Ryan
Quizás estoy un poco ansioso, pero eso es normal cuando miro la hora y sé que Camille ya debe haber llegado a la pista, pero va retrasada unos minutos. Frunzo el ceño y luego sonrío cuando escucho sus pasos. Generalmente, ella llega muy temprano a la pista y es la razón por la que, apenas abre la puerta, sus ojos me miran sorprendidos, pero no me importa; en dos pasos la tengo sujeta de la cintura y el cuello, y la beso, cerrando la puerta de su oficina y pegándola a la misma.
Camille jadea sorprendida por mi acción y su bolso cae al suelo, al igual que algo más, cuando ella se sujeta a mis hombros, así que llevo ambas manos a sus muslos y la alzo cuando siento que aún hay demasiada distancia entre nosotros dos. Ella suelta un pequeño sonido que suena como un gemido ahogado que me enloquece, sus piernas se enredan en mi cintura y yo saqueo su boca como un hombre que ha estado muriendo de hambre durante mucho tiempo y este es el momento en el que puede finalmente descansar.
Ahora que Camille me ha dado vía libre, no me pienso contener; ya lo he hecho durante mucho tiempo, tanto que ha sido agotador, tanto que siento que ya no me quedan reservas para ser el buen Ryan.
Es por eso que lamo sus labios y adentro mi lengua en su boca, consumiéndola y perdiéndome en el dulce sabor que tiene esta mujer. Me enloquece, me atrapa y me vuelve adicto a ella de una forma que debería resultar aterradora, pero todo lo de Camille me gusta tanto como para...
—Ryan... —el gemido que suelta esta mujer solo aumenta esta necesidad de sentirla. Me abruma el dulce aroma de su perfume, lo suave que es su cuello cuando lo toco y lo perfecta que se siente entre mis brazos.
—Buenos días, doctora —murmuro, separándome de sus labios para bajar los besos por su cuello. Ella ladea la cabeza, dándome acceso, aunque la siento estremecerse entre mis brazos. No hace nada para detenerme y eso me hace sentir como un maldito rey.
—Creo... creo que deberíamos parar —jadea cuando lamo su piel y luego me aparto para verla a los ojos.
Tengo que controlarme para no lanzarme contra ella como un salvaje porque Camille se ve perfecta. Sus labios hinchados, sus ojos brillando como dos estrellas y la sonrisa que se forma en su boca es la cosa más hermosa que he presenciado jamás.
—Uhm... me encuentro muy bien en este momento —ella sonríe un poco y le robo otro beso.
—Creo que mi café está arruinado —murmura y me obligo a soltarla contra todo pronóstico. Cuando ella pone los pies en el suelo, es cuando noto lo lindo que le queda el uniforme hoy. Como siempre, lleva su bata blanca y, cuando miro al suelo, supongo que debo agradecer que el café sigue en el termo en el que lo trajo, así que me agacho y lo levanto, al igual que su bolso.
—Sigue intacto —es lo que le hago saber, haciéndola sonreír.
La veo caminar hacia su escritorio, dejando su bolso y el café. Sonrío un poco porque lleva toda esa cabellera cobriza suelta y es algo que me fascina, es por eso que me acerco, tomando un mechón, e inmediatamente tengo toda su atención.
—Esto de esperarme en las mañanas se te está haciendo costumbre —me dice y me encojo de hombros.
—Es un ritual para que mi día sea perfecto, doctora. Soy un hombre muy supersticioso —ella rueda los ojos, por lo que me quedo de pie viéndola comenzar a organizar todo.
—¿No deberías estar gritándoles a tus chicos? —inquiere con curiosidad y sonrío.
—Curiosamente, dicen que mi humor está mucho mejor últimamente. ¿Qué te puedo decir? —ella se ríe.
—Supongo que cosas buenas te están pasando entrenando, ¿qué será eso? —la abrazo por la espalda y me encanta cómo ella parece derretirse entre mis brazos. Dejo un beso en su pelo.
—Se trata de cierta doctora que me tiene loco —susurro en su oído—, que me hace pensarla a todas horas y quien aún no acepta mi oferta de enseñarle a patinar en el hielo. —Camille suspira y gira a mirarme.
—¿No te detendrás con eso? —cuestiona.
—¿Y si necesito que me des los primeros auxilios y vuelves a lastimarte esas bonitas rodillas? Eso no puedo permitírtelo —ella se ríe cuando beso su hombro—. Imagina qué diría la competencia: Ryan Ruff muere porque tu doctora no sabe patinar en el hielo. Eso sería una desgracia para mí, Camille —la risa de Camille es la mejor de las melodías en la mañana.
—Todavía no te diré que sí, te falta esforzarte más —comenta, escapando de mis brazos para girar a mirarme—, y ya es hora de que salgas de mi oficina. —Camille se pone de puntillas, besando mi boca. —Ten buen día, Ryan.
Respiro hondo porque cada vez que entro a esta oficina, por este momento, se me hace difícil separarme de ella, pero sé que es lo correcto porque el tiempo establecido por los dos ya está por acabarse.
—Créeme, lo tendré —beso su boca y la mordisqueo antes de dejarla ir. La sonrisa de Camille es real cuando salgo de su oficina y tengo que concentrarme para no volver allá dentro y seguir comiéndole la boca.
Es por eso que camino para ir a mi oficina, pero cuando cruzo por otro pasillo me encuentro con Pool, que, al verme, se pone serio.
—Hay una reunión, supongo que te solicitan a ti y a la doctora Leblanc —enarcó una ceja.
—¿Tú irás a decirle? —él aprieta los labios—. Lo haré yo, gracias por avisar, aunque... —miro mi teléfono cuando me llega la notificación—, supongo que ninguno debería hacerlo. Ya enviaron un comunicado. Vamos, te acompaño. —Pool aprieta los labios y camina delante de mí.
No sé por qué no me gusta saber que Pool tiene a Camille bajo la mira. Nunca he confiado en este hombre, no me inspira confianza y sé que él la tiene en contra de ella, porque Camille es una mujer que no se ha dejado humillar o rebajar por las cosas que Pool suele hacer o decir. Ella siempre lo enfrenta y es algo que odia.
Cuando llegamos al salón, este ya está ocupado por todos los altos mandos y algunos de los trabajadores más importantes. Tomo asiento y sé que el lado vacío a mi lado pertenece a la mujer que ingresa minutos después. Ella toma asiento a mi lado y tengo que controlarme para no mirarla, porque sé que la manera en que me gusta Camille quedaría en evidencia.
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Editado: 24.10.2026