A ciento vente latidos

CAPÍTULO 92 TU VERDAD, MI DESORDEN

La puerta del taller crujió cuando Lex salió, sus pasos pesados sobre el pavimento hasta el callejón lateral donde sabía que estaría ella.

Cat estaba sentada en el muro bajo de concreto, con las manos en los bolsillos de su chaqueta y los audífonos puestos. Movía apenas las puntas de los dedos, como si contara algo en su mente, como si organizara el caos del mundo en secuencias que solo ella entendía.

Lex se detuvo a un par de pasos.

—Bajita —murmuró.

Ella alzó la mirada.
—¿Pasó algo?

Él negó. Tenía los ojos bajos, como si por primera vez no pudiera sostenerle la mirada.
—Sí. Y no. Pasaron muchas mierdas. Pero hay una que… tengo que contarte.

Ella se quitó un audífono.
—¿Estás enojado?

—No. Estoy cagado del miedo —soltó él. Y eso bastó para que ella frunciera el ceño, atenta.
—¿Pasó algo con Danika?

—No. Esto no tiene que ver con ella. Tiene que ver conmigo. Con vos. Con cómo empezó esto —respondió Lex, sin rodeos, pero tragando cada palabra como si ardiera.

Se sentó a su lado. No tan cerca. Pero no tan lejos.

—Antes de que llegaras al taller… yo ya sabía quién eras —dijo, sin anestesia.

Cat parpadeó.
—¿Cómo?

—No es tan creepy como suena. O sí. No sé. Yo… vi una pintura tuya en una galería online. Era esa... la que tiene como un espiral de escaleras. Casi me hizo mierda por dentro. Nunca me había pasado algo así con una imagen.
—Y entonces, me puse a buscar. Quería saber quién eras. Encontré tu nombre, tu universidad, tu forma de hablar de los colores en foros que ni vos recordás. Sabía que tenías una forma distinta de ver el mundo, y eso… me jodió la cabeza.

Cat no hablaba. Solo lo miraba. Sin emoción. Sin juicio. Solo... en espera.

Lex siguió.

—Cuando el jefe dijo que llegaba una chica nueva al taller y escuché tu nombre, supe que eras vos. No fue casualidad que te aceptáramos tan rápido. Moví algunos hilos. Me aseguré de que entrases. Y no te dije nada.

Ella bajó la mirada.
—¿Por qué?

—Porque soy un idiota. Porque al principio era curiosidad, pero después te vi… como realmente sos. Con tus manías. Tu forma de repetir frases cuando estás nerviosa. De no soportar los ruidos agudos. De hacer listas para cosas que no vas a hacer.
—Y me gustaste. Me gustaste como mierda. Y después de eso… todo se volvió más real de lo que podía controlar. Y no supe cómo decirte que te había visto antes de que vos me vieras.

Silencio. Lleno de electricidad.

Cat entrelazó los dedos.
—¿Querías manipularme?

—No. Solo quería conocerte. Pero usé métodos sucios para lograrlo. Como siempre. Porque no sé hacerlo bien.

Ella lo miró entonces, directo a los ojos.
—¿Y todo lo demás fue real?

Lex asintió con fuerza.
—Lo juro por lo que me quede de alma. Fuiste vos la que me cambió. No tu arte. No tu voz. Vos. Con tu forma de acomodar la realidad para que no te duela. Con tu honestidad brutal. Con esa manera de amar sin darte cuenta.

Cat cerró los ojos un segundo.
—Necesito pensar.

—Lo sé.

—Me duele un poco el pecho —dijo ella bajito, llevándose una mano al esternón.

Lex se movió instintivamente.
—¿Te toco? ¿Querés que me aleje?

—No. Solo necesito unos segundos. No hables. Solo… espera.

Lex se quedó callado. Como un perro esperando órdenes.

Y pasaron más de cinco minutos sin decir palabra. Hasta que Cat habló.

—¿Sabes por qué no me enoja?

Lex negó, sin hablar.

—Porque no lo hiciste por crueldad. Y porque estás acá, sentado conmigo, diciéndome una verdad que nadie más se atrevería a decir.
—Y porque yo también tengo secretos. Cosas que no sé cómo decir. Cosas que me hacen distinta. Y vos nunca me juzgaste por eso. Ni siquiera cuando me cierro, cuando no entiendo las bromas, cuando lloro sin razón.

—Te juro que si pudiese volver atrás, te lo diría desde el día uno —dijo él.

—Lo sé —susurró ella.

Y sin más, se inclinó hacia él, apoyando la frente en su hombro.

Lex tragó saliva.
—Entonces… ¿seguimos bien?

—Sí. Pero si alguna vez volvés a esconderme algo así, te voy a pintar la cara con acrílico verde neón mientras dormís.

Lex rió.
—Tenés una forma extraña de amenazar. Me gustás más así.

Ella levantó la cabeza.
—Y tu eres un idiota. Pero… eres mi idiota.

—Sí —murmuró él—. Y eso es lo único que me importa.




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