Camille
Ryan sigue la dirección de mi mirada y, cuando descubre a quién estoy observando, su expresión cambia de inmediato. La mano que descansa en mi cintura se queda quieta y su mandíbula se tensa. Sé que ninguno de los dos ha olvidado aquel encuentro nada amistoso en el que mi exesposo decidió insultarme y Ryan terminó golpeándolo.
—No me jodas —murmura Ryan, y su voz es tan baja que solo yo puedo escucharlo—. ¿Qué demonios hace ese bastardo aquí?
Suspiro de manera pesada y aunque sé que que Gavin siempre será una molesta piedra, trato de no darle mucha importancia. Estamos en una fiesta organizada para conseguir patrocinadores para el Blackridge HC y no puedo permitir que mi incomodidad termine convirtiéndose en un problema para el equipo, mucho menos cuando la estabamos pasando tan bien.
—No lo sé, Ryan. Supongo que vino por lo mismo que nosotros —respondo, intentando mantener la calma—Gavin también necesita patrocinadores para su equipo, así que tiene sentido que esté aquí. —Ryan vuelve a mirar hacia el otro extremo del salón y suelta una risa sin humor, de esas que me hacen saber que está intentando controlar su temperamento.
—Por supuesto que necesita patrocinadores. Lo que no entiendo es por qué tiene que aparecer justo donde estás tú —responde, volviendo la mirada hacia mí—. Aunque, pensándolo bien, debería haber supuesto que encontraría una manera de fastidiarte la noche.
—No sabemos si ha venido por mí —le recuerdo, aunque una parte de mí tampoco puede evitar preguntárselo—. Puede que ni siquiera supiera que yo estaría aquí.
Ryan me mira con una expresión que deja bastante claro que no comparte mi opinión, pero no insiste. En cambio, toma mi mano y la lleva hasta sus labios, depositando un beso sobre mis nudillos antes de acercarse un poco más a mí.
—Escúchame, Camille. No voy a permitir que lo que pasó entre ustedes aquella tarde vuelva a repetirse. Si ese hombre tiene algún problema contigo, tendrá que aprender a resolverlo sin faltarte al respeto, y si vuelve a abrir la boca para insultarte, te prometo que...
—Ryan —lo interrumpo, apretándole suavemente la mano—. No quiero que pelees con él. No esta noche, por favor. Estamos aquí para conseguir patrocinadores y no quiero que termines envuelto en otro problema por mi culpa.
—No vuelvas a decir que es por tu culpa, ¿de acuerdo? Lo que hice fue porque ese imbécil no tenía ningún derecho a hablarte de esa manera, y volvería a hacerlo si tuviera que enfrentarme a él otra vez. Pero tienes razón en algo, preciosa. Esta noche tenemos cosas más importantes que hacer que ocuparnos de Gavin.
No puedo evitar sonreír un poco ante la manera en que pronuncia su nombre, porque hay un desagrado tan evidente en su voz que me resulta imposible fingir que no la noto. Ryan me devuelve la sonrisa y después me ofrece el brazo, esperando a que lo tome antes de girarse hacia el resto del salón.
—Ahora, si me disculpas, tengo que conseguir dinero para que mis jugadores sigan haciendo lo que mejor saben hacer. Y tú vas a ayudarme, doctora, porque por lo visto soy incapaz de pensar con claridad cuando no te tengo cerca.
—Eso ya lo sabía —respondo, y él suelta una carcajada mientras me atrae hacia su costado.
Intento concentrarme en lo que tenemos por delante, aunque no puedo evitar buscar a Gavin una última vez antes de alejarme. Sigue en el mismo lugar, conversando con un par de hombres que reconozco como posibles patrocinadores, y cuando nuestras miradas se encuentran, levanta su copa en un gesto que podría parecer un saludo cordial para cualquiera que no lo conozca. Pero yo sí lo conozco, y sé que esa sonrisa no tiene nada de inocente.
Lo ignoro y me enfoco en las conversaciones y hacer lo que mejor sé hacer: escuchar, identificar lo que interesa a cada persona y encontrar la manera de que la conversación avance hacia los objetivos que necesitamos alcanzar. Ryan, por su parte, parece empeñado en hacer que mi trabajo sea mucho más complicado de lo necesario, porque cada vez que nos detenemos a hablar con alguien, su mano termina en mi cintura y sus dedos comienzan a dibujar pequeños círculos sobre la tela de mi vestido, darme algunos besos en los nudillos y mirarme con intensidad.
—Entrenador Ruff, ¿está escuchando lo que le estoy diciendo? —pregunta uno de los patrocinadores luego de explicar las condiciones bajo las cuales estaría dispuesto a patrocinar al equipo y Ryan se queda mirándome en lugar de responder.
—Por supuesto que sí. Estamos muy interesados en la propuesta y podemos hablar de los detalles con nuestro equipo administrativo durante los próximos días —responde, extendiéndole la mano—. Gracias por considerar al Blackridge, señor.
El hombre acepta el saludo y se despide de nosotros, aunque antes de marcharse me dedica una sonrisa cómplice que me hace sentir que no ha pasado desapercibida la manera en que Ryan me ha mantenido pegada a su costado durante toda la conversación. Apenas estamos solos, me giro hacia él y lo miro con los brazos cruzados, intentando adoptar una expresión severa que pierde toda su efectividad cuando Ryan me toma de la mano y me atrae hacia su cuerpo.
—¿Qué? —pregunta con una sonrisa inocente que no le creo ni por un segundo.
—Se supone que estás aquí para conseguir patrocinadores, no para pasar toda la noche coqueteando.
—Estoy haciendo ambas cosas, doctora. No veo cuál es el problema.
—El problema es que no has escuchado ni la mitad de lo que ese hombre acaba de decirte.
—Pero he conseguido que se interese por el equipo y, además, he logrado que mi novia me mire. Para mí, eso ha sido una noche bastante productiva. —Lo golpeo suavemente en el pecho y él se ríe, atrapando mi mano antes de que pueda apartarla para llevarla hasta sus labios. Me besa la palma y después entrelaza nuestros dedos. —Estoy orgulloso de ti, ¿lo sabes? —murmura, y la seriedad inesperada de sus palabras hace que deje de sonreír—. Te he visto hablar con todas esas personas, conseguir que te escuchen y ayudarnos a avanzar en las conversaciones. Eres increíble en lo que haces, Camille, y me gusta que estés aquí conmigo. No porque seas mi novia, sino porque eres tú.
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Editado: 24.10.2026