A ciento vente latidos

EPÍLOGO

(Galería Vértice, Nueva York. Dos años después.)

La galería está en silencio.

Demasiado silencio.

Las paredes son blancas. Inmaculadas. Casi crueles.
En el centro hay una instalación enorme cubierta por una tela gris.

La exposición se titula:

“Manual para amar a alguien que nunca existió.”
Autor: Lex A. Moretti

La prensa murmura.
Críticos. Curadores. Gente elegante que no sabe que esta noche va a llorar por alguien que jamás conocieron.

Ben está al fondo con Troy.

—¿Estás listo? —susurra Ben.
—Nunca lo está —responde Troy.

Lex está solo en una esquina.

Traje negro.
Manos en los bolsillos.
Mirada firme.

Pero los que lo conocen saben que está conteniendo una tormenta.

Un periodista se acerca.

—Señor Moretti, ¿es cierto que esta colección está inspirada en una mujer real?

Lex lo mira.

Y sonríe.

—Eso depende de lo que usted entienda por real.

La tela cae.

Y la galería se queda sin aire.

En el centro hay una reconstrucción del taller.

Exacto.

La luz.
El caballete.
La taza de café manchada de azul.
Un banco de madera con una chaqueta doblada.

Y en las paredes…

Todas las pinturas.

La silueta de espaldas.
La risa que nunca se ve completa.
Las manos manchadas de pintura.
La mirada que él pintó mil veces sin haberla tenido enfrente.

Abajo, una frase escrita en pequeño:

"La imaginé tanto que olvidé preguntarme si era posible."

La gente comienza a llorar.

Una mujer se cubre la boca.
Un hombre se limpia los lentes.

Ben no mira a nadie.

Mira a Lex.

Porque sabe.

Sabe que nadie entiende la verdad.

La carta

Al final del recorrido hay una carta enmarcada.

Letra firme.

Sin adornos.

Cat,

Te inventé para sobrevivir.

Te inventé cuando el taller estaba vacío y el silencio pesaba demasiado.

Te inventé cuando necesitaba creer que alguien podía entenderme sin que yo tuviera que explicarme.

Pensé que eras real.

Pensé que habías caminado por ese piso.
Que habías tocado mis pinceles.
Que habías sonreído cuando yo aprendí a mirarte sin miedo.

Pero no estabas.

Fuiste mi manera de aprender a amar sin destruir.

Y aunque nunca exististe…

me enseñaste a ser mejor.

— L.

La galería entera llora.

Porque todos creen que es una metááfora artística.

Pero no lo es.

Ben cierra los ojos.

Porque él estuvo allí.

Él vio cómo Lex hablaba solo frente al caballete.
Cómo sonreía a un espacio vacío.
Cómo discutía con nadie.

Cat nunca estuvo en el taller.

Nunca fue contratada.

Nunca hubo conversaciones.

Todo fue la mente de un hombre brillante… intentando no romperse.

La exposición termina.

La gente se va.

La galería queda casi vacía.

Lex camina hacia la instalación.

Toca el banco de madera.

Y susurra:

—Gracias.

Se da la vuelta.

Camina hacia la puerta.

Y entonces…

Se detiene.

Porque alguien acaba de entrar.

No es parte del equipo.
No es prensa.

Es una mujer.

Vestido sencillo.
Cabello recogido desordenadamente.
Manos manchadas de pintura seca.

Se detiene frente a la primera pintura.

La de la silueta.

Se queda quieta.

Muy quieta.

Luego susurra:

—Esa soy yo.

Lex se congela.

No respira.

Ben, que estaba recogiendo unas cosas, levanta la mirada.




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