Después de la algarabía, las bromas y las luces tenues, todo quedó en calma.
Los chicos se fueron despidiendo con sonrisas cómplices, dejándolos solos en la pista. Cat se quedó sentada en el suelo acolchonado con una de sus mantas preferidas que Lena había dejado ahí, mientras Lex terminaba de apagar algunas luces.
El motor del silencio retumbaba.
Lex caminó hacia ella, lento, con las manos en los bolsillos, como si le pesaran. Se sentó a su lado, sin decir nada por un rato.
—¿Estás bien? —preguntó con voz baja.
—Sí. Estoy… —miró hacia el cielo, el cual apenas podía verse entre las luces suaves que quedaban—. Estoy sobreestimulada, pero tranquila. Es una sensación rara.
Lex frunció el ceño.
—¿Querés que te deje sola un rato?
—No.
Él asintió y bajó la mirada a sus propias manos.
—No soy bueno en esto. Ya lo sabés. Me sale gritar, empujar, arreglar autos. Pero cuando se trata de… emociones, soy un jodido desastre con patas.
—Lo sé —dijo Cat, con una pequeña sonrisa—. Pero igual lo hiciste bien hoy.
—¿Sí?
—Sí. Me hiciste sentir… vista.
Lex la miró entonces. Directo. Intenso.
—Siempre te veo, Cat. Aunque no lo parezca. Hasta cuando no hablás. Cuando evitás el contacto visual, cuando te colgás con algo, cuando te estresás con los sonidos. Yo… no entiendo todo. Pero te veo.
Esa última frase la golpeó fuerte. Porque por años, Cat había sentido lo contrario: que pasaba desapercibida, que sus silencios eran ignorados, que su forma de sentir era un problema. Pero Lex… Lex no la miraba como si fuera un enigma o una carga. La miraba como si fuera real. Íntegra. Sin necesidad de disfrazarse.
—Lex…
—¿Sí?
Ella lo miró. Lo estudió. Le gustaba la forma en que se quedaba quieto cuando no sabía qué hacer. Sus manos tensas, sus cejas ligeramente fruncidas como si esperara una bomba. No había máscaras con él. Solo brutal honestidad.
—Quiero hacer algo —dijo Cat con voz suave.
—¿Qué cosa?
—Algo que nunca pude hacer sin sentirme invadida. Algo que quiero que sea mío, no solo por instinto, sino porque lo decido.
Lex tragó saliva.
—¿Estás segura?
Ella se inclinó. Despacio. Midió el espacio. Observó su rostro. Escuchó su respiración. Y entonces, puso su mano en la mejilla de él, con cuidado. Él cerró los ojos, como si eso solo ya fuera un regalo.
Y lo besó.
No fue un beso de película. Fue simple. Corto. Real. Consciente.
Cuando se separó, Lex la miró con los ojos entrecerrados, confuso y absolutamente callado.
—Eso fue… —murmuró.
—Mío —lo interrumpió Cat.
Él sonrió. Una sonrisa chiquita, torcida, pero tan auténtica que parecía milagro.
—Sí. Fue tuyo, bajita.
—Y quiero que haya más, pero con tiempo. A mi ritmo. A mi forma.
—No hay apuro —dijo él, y su voz sonó como promesa.
Cat apoyó la cabeza en su hombro, y Lex, con torpeza, le puso un brazo alrededor. Se quedaron así. Sin moverse. Sin palabras innecesarias. Solo escuchando sus respiraciones sincronizarse.
Cat cerró los ojos y pensó:
No necesito ser normal para ser amada. Solo necesito que me amen así: como soy.
Y Lex, sin decirlo, lo estaba haciendo.
Editado: 11.02.2026