Cuando Cat llegó al taller, todo estaba extrañamente silencioso.
—¿Ben? —llamó, caminando con pasos pequeños—. ¿Lex?
Nadie contestó. Todo estaba abierto, pero no había ruidos. Ni herramientas. Ni Troy cantando como desafinado. Nada.
De repente, una figura apareció en la puerta del taller. Lex.
Con los brazos cruzados, apoyado en el marco. La mirada fija en ella. Serio. Como siempre. Como si acabara de cometer un asesinato o estuviera a punto de hacerlo.
—Viniste —dijo con voz ronca.
—Ben me llamó. Me dijo que estabas peleando otra vez… —Cat frunció el ceño—. ¿Estás bien?
Lex levantó una ceja, medio burlón.
—¿Peleando yo? Por favor. Soy un maldito actor de teatro griego. Todo fue una farsa. Necesitaba que vinieras. No sabía cómo pedirte que vinieras sin que pensaras que estaba haciendo algo estúpido como... esto.
—¿Esto… qué? —preguntó Cat, sintiendo cómo algo se revolvía en su estómago.
Lex se acercó a ella. Llevaba una chaqueta negra y las manos metidas en los bolsillos. Cuando estuvo a su lado, no la tocó. Solo extendió una mano con la palma hacia arriba.
—Vas a tener que confiar en mí.
Cat lo miró, luego su mano. Sabía que Lex no era de gestos grandes, y si lo estaba haciendo, significaba algo.
Le dio la mano.
Lex no sonrió, pero los dedos se le cerraron con firmeza, cálidos y un poco temblorosos. La guió a través del taller hasta el portón trasero. Desde allí, salieron hacia el fondo, donde empezaba la pista.
Pero la pista no era la misma de siempre.
Cat se detuvo.
—Lex…
—Shh. No. Aún no. —Sacó una bufanda negra de su chaqueta y se la mostró—. ¿Podés taparte los ojos? Solo un ratito.
—¿Para qué?
—Porque si te digo, te vas a poner toda lógica y vas a decir que no tiene sentido y vas a buscar un lugar donde esconderte. Así que solo… confía.
Ella dudó. Pero asintió.
Lex se acercó con una torpeza extraña en él, y con manos firmes pero cuidadosas le colocó la bufanda. Sus dedos rozaron su mejilla al final. Cat sintió que el corazón le daba un brinco.
—Listo. Vamos —murmuró él, con voz más suave.
La llevó despacio. Contando los pasos en voz baja.
—Uno. Dos. No te vayas a caer, que no pienso levantarte con elegancia. Te lo advierto desde ya.
—Eso no es romántico —susurró Cat.
—Nunca prometí ser romántico. Prometí ser yo. Y eso es… bueno, esto.
Se detuvieron.
—¿Lista?
Ella asintió.
Lex le quitó la bufanda.
Cat parpadeó, al principio desorientada. Luego, vio.
La pista estaba iluminada con luces suaves de colores pasteles, perfectamente ordenadas, sin que brillaran demasiado ni cambiaran con rapidez. Alrededor, colgados en las rejas metálicas, había decenas de pequeñas pinturas. Algunas hechas por ella. Otras, imitaciones de su estilo. Incluso algunas que había hecho Lex, mal pintadas, desprolijas, pero con los trazos que ella siempre usaba: manchas difusas, esquinas bien marcadas, y colores organizados con precisión cromática.
Había una mesa con su bebida favorita, perfectamente servida en el vaso correcto (sin hielo), y un par de auriculares descansando sobre una caja de madera pintada a mano con una escena que ella había pintado una vez: una noche estrellada con una pista de carreras vacía.
Cat se quedó congelada.
—Lex…
—Sí, ya sé. Es un montón —dijo él, apartándose para caminar un poco y hablar con las manos—. No soy bueno con esto. De hecho, soy una mierda con esto. Pero me importás. Y sé que vos necesitás orden, cosas suaves, sin caos, sin gritos. Por eso usé luces tenues, sin parpadeos. Te traje auriculares por si te agobia el ruido. Y el vaso sin hielo porque te molesta el sonido, ya sé. Lo aprendí. Presto atención, aunque parezca un cavernícola con motor en lugar de cerebro.
Cat sintió los ojos nublarse.
—Hice esas pinturas, sí. Algunas están feas. Pinté con guantes porque no me gusta ensuciarme, pero igual lo hice. Porque son tuyas. Porque me importás. Porque no sé cuándo mierda pasó, pero sos lo primero que pienso cuando despierto y lo último cuando me voy a dormir. Y cuando alguien te mira raro, me dan ganas de romperle los dientes. Eso no es sano, lo sé, pero es lo que hay.
—Lex…
—¡Esperá, no he terminado! —dijo alzando una mano—. Me pone nervioso esto, ¿ok? Me estoy abriendo y parezco un imbécil.
—No lo sos.
—No me interrumpas si no querés que me desmaye como Troy en el último simulacro de incendio.
Desde la sombra, Troy gritó:
—¡Eso fue una alergia! ¡No me desmayé!
Ben y Lena soltaron una carcajada detrás.
Lex negó con la cabeza y volvió a Cat.
Editado: 11.02.2026