Lex no solía sudar por nada. Pero esa mañana, mientras se veía al espejo con una camisa planchada, una corbata mal puesta y el pelo lleno de gel gracias a un “peinado” hecho por Troy, empezaba a pensar que conocer a los padres de Cat era más aterrador que cualquier carrera a 200 km por hora.
—Hermano, ¿estás seguro de que ese es el nudo correcto? —preguntó Ben, recostado en el sillón mientras se comía una manzana.
—¿Por qué no? ¿Qué tiene?
—Parece que estás por ir a una entrevista para vender seguros, no a conocer a tu suegro —agregó Troy, aguantándose la risa.
—Callate. Ustedes me dijeron que esto era formal. Que se veía “respetable” —gruñó Lex, revisándose otra vez en el espejo.
—Sí, pero no “enterradoramente ridículo” —murmuró Ben.
—Ya está. Me voy. Que se jodan —dijo Lex, agarrando el ramo de gérberas que compró (porque Cat le había dicho una vez que le gustaban por cómo “ordenaban visualmente el caos”).
Cuando Cat abrió la puerta, se quedó… paralizada. Frente a ella estaba Lex, su Lex, con un traje apretado que parecía estar sufriendo, el cabello peinado con tanta gomina que parecía una escultura, y un ramo de flores sostenido como si fuera una ofrenda de paz.
—¿Qué… te pasó? —preguntó ella con una sonrisa imposible de contener.
Lex resopló.
—Los idiotas del taller. Dijeron que tenía que verme formal. Y me dijeron que esto… esto se veía bien.
—Pareces un vendedor de carros usados con crisis existencial —rió Cat.
Lex soltó una carcajada amarga.
—No me arruines más, bajita. Ya bastante tengo con el nudo este que me está estrangulando.
Cat estiró la mano, le quitó la corbata con paciencia, y luego lo hizo pasar. Lo guió al pasillo y lo llevó directo al baño, donde le mojó las manos, y con mucha suavidad, le fue deshaciendo el peinado exagerado.
—Quiero que seas tú, Lex. No un disfraz. Mis padres ya saben de ti. Y de tu hermana. Te quieren conocer a ti… no a alguien “adecuado”.
—¿Incluso sabiendo lo que soy?
—Sí. Porque lo que sos… conmigo, con ellos, con nosotros, es mucho más que lo que otros piensan.
Lex se quedó callado. Raro en él. Ella lo vio tragar saliva.
—Gracias, Cat —murmuró.
Cuando salieron al comedor, el ambiente lo desconcertó. La casa estaba impecable, pero no rígida. Las luces eran suaves, había plantas en todos los rincones y olor a pan recién horneado. En el fondo, sonaba una playlist instrumental. Un cuadro pintado por Cat colgaba en la pared.
Y la familia lo esperaba sonriendo.
—Vos debés ser Lex —dijo la madre, abrazándolo sin esperar permiso. Él se tensó por un segundo, pero luego la dejó—. Por fin te conocemos. Cat nos habla mucho de vos.
—¿Sí? Espero que no sólo lo malo.
—Lo malo es parte de lo que te hace especial —dijo con dulzura.
El padre de Cat se levantó y le estrechó la mano con fuerza.
—Quiero hablar contigo, muchacho.
Lex se preparó para el sermón, pero el padre lo sorprendió.
—Mirá, no me importa lo que digan allá afuera. No me guío por rumores ni por caras de pocos amigos. Yo escucho a mi hija. Y mi hija… te quiere.
Lex bajó un poco la mirada.
—Yo… no sé si soy bueno en esto. No tengo idea cómo ser “el indicado”.
—Nadie nace sabiendo. Pero me mostraron un video. El de la propuesta. Vos no sabías ser cursi, pero te esforzaste. Eso me dice más que cualquier discurso. Vos vas a cuidarla. ¿No es así?
Lex asintió, casi sin poder hablar.
—Entonces, estamos bien.
La hermana de Cat, mayor y algo intimidante, se le acercó en la cocina.
—Te digo algo, Lex. Si alguna vez le hacés daño, no me importa si manejás más rápido que el sonido. Te voy a encontrar.
—Anotado —respondió Lex con una sonrisa torcida.
La cena fue tranquila. Con risas, anécdotas de Cat cuando era niña, preguntas sobre carreras, arte y motores. Lex se sentía como un pez fuera del agua… pero por primera vez, no quería salir de ese mar.
Ya en la puerta, cuando se iban, Cat lo tomó de la mano.
—Gracias por venir. Por intentar. Por dejar que vean quién sos… conmigo.
—¿Y qué soy contigo?
Ella lo miró directo a los ojos.
—Mi lugar seguro.
Lex tragó saliva. La besó en la frente. Y mientras caminaban hacia el auto, se giró a mirar esa casa luminosa, ese mundo de paz que tanto contrastaba con el suyo.
Ahora entiendo por qué sos como sos, bajita, pensó.
Y voy a cuidar ese corazón tuyo aunque me cueste aprender a usar el mío.
Editado: 11.02.2026