POV Lex
El auto rugió suavemente cuando encendí el motor, dejando atrás las miradas curiosas y las bocas abiertas. Los murmullos quedaban apagados al otro lado de las ventanas, pero el silencio aquí dentro era espeso.
Cat se removió en su asiento, abrazando su mochila como si fuera un escudo, con la mirada fija en sus manos, evitando cualquier contacto visual.
—Gracias... —murmuró apenas, como si temiera que hasta el sonido de su voz fuera un problema.
—No tienes que agradecer nada —respondí, sin apartar la vista del camino—. El jefe fue quien te necesitaba, no yo.
La noté encogerse aún más en el asiento, y por alguna razón, esa maldita sensación de incomodidad se instaló en mi pecho.
—¿Ellas siempre son así contigo? —preguntó, su voz apenas un susurro.
—¿Ellas? —solté una carcajada seca—. Si te refieres a las niñas de tu universidad, son exactamente como todas las demás. Ruidosas, desesperadas por atención y dispuestas a hacer lo que sea para tenerla.
Vi cómo sus dedos temblaban un poco, apretando su mochila.
—¿Y tú siempre eres así? —preguntó con un poco más de fuerza, sin mirarme.
—¿Así cómo?
—Frío. Cruel.
Solté una risa sarcástica.
—¿Prefieres que las trate como a ti? ¿Que sea amable, que las escuche y me preocupe por si están bien? —Mi voz era una mezcla de burla y amargura—. La diferencia es que tú no eres como ellas. No finges ser alguien que no eres, no te importa agradar. Eso te hace...
Me detuve. ¿Qué demonios estaba a punto de decir?
—Eso me hace... ¿qué? —preguntó, girando su rostro hacia mí, sus ojos reflejando una mezcla de miedo y curiosidad.
—Eso te hace menos molesta. —Cambié el tema bruscamente, sintiendo cómo el calor subía por mi cuello.
Otra vez el silencio. Un silencio denso, que se aferraba a nosotros como niebla.
—Lo que dijiste... afuera... —su voz tembló un poco—. Dijiste que no soy tu novia.
—Porque no lo eres.
Mis palabras fueron secas, pero cada vez que las repetía, algo dentro de mí se retorcía. ¿Por qué esa idea me resultaba tan irritante?
—Sí, lo sé. Es solo que... ellas... —dudó—. Dijeron cosas y...
—¿Te importa lo que piensen?
Ella se quedó en silencio, pero su mirada hacia la ventana lo dijo todo.
Suspiré, dejando salir parte de esa frustración que me estaba carcomiendo.
—Escucha, bajita. Esas chicas son como los mosquitos. Molestas, zumban a tu alrededor, pero al final del día no importan. ¿Me escuchas? No importan.
Asintió lentamente, pero aún podía ver la tensión en sus hombros.
—Y no vuelvas a encogerte así frente a nadie. —Mi voz salió más fuerte de lo que esperaba—. No te escondas.
—No me escondo... —murmuró.
Solté una risa seca.
—¿No? ¿Entonces qué estabas haciendo ahí afuera, abrazando tu mochila como si fuera un escudo?
El silencio volvió, pero esta vez había algo más. Algo que quemaba, que hacía que cada segundo fuera una especie de tortura.
—¿Por qué... por qué me defendiste? —preguntó de repente, su voz frágil pero decidida—. No es como si...
—Porque alguien tenía que hacerlo —solté sin pensar—. Y porque no pienso dejar que nadie se meta contigo mientras estés conmigo.
Su mirada se alzó, sorprendida.
—¿Contigo?
Mi mandíbula se tensó.
—Quiero decir... mientras estés en el equipo, bajita. No malinterpretes.
Y ahí estaba otra vez. Esa sensación extraña, ese calor incómodo. Y su mirada, fija en mí, como si intentara descifrar algo.
—Gracias... Lex.
—No tienes que agradecer nada.
Aceleré un poco más, como si al hacerlo pudiera dejar atrás esa sensación estúpida. Pero sus ojos seguían clavados en mí, como dos luceros que no me dejaban escapar.
Editado: 11.02.2026