El silencio en el pasillo de la facultad de Ciencias Políticas nunca había sido tan ruidoso. Para Luisa, cada par de ojos que se posaba sobre ella se sentía como una aguja. Los murmullos se cortaban abruptamente cuando ella pasaba, dejando tras de sí un rastro de sospechas que olían a pólvora quemada.
El video editado por Steve y Rebeca se había extendido como un incendio forestal en una sequía. En las pantallas de cientos de estudiantes, Luisa aparecía como la "niña perfecta" que compraba su futuro con trampas.
—No bajes la cabeza, Lulú. Si bajas la cabeza, la corona de espinas de Rebeca gana —susurró Abigail, caminando a su lado con una actitud desafiante.
Abigail hoy no vestía colores neón; llevaba una chaqueta negra de cuero sintético y los labios pintados de un rojo tan intenso que parecía un grito de guerra. Se había convertido en el escudo humano de Luisa, lanzando miradas letales a cualquiera que se atreviera a señalar con el dedo.
—Es que no lo entiendes, Abi —respondió Luisa, con la voz quebrada—. No se trata solo de mi reputación. Si el Decano cree que esto es real, mis abuelos perderán la beca que tanto esfuerzo les cuesta mantener. Todo lo que he construido se basa en la ética. Si me quitan eso, ¿qué me queda?
—Te quedas tú —sentenció Abigail—. Pero no vamos a dejar que te lo quiten. Tenemos que encontrar a Steve. Ese rubio oxigenado tiene la clave de todo esto.
Encontraron a Steve en el área de descanso VIP del campus, rodeado de sus seguidores habituales. Rebeca no estaba con él, lo cual era una pequeña victoria táctica. Steve estaba recostado en un diván de cuero, revisando su teléfono con una expresión de aburrimiento existencial.
Abigail no esperó a que Luisa tomara aire. Marchó directamente hacia él y, con un movimiento rápido, le arrebató el teléfono de las manos.
—¡Oye! —protestó Steve, incorporándose de un salto. Sus ojos azules chispearon con una mezcla de sorpresa y molestia—. Devuélveme eso, pequeña salvaje. Esmeralda no se recupera de los golpes.
—¿Esmeralda? ¿Le pusiste nombre a tu teléfono? —Abigail soltó una carcajada amarga—. Lo que me faltaba. Escúchame bien, "Príncipe de los Trolls". Ese video que subiste es un montaje barato y tú lo sabes. Borra la publicación y di la verdad ahora mismo, o te juro por mis botas de plataforma que tu preciosa Esmeralda terminará en el fondo de la fuente del jardín.
Steve se quedó helado. La audacia de Abigail lo descolocaba de una manera que no lograba procesar. Nadie en su círculo social se atrevía a quitarle nada, y mucho menos a amenazarlo. Se acercó a ella, reduciendo la distancia hasta que solo unos centímetros los separaban.
—¿Y por qué lo haría? —preguntó él con voz baja y peligrosa—. En la universidad, la verdad es lo que la gente quiere creer. Y ahora mismo, todos quieren creer que la niña perfecta es humana. Es entretenido.
—Es la vida de una persona, idiota —intervino Luisa, dando un paso al frente. Su voz temblaba, pero sus ojos estaban fijos en los de él—. Puede que para ti todo sea un juego porque tienes una red de seguridad de oro, pero para nosotros, cada nota cuenta. ¿Por qué me odias tanto sin conocerme?
Steve miró a Luisa, y por un segundo, su máscara de cinismo flaqueó. Miró el bolígrafo que aún guardaba en su bolsillo, el que le pertenecía a Sebastián. —No te odio, Luisa —dijo él, volviendo a mirar a Abigail—. Solo me gusta ver cómo se rompen las cosas hermosas para ver si son reales por dentro. Pero... quizás me equivoqué de objetivo esta vez.
Antes de que pudieran responder, Steve recuperó su teléfono de un tirón y se alejó sin mirar atrás, dejando a Abigail con las manos temblando de rabia y a Luisa con más dudas que antes.
Esa tarde, Luisa no fue a casa. Necesitaba ver a Sebastián. Lo encontró en la biblioteca, pero no en las mesas principales, sino en la sección de archivos antiguos, donde el olor a papel viejo y el silencio absoluto eran el único consuelo.
Él estaba allí, sentado en el suelo, rodeado de libros. Cuando la vio, se levantó de inmediato. No hubo preguntas, ni recriminaciones por el video. Solo abrió los brazos y Luisa se dejó caer en ellos.
Fue un abrazo largo, de esos que Jane Austen describiría como un "puerto seguro tras una tormenta". Luisa apoyó la cabeza en el pecho de Sebastián y, por primera vez en días, lloró. Lloró por la presión de sus abuelos, por la crueldad de Rebeca y por el miedo a fallar.
—Lo sé —susurró Sebastián, acariciándole el cabello—. He visto el video. Es una mentira burda, Luisa. Nadie que te conozca de verdad podría creer que necesitas hacer trampa.
—Pero el Decano no me conoce —sollozó ella—. Y mis abuelos... si se enteran, se les romperá el corazón.
Sebastián la tomó de los hombros y la obligó a mirarlo. —Entonces no pelearemos con sus reglas. Pelearemos con las nuestras. Luisa, mírame.
Ella levantó la vista y notó algo extraño. La marca dorada en su muñeca, la que trajo del sueño, empezó a brillar con una intensidad suave. Sebastián bajó la mirada a la muñeca de Luisa y, para sorpresa de ella, no se asustó. Él levantó su propia manga izquierda.
Allí, en el mismo lugar, Sebastián tenía una marca idéntica. Una línea de luz que parecía pulsar al ritmo del corazón de Luisa.
—No estás loca —dijo él—. Lo que vivimos en esos sueños es tan real como este momento. Yo también traigo cosas de allá. Esa marca es el vínculo de quienes eligen la verdad sobre la apariencia.
El tinte romántico de la escena se elevó a algo casi místico. Sebastián se inclinó y besó suavemente la marca en la muñeca de Luisa. El calor de sus labios envió una oleada de calma por todo su cuerpo, una sensación de que, mientras estuvieran juntos, la realidad no podía destruirlos.
—Mañana es el examen —continuó él—. Rebeca intentará usar el video para que te anulen la prueba. Pero Steve... Steve tiene dudas. Lo vi en su cara hoy. Tenemos que darle una razón para elegir el bando correcto.
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Editado: 18.02.2026