A despertar también se aprende

Donde el café sabe a destino y el reloj tiene mala intención

Luisa pasó la mañana siguiente asegurándose de que nada se notara.

Se peinó igual. Se vistió igual. Desayunó igual. Bebió su café negro sin azúcar como si el sabor amargo fuera un recordatorio útil: la vida no estaba para tonterías.

Pero el sueño de la noche anterior no se había ido. Estaba ahí, pegado a su piel como un perfume que no escogiste y que, aun así, te persigue durante el día. Recordar el sueño. le recordó al chico de la cafetería y el comentario de Abigail, lo que hizo que su rostro se calentara.

En la cocina, Rosa tarareaba mientras cortaba fruta.

—Hoy te ves más… ¿cómo decirlo? —Rosa ladeó la cabeza—. Más rosadita.

Luisa parpadeó.

—¿Rosadita?

Juan levantó el periódico apenas lo suficiente para intervenir.

—Tu abuela quiere decir que tienes color. Y eso es bueno.

Luisa tomó una cucharada de avena para no contestar lo primero que se le ocurrió: quizá me pongo pálida porque vivo con la presión de salvar una historia que no es mía.

—Estoy bien —dijo, en cambio, con esa voz suave que usaba cuando no quería preocuparlos.

Rosa sonrió, satisfecha.

—Claro que sí. Tú siempre estás bien.

Esa frase, dicha con amor, fue el primer pinchazo del día.

En el bus, Luisa intentó leer. El texto sobre administración pública se le desordenaba en la vista como si las letras quisieran bailar. Terminó mirando por la ventana, la ramita de pino seguía entre las áginas del libro que leía burlándose de las leyes de la física y de la cordura de Luisa. Durante toda la mañana, se sintió como si caminara entre dos mundos. En la clase de Teoría Política, en lugar de anotar las bases del contrato social, se encontró dibujando inconscientemente la silueta de una capa en el margen de su cuaderno.

—Luisa, ¿estás aquí o te has ido de retiro espiritual? —le susurró Abigail, dándole un codazo—. Llevas diez minutos mirando ese bolígrafo como si fuera a revelarte los números de la lotería.

—Estoy bien, Abi. Solo... no dormí bien —mintió, ocultando la ramita de pino que ahora llevaba dentro de su estuche como un secreto prohibido.

Al salir de la clase, el pasillo era un caos de estudiantes apresurados. Luisa intentaba organizar sus notas mientras sostenía su termo de café y su pesada mochila. Fue entonces cuando el destino decidió que su dignidad ya había durado demasiado.

Un estudiante distraído la golpeó por el hombro. El fajo de fotocopias de Luisa voló por los aires como una bandada de pájaros blancos y su mochila empezó a resbalar. Justo cuando ella cerraba los ojos esperando el impacto contra el suelo, un brazo firme la rodeó por la cintura, estabilizándola con una fuerza que la dejó sin aliento.

—Vaya, parece que la gravedad hoy tiene algo personal contigo —dijo una voz tranquila y musical.

Era Sebastián. De cerca, era aún más perturbador para su concentración. Su piel tenía un tono cálido y sus ojos claros estaban fijos en ella con una mezcla de diversión y preocupación. No la soltó de inmediato; esperó a que ella recuperara el equilibrio. Cuando ambos se inclinaron al mismo tiempo para recoger los papeles, sus dedos se rozaron sobre el pavimento frío.

Fue una descarga eléctrica. No de esas que dan miedo, sino de las que te despiertan. Luisa notó que él olía exactamente igual que el guerrero de su sueño: a pino, lluvia y algo dulce, como vainilla.

—Soy Sebastián, por cierto —dijo él, entregándole el fajo de papeles perfectamente ordenado. Sus dedos volvieron a rozarse deliberadamente al entregarle el bolígrafo—. Tienes cara de que este café es lo único que te mantiene en este plano de la existencia. ¿Mucho estrés?

—Soy Luisa. Y no es estrés, es... responsabilidad —logró articular ella, aunque sentía que su vocabulario de 21 años se había reducido al de una niña de cinco—. Gracias por... la ayuda.

—La responsabilidad es una carga pesada si la llevas sola, Luisa —respondió él con una sonrisa ladeada que le hizo dudar de todas sus certezas—. A veces, es mejor dejar que algunas cosas se caigan para ver qué hay debajo.

A unos metros de distancia, la escena no pasó desapercibida. Rebeca, apoyada contra los casilleros con la elegancia de una pantera, observaba la interacción con los ojos entrecerrados. A su lado, bostezando con una arrogancia que solo el dinero puede comprar, estaba Steve

Steve vestía una chaqueta de diseñador y sostenía un iPhone de último modelo como si fuera un cetro. Era el típico chico que nunca había escuchado la palabra "no".

—¿Esa es la ratona de biblioteca que te molesta, Rebe? —preguntó Steve, mirando a Luisa con desdén—. No entiendo qué le ve el chico nuevo. Parece que se va a romper si alguien le habla fuerte.

—No es ella lo que me molesta, Steve. Es su aire de santurrona —siseó Rebeca—. Se cree mejor que todos por sus notas. Pero Sebastián... él es diferente. No encaja con una chica gris como ella.

Steve, sin embargo, desvió la mirada hacia Abigail, que en ese momento llegaba gritando el nombre de Luisa y agitando una bolsa de donas de colores. —¿Y esa pequeña explosión de mal gusto quién es? —preguntó Steve, con una chispa de curiosidad genuina que intentó ocultar tras una mueca de burla.

—Abigail. Una becada ruidosa —respondió Rebeca sin interés. —Interesante —murmuró Steve, observando cómo Abigail hacía reír a Luisa con un baile ridículo—. Quizás este semestre no sea un desperdicio total de mi tiempo después de todo.

Esa tarde, Luisa se refugió en la biblioteca con Abigail. El silencio del lugar solía calmarla, pero hoy se sentía opresivo. Mientras Abigail se quedaba dormida sobre un libro de "Derecho Romano" (usándolo literalmente como almohada), Luisa sintió que sus párpados pesaban una tonelada.

El sueño la transportó a un gran baile de máscaras. La biblioteca se había transformado en un palacio de mármol bajo un cielo estrellado. Luisa llevaba un vestido de seda azul profundo que la hacía sentir, por primera vez, poderosa y hermosa.




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