A despertar también se aprende

Donde todo empieza.

La alarma sonó a las cinco y treinta de la mañana con la misma fidelidad con la que Luisa se había acostumbrado a decepcionarse si no era perfecta. No porque el mundo se derrumbara si se despertaba quince minutos después —el mundo tenía la costumbre irritante de seguir existiendo sin pedirle permiso—, sino porque a Luisa le parecía que la disciplina era el único idioma que entendía la vida.
Apagó el teléfono antes de que repitiera. Se quedó mirando el techo durante exactamente treinta segundos, contándolos mentalmente como quien marca un compás. Treinta para respirar. Treinta para recordar el orden del día. Treinta para convencer a su corazón de que la ansiedad era solo una emoción, no una agenda paralela con plazos imposibles.
—Buenos días, mamá —susurró sin darse cuenta.
Lo dijo bajito, como si su madre pudiera estar al otro lado de la pared, como si el aire pudiera llevarle el saludo. Luisa nunca la conoció. Su abuela Rosa se lo repetía con delicadeza, su abuelo Juan con una gravedad respetuosa: murió al darle a luz. Muy joven. Con sueños que no llegaron a ser nada más que eso, sueños. Y aunque nadie en casa le ponía ese peso encima, Luisa lo llevaba igual. Lo llevaba como si fuera suyo por herencia, como si ser excelente fuera la forma de pedir perdón por existir.
Se levantó, se duchó rápido y eligió la ropa con la precisión de quien evita riesgos: blusa sencilla, pantalón cómodo, zapatos limpios. Alta y delgada, con la clase de figura que otras personas notarían, pero que ella ocultaba bajo telas discretas. Se miró en el espejo para acomodarse el cabello castaño oscuro —una coleta firme— y ajustó los lentes sobre la nariz.
Sus ojos negros le devolvieron una mirada seria, casi adulta. Una mirada que decía: no hay tiempo para tonterías. Y luego, justo cuando iba a girarse, pensó: ¿y si sí hay?
Sacudió la idea como quien espanta una mosca.
—Todo bajo control —se dijo—. Como siempre.
En la cocina ya estaban los abuelos. Rosa, a punto de cumplir sesenta, revolvía la avena con una alegría que parecía venir de otro planeta. Juan leía el periódico con los lentes a medio caer, como si el mundo se organizara por titulares y él pudiera corregirlo todo desde la mesa.
—¡Mi niña! —exclamó Rosa al verla—. ¿Dormiste bien?
—Sí, abuela —respondió Luisa, besándole la mejilla—. Como siempre.
—Tan aplicada, tan responsable… —añadió Juan sin levantar del todo la vista—. Tu madre estaría tan orgullosa.
Luisa sonrió. O intentó. Cada elogio era una caricia y, al mismo tiempo, una cuerda apretándose un poco más.
—Te preparé avena con frutas —dijo Rosa—. Para que tengas energía. Con lo inteligente que eres, seguro hoy vuelves a sacar la mejor nota.
—Abuela… —murmuró Luisa mientras se sentaba—. No es una competencia.
Pero en el fondo, para ella sí lo era. No contra los demás. Contra una versión imposible de sí misma que siempre iba un paso por delante.
Juan dobló el periódico y la miró por encima del borde.
—Tú puedes con todo, Luisa.
Ahí estaba. La frase que a otras personas les sonaría a apoyo y a ella le sonaba a sentencia.
—Claro —dijo, tomando una cucharada de avena—. Con todo.
El bus llegó con su habitual impuntualidad y Luisa salió con el bolso en el hombro y el corazón apretado, como si algo la persiguiera sin hacer ruido. En el camino repasó mentalmente las clases del día: Teoría del Estado, Administración Pública, un trabajo en equipo que ella había terminado casi por completo porque “así era más rápido”.
Normal, se dijo. Todo normal.
Al llegar al campus de la universidad, la paz mental de Luisa duró lo que tarda en enfriarse un expreso.
—¡Lulú! ¡Espera, que mis piernas de Hobbit no dan para más! —gritó una voz que hizo que varios estudiantes se giraran.
Abigail apareció trotando, con una chaqueta de lentejuelas amarillas que desafiaba cualquier código de estética a las ocho de la mañana. A pesar de haber dormido apenas cuatro horas después de su turno en el bar de la ciudad y de haber soportado los gritos de su tía amargada, Abigail irradiaba una energía que Luisa envidiaba y temía.
—Llegas tarde, Abi. Tres minutos y cuarenta segundos tarde —sentenció Luisa, aunque sus labios traicionaron su rigidez con una pequeña mueca de afecto. —No es tardanza, querida, es "suspenso narrativo" —respondió Abigail recuperando el aliento y limpiando una gota de café que había saltado a su bota—. Por cierto, ¿ya lo viste? Hay un chico nuevo en la facultad. Dicen que es de los que te hacen cuestionar tus notas y tu celibato académico en un solo parpadeo.
Luisa rodó los ojos mientras caminaban hacia la cafetería. —No tengo tiempo para "bombones", Abi. Mi único interés romántico este semestre es mi promedio. Además, ya conoces a los tipos de aquí: o son típicos playboy con demasiado dinero y poca ética, o son sombras que huyen de la biblioteca.
