la vi.
Cat apareció caminando entre la multitud de estudiantes, sin notarlo al principio. Su cara se tiñó de un rojo intenso en cuanto me notó, como si quisiera desaparecer debajo de sus libros y mochilas.
La miré y solté una sonrisa torcida, dejando caer el cigarrillo que acababa de apagar con un toque fuerte contra el metal.
—Bajita —le dije con un tono seco, pero con un dejo de cuidado—. El jefe me mandó por ti.
Las chicas a mi alrededor cambiaron inmediatamente la expresión, susurrando y lanzando miradas reprobadoras, envidiosas o simplemente intrigadas.
—¿Ella es tu novia? —preguntó una con un tono de desafío, sin apartar la mirada de Cat.
No esperé ni un segundo. Mi voz cortó el aire como un cuchillo:
—No. Pero no te confundas, no soy ningún tipo de premio ni para niñas ni para nadie que se crea superior solo porque lleva tacones y pinta los labios de rojo.
Cat bajó la mirada, intentando desaparecer en sí misma, pero no la dejaría sola ahí. Di un paso adelante, abrí la puerta del auto y le lancé la llave sin perder ni un ápice de esa aura imponente.
—Sube, antes de que decida cambiar de opinión y dejarte aquí para que te devoren estos lobos con piel de cordero.
Las chicas murmuraron algo más, pero ninguna tuvo valor de contestar. Mi mirada barría la calle con la misma frialdad que un depredador, y el ruido de la universidad parecía apagarse mientras Cat y yo entrábamos en el auto.
—Cierra la puerta —dije en voz baja, para ella—. No pienso repetirlo.
Ella obedeció, y por un instante, la tensión se desvaneció solo para nosotros dos.
Y yo sabía que no habría otra como Cat, ni otra que aguantara el fuego que traía conmigo.
Editado: 11.02.2026