A despertar también se aprende

La Primera Intriga

La mañana del miércoles no trajo consuelo, sino una neblina densa que parecía haber saltado de los sueños de Luisa directamente al campus de la universidad. Luisa caminaba con la nota de Rebeca quemándole en el bolsillo de su sweater. La tinta roja, que bajo la luz artificial de la biblioteca parecía sangre, ahora, bajo el sol pálido de la mañana, se veía simplemente como una declaración de guerra.
—¿Estás segura de que no quieres denunciarlo? —preguntó Abigail, que por una vez caminaba sin dar saltitos. Llevaba unos leggins de leopardo neón y una sudadera que decía “Café primero, preguntas después”. Su rostro, usualmente iluminado por la travesura, mostraba una sombra de preocupación real por su amiga.
—¿Y qué voy a decir, Abi? —Luisa suspiró, ajustándose los lentes con un movimiento nervioso—. "¿Señor Decano, una chica escribió una nota amenazante mientras yo dormía en la biblioteca porque tengo sueños mágicos con un chico nuevo?" Me mandarían directo al departamento de psicología. Y no tengo tiempo para una crisis nerviosa, hoy es la simulación del debate parlamentario.
—Esa Rebeca es un veneno —gruñó Abigail—. Pero lo que me incomoda no es ella. Ella es previsible, como las hijas sustitutas de las novelas coreanas. Lo que me da mala espina es el rubio de catálogo que la acompaña. El tal Steve. Ayer me miró como si yo fuera un bicho raro de National Geographic.
Luisa recordó la imagen de Steve apoyado en la columna, observándolas con esa calma gélida mientras jugueteaba con el bolígrafo. Había algo en su mirada que no encajaba con la crueldad gratuita de Rebeca; era más bien una curiosidad cínica, la de alguien que ve cómo se incendia una casa solo por ver de qué color son las llamas.
La clase de Comunicación Política estaba a punto de empezar. El aula magna, con sus gradas de madera crujiente y su olor a polvo antiguo, siempre le recordaba a Luisa a los tribunales de justicia. Ella se sentó en su lugar habitual, pero su concentración fue dinamitada cuando Sebastián entró por la puerta.
Él no buscó el asiento más cercano. Atravesó el salón con esa zancada tranquila que parecía ignorar el estrés reinante y se sentó justo al lado de Luisa.
—Hola, compañera de gravedad —susurró él. Su voz tenía una calidez que hizo que el vello de los brazos de Luisa se erizara—. Espero que hoy tus papeles decidan quedarse en tu mochila.
Luisa sintió que el rostro le ardía. —Lo intentaré. Aunque parece que la física no es mi fuerte últimamente. Gracias por lo de ayer, Sebastián. Y por... el bolígrafo.
—No hay de qué. De hecho —él se inclinó un poco más, rompiendo esa barrera invisible del espacio personal que Luisa guardaba con tanto celo—, me preguntaba si después de esta clase querrías ir a la cafetería del jardín. No a la de siempre, la que está cerca de los sauces. Es más silenciosa. Y creo que ambos necesitamos un momento de silencio.
El corazón de Luisa dio un vuelco. Era una invitación. Una real. Sin libros de texto de por medio. Justo cuando iba a responder, una carcajada metálica interrumpió el momento.
Rebeca y Steve entraron al aula. Rebeca se detuvo justo frente a la mesa de Luisa, ignorando a Sebastián pero clavando sus ojos en los de ella. —Vaya, Luisa. Te ves... cansada. ¿Tuviste pesadillas? —preguntó con una sonrisa perfecta que no llegaba a sus ojos.
—Dormí perfectamente, Rebeca. Gracias por tu "preocupación" —respondió Luisa, apretando los puños bajo la mesa.
Steve, que caminaba detrás de Rebeca, se detuvo frente a Abigail, que estaba sentada una fila atrás. La miró de arriba abajo, deteniéndose en sus leggins de leopardo. —Interesante elección de camuflaje —dijo Steve con una voz aterciopelada pero cargada de sarcasmo—. ¿Planeas cazar algún antílope en la facultad de derecho o simplemente te vestiste a oscuras?
Abigail no se amilanó. Se cruzó de brazos y le devolvió una mirada de puro fuego. —Planeo cazar egos inflados, y parece que hoy me he encontrado con el espécimen más grande del campus. ¿Esa chaqueta es de diseñador o simplemente pagaste mucho dinero para parecer un catálogo de muebles caros y aburridos?
Steve parpadeó, desconcertado por un segundo. Nadie le hablaba así. Una chispa de algo parecido a la diversión cruzó sus ojos antes de recuperar su máscara de indiferencia. —Touché, pequeña explosión de color. Me llamo Steve, por si quieres anotar el nombre en tu lista de enemigos.
—Me llamo Abigail. Y no anoto nombres de personas que no valen el gasto de tinta —replicó ella, dándole la espalda.
La clase fue un suplicio de dos horas. Luisa intentaba concentrarse en las estrategias de retórica, pero sentía la presencia de Sebastián a su izquierda y la mirada de Rebeca, como un dardo, en su nuca. Al terminar, Sebastián la esperó en la puerta.
Caminaron hacia la cafetería de los sauces. El aire era más fresco allí y el ruido de la avenida se filtraba solo como un murmullo lejano. Se sentaron en un banco de madera bajo la sombra de un sauce llorón cuyas hojas rozaban el suelo como cortinas verdes.
—Te pasa algo, Luisa —dijo Sebastián suavemente, sin rodeos—. Y no es solo el examen. Desde que nos conocimos en la cafetería, parece que estás cargando con el peso de toda la universidad sobre tus hombros.