La cafetería de la facultad estaba a reventar. Era un ecosistema de nervios, cafeína y olor a papel recién impreso. Luisa buscaba una mesa libre con la precisión de un halcón, cuando lo vio. No era un "playboy" de gimnasio ni un arrogante heredero. Era un chico sentado cerca de la ventana, bañado por una luz dorada que lo hacía parecer salido de una pintura clásica. Tenía un libro de pasta gastada entre las manos y una expresión de paz que parecía ilegal en una facultad de Ciencias Políticas. Su cabello era oscuro y algo rebelde, y cuando levantó la vista, sus ojos claros chocaron directamente con los de Luisa.
En ese instante, el estrépito de las bandejas, los gritos de los estudiantes y el monólogo de Abigail sobre las ofertas de maquillaje desaparecieron. Fue un segundo de tensión romántica pura, de esa que Jane Austen describiría como un reconocimiento de almas en medio del bullicio. Él no apartó la mirada; por el contrario, le dedicó una sonrisa pequeña y sincera que hizo que el estómago de Luisa diera un vuelco que ninguna clase de anatomía podría explicar.
Rápidamente, ella desvió la mirada, sintiendo que sus mejillas ardían. —¡Vaya! —exclamó Abigail, que no se perdía ni un detalle—. Parece que el "promedio" acaba de encontrar competencia. ¿Viste cómo te miró? como si fueras un brownie con doble chocolate y sin calorías, si eso no fue una invitación a pecar en la biblioteca, yo soy la próxima modelo de Victoria Secret con mi 1.60 de estatura.
Pasaron el día entre clases y apuntes. Luisa participó, resolvió, organizó. Su mente, sin embargo, tenía una esquina ocupada por una mirada de ojos claros en una cafetería.
Esa noche llegó a casa con el cuerpo cansado y la cabeza llena.
—¿Cómo te fue? —preguntó Rosa al verla.
—Bien —respondió Luisa—. Todo bien.
Juan asintió.
— Esa es mi niña dijo en voz alta con una sonrisa en su rostro marcado por los años.
Luisa subió a su cuarto también con una sonrisa pero esta se le rompió apenas cerró la puerta. Se dejó caer en la cama con el cuaderno abierto a un lado.
¿Qué me pasa? se preguntó.
Su respuesta automática fue estrés. Siempre era estrés. El estrés era una explicación cómoda: lo justificaba todo y no exigía cambios.
Esa noche, el cansancio finalmente venció a la resistencia de Luisa. Al cerrar los ojos, la realidad se fragmentó de forma espectacular.
Ya no estaba en su pequeña habitación. Se encontró caminando por una biblioteca infinita cuyos estantes llegaban hasta las nubes, hechos de cristal y plata. Pero no era un lugar de paz; era un laberinto de exigencias. Luisa corría por pasillos que se estrechaban, cargando libros pesadísimos que, a cada paso, se transformaban en piedras.
—¡Tengo que llegar a la torre! ¡El examen es en la torre! —gritaba ella, pero sus pies pesaban como si caminara en un terreno pantanoso.
De repente, una figura bloqueó su camino. Era una mujer con un vestido de seda negro tan ajustado que parecía una segunda piel, una corona dorada elaborada de huesos y el rostro impecable y gélido de Rebeca. —No perteneces aquí, plebeya de notas bajas —dijo la Reina con una voz que cortaba como el hielo—. Este castillo solo acepta la perfección absoluta. Si te equivocas en una coma, el suelo se abrirá.
Justo cuando Luisa sentía que sus piernas fallarían, una mano cálida y firme la sujetó del brazo. Era él. El chico de la cafetería, pero vestido con una armadura de cuero sencilla y una capa que olía a pino y lluvia fresca. Su sola presencia hizo que la Reina Rebeca retrocediera unos pasos, indignada.
—No tienes que cargarlos todos tú —le susurró él al oído. Su voz era un bálsamo que acallaba los gritos de la Reina—. A despertar también se aprende, Luisa. No corras tras una meta que no es tuya.
Luisa despertó de golpe, con el corazón martilleando contra sus costillas. Estaba empapada en un sudor frío y la habitación estaba en total silencio. Se sentó en la cama, frotándose el rostro, tratando de convencerse de que solo era el estrés de la entrega final.
Encendió la luz de su mesita de noche para buscar un vaso de agua, pero algo le llamó la atención sobre su agenda. Un pequeño objeto brillaba bajo la luz de la lámpara, justo encima de su horario de clases.
Con los dedos temblorosos, lo recogió. Era una pequeña rama de pino fresca, de un verde vibrante y un aroma tan intenso que inundó la habitación. Luisa miró su ventana; estaba cerrada y bajo llave. En su barrio no había pinos, y ella no había salido de la ciudad en meses.
—No es posible —susurró, sintiendo un escalofrío—. Solo fue un sueño




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