Luisa guardó silencio. Quería contarle sobre los sueños, sobre la hoja de pino que encontró en su cuarto, sobre la nota roja. Pero Jane Austen le habría dicho que una dama no confía sus secretos más oscuros tan pronto, y su ansiedad le gritaba que si confesaba, él pensaría que estaba loca.
—Mis abuelos... —comenzó ella, buscando una verdad a medias—. Ellos esperan mucho de mí. Mi madre no pudo terminar su carrera y yo... siento que tengo que vivir por las dos. Si fallo un examen, siento que la estoy defraudando a ella.
Sebastián la miró con una empatía que le dolió en el pecho. Estiró la mano y, por primera vez, tomó la de ella sobre el banco. Su piel era cálida y firme. —Nadie puede vivir la vida de otra persona, Luisa. Tu madre tuvo su historia, y tú tienes la tuya. No eres un pago de una deuda antigua. Eres... —él buscó la palabra, mientras sus dedos acariciaban suavemente el dorso de la mano de ella— ...eres valiosa por quien eres, no por tus notas.
En ese momento, el tiempo se detuvo. Luisa sintió que la burbuja de perfeccionismo en la que vivía empezaba a agrietarse. El tinte romántico de la escena era innegable; la luz del sol filtrándose entre las ramas, el roce de sus manos y la sinceridad en los ojos de Sebastián. Ella estuvo a punto de decir algo, de abrirse por completo, cuando su teléfono vibró violentamente. Un mensaje de un número desconocido.
"El príncipe de madera no puede salvarte en el mundo real, Luisa. Mira detrás de ti."
Luisa se giró bruscamente. A lo lejos, en el balcón del edificio de artes, vio la silueta de Rebeca observándolos con unos binoculares. A su lado, Steve parecía estar discutiendo con ella, pero la imagen era clara: estaban siendo vigilados.
Esa tarde, el agotamiento emocional fue tal que Luisa se quedó dormida en el sofá de su casa, con el libro de Administración Pública abierto sobre el pecho. El cambio de plano fue instantáneo.
Luisa estaba en la cima de una torre hecha enteramente de espejos. Pero no eran espejos normales; cada uno mostraba una versión fallida de ella misma. En uno, se veía llorando sobre un diploma roto; en otro, se veía vieja y sola, rodeada de libros pero sin nadie que la tomara de la mano.
—¡Es mentira! —gritó ella, golpeando uno de los espejos.
—¿Es mentira, o es tu futuro? —La voz de Rebeca retumbó en la torre. Apareció vestida con una armadura de cristal plateado, sosteniendo una espada que emitía un brillo frío—. En este mundo, yo soy la que dicta las reglas. Y tú, Luisa, eres solo una intrusa que se cree princesa.
Rebeca levantó su espada y el suelo de espejos empezó a fragmentarse. Luisa corrió hacia la escalera, pero los escalones se convertían en arena bajo sus pies.
—¡Luisa! —Una voz fuerte y clara cortó el caos.
Sebastián apareció en la base de la torre. En este sueño, no llevaba armadura; vestía ropa sencilla de campesino, pero en sus manos sostenía una antorcha que emitía una luz cálida y dorada. —¡No mires los espejos! —le gritó—. ¡Mira la luz! ¡Los espejos solo muestran lo que crees de ti misma, no la verdad!
Rebeca lanzó un ataque, pero Sebastián interpuso su luz, creando un escudo que hizo que el cristal se derritiera. Él llegó hasta Luisa y la tomó en sus brazos. —Tienes que despertar, pero esta vez, tienes que traer algo contigo —le susurró él al oído—. El valor no es la ausencia de miedo, es actuar a pesar de él.
Luisa abrió los ojos de golpe. Su abuela Rosa estaba frente a ella, con una expresión de preocupación. —Hija, estabas gritando en sueños. ¿Estás bien?
—Sí, abuela... solo una pesadilla —dijo Luisa, tratando de calmar su respiración.
Se levantó y fue al baño para lavarse la cara. Al mirarse al espejo, recordó las palabras de Sebastián en el sueño: "Tienes que traer algo contigo". Se miró las manos y gritó de terror.
En su muñeca derecha, donde en el sueño Sebastián la había sujetado para protegerla del ataque de Rebeca, no había una herida, pero sí una marca clara. Una línea delgada de luz dorada que brillaba bajo su piel, como un tatuaje fluorescente que empezaba a desvanecerse lentamente.
Pero eso no fue lo peor. Al regresar a la sala, Abigail entró sin llamar, pálida como un fantasma. —Luisa, tienes que ver esto. Ahora.
Abigail le extendió su propio teléfono. Era un video que se estaba haciendo viral en el grupo de la universidad. En el video, se veía a Luisa y Sebastián en el banco de los sauces, pero el ángulo estaba manipulado y el audio editado. Parecía que Luisa le estaba entregando a Sebastián un sobre con las respuestas del examen final de mañana.
—Es un montaje —susurró Luisa, sintiendo que el mundo se desmoronaba—. Rebeca lo hizo.
—No fue solo Rebeca —dijo Abigail con voz quebrada—. Mira quién subió el video.
Luisa miró el nombre del perfil que había publicado la infamia. Era el perfil oficial de Steve.
En la pantalla, apareció un comentario de Steve bajo el video: "¿Quién lo diría? Luisa, La perfección académica tiene trucos sucios"
Luisa sintió que el suelo de la realidad se agrietaba igual que el de su sueño. Mañana era el examen final, y si ese video llegaba a manos del Decano, su carrera y la de Sebastian se verian seriamente afectadas y el sueño de sus abuelos se frustraría. Todo era un caos y la marca dorada en su muñeca seguía latiendo, recordándole que el mundo de los sueños ya no estaba dispuesto a quedarse fuera de su realidad.




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