A despertar también se aprende

El código de la lealtad y el peso de la verdad

El aire en el vestíbulo de la facultad de Ciencias Políticas se sentía cargado de electricidad estática. Luisa sostenía la unidad USB en su mano como si fuera una granada a punto de estallar. A su lado, Abigail devoraba una dona de chocolate con una ansiedad que no lograba ocultar, mientras miraba de reojo a cada estudiante que pasaba.

—¿Y si es una trampa de Steve? —susurró Abigail, limpiándose una migaja de la comisura de los labios—. Ese chico tiene más capas que una cebolla y todas son igual de irritantes. ¿Y si la USB tiene un virus que borra tu tesis o, peor aún, fotos de Rebeca en ropa de gimnasio?

—No lo sé, Abi —respondió Luisa, mirando hacia la puerta de la sala de cómputo—. Pero la foto de mi madre... él no tenía por qué dármela. Había algo en su mirada, algo que no era burla. Era casi... respeto.

Entraron en la sala de cómputo, un lugar gélido y lleno de hileras de monitores parpadeantes que siempre le daban a Luisa una sensación de orden reconfortante. Buscaron la computadora más alejada. Luisa insertó la unidad USB con dedos temblorosos.

La pantalla mostró un solo archivo de video y un documento de texto titulado: "Para la niña perfecta".

Al abrir el video, no aparecieron ellas. Era una grabación de seguridad de la cafetería, pero desde un ángulo que nadie más tenía. En ella se veía claramente a Rebeca hablando con un técnico de audiovisuales, entregándole un sobre con dinero. Luego, la pantalla se dividía: mostraba el video original de Luisa y Sebastián hablando tranquilamente, y al lado, la versión editada que Steve había subido. La manipulación era tan evidente que resultaba insultante.

—Ese hijo de... —Abigail se tapó la boca, recordando que estaban en una biblioteca—. Steve grabó a Rebeca sobornando al técnico. La traicionó antes de que el plan siquiera terminara.

Luisa abrió el documento de texto. Solo decía una frase: "El caos es divertido, pero la mediocridad de Rebeca me aburre. Úsalo si tienes el valor de dejar de ser la víctima. S."

—Luisa, esto te salva —dijo Abigail, con los ojos brillando—. Tienes que llevárselo al Decano ahora mismo, antes del examen de las diez.

—No —dijo Luisa, para sorpresa de su amiga. Se puso de pie con una determinación que no conocía en sí misma—. Si voy al Decano ahora, el examen se suspenderá para todos y habrá una investigación. Sebastián perdería su oportunidad de presentar, y yo quiero vencer a Rebeca donde más le duele: en la excelencia, no solo en los pasillos.

Salieron de la sala y se toparon de frente con Sebastián. Él se veía impecable, aunque cansado. Cuando sus ojos se encontraron con los de Luisa, la marca dorada en su muñeca (ahora oculta bajo su blusa) pareció latir con un calor suave.

—Te estaba buscando —dijo él, ignorando a los estudiantes que aún cuchicheaban sobre el video viral—. El Decano quiere hablar contigo antes de que empiece la prueba. Rebeca ha estado en su oficina toda la mañana "expresando su preocupación" por la integridad académica de la facultad.

Luisa apretó la USB en su bolsillo. —Deja que hable. Sebastián... pase lo que pase hoy, gracias por creer en mí cuando ni yo misma lo hacía.

Él se acercó, rompiendo una vez más la distancia social. Le acomodó un mechón de cabello castaño detrás de la oreja. —No creo en ti por tus notas, Luisa. Creo en ti porque eres la única persona en este lugar que prefiere quemarse antes que mentir. Pero hoy no te vas a quemar.

El momento romántico fue interrumpido por la figura de Steve, que caminaba hacia ellos con las manos en los bolsillos y su habitual aire de superioridad. Al ver a Abigail, se detuvo y le dedicó una inclinación de cabeza casi imperceptible.

—Veo que Esmeralda entregó el mensaje —dijo Steve, refiriéndose a su teléfono o a la USB—. ¿Ya decidiste ser la heroína o vas a seguir siendo la mártir, Luisa?

—He decidido ser yo misma, Steve —respondió Luisa con firmeza—. Y gracias por la foto. Significa más de lo que crees.

Steve se encogió de hombros, pero Abigail dio un paso al frente, poniéndose a pocos centímetros de él. —¿Por qué lo hiciste? —le preguntó Abigail, bajando la voz—. ¿Por qué ayudar a la chica que ayer llamabas "ratona de biblioteca"?

Steve miró a Abigail, y por un segundo, el cinismo desapareció de sus ojos. —Porque me gusta ver cómo arde el mundo, Abigail. Pero me gusta más ver a la gente que sabe caminar por el fuego sin quemarse. Y tú... tú eres un incendio que todavía no entiendo.

Abigail se quedó sin palabras, algo que ocurría una vez cada década. Steve se alejó, dejando un rastro de perfume caro y una tensión que se podía cortar con un cuchillo.

El aula magna estaba en silencio absoluto. El profesor repartió las hojas del examen de Administración Pública, la prueba más difícil del semestre. Rebeca estaba sentada dos filas atrás, con una sonrisa de suficiencia. Ella creía que Luisa estaba acabada, que el rumor del video era suficiente para que los profesores corrigieran su examen con prejuicio.

Luisa abrió el examen. Las preguntas eran complejas, diseñadas para filtrar a los mejores. Por un momento, el pánico de siempre intentó asfixiarla. "Tienes que ser perfecta", susurraba la voz de su madre en su cabeza. "No falles", decía la presión de sus abuelos.

Pero entonces, cerró los ojos un segundo. Recordó el sueño de la torre de espejos. Recordó que las paredes de cristal se derretían cuando dejaba de seguir las reglas del miedo.

Abrió los ojos y empezó a escribir. No escribía para complacer a nadie. Escribía porque amaba la política, porque creía en la ética y porque Sebastián estaba dos asientos más allá, confiando en ella.

Esa tarde, tras terminar el examen y antes de recibir los resultados, Luisa no se fue a casa a estudiar más. Se sentó con Sebastián y Abigail en el jardín de los sauces. Se permitió cerrar los ojos, no por agotamiento, sino por paz.

En el sueño, ya no había castillos ni reinas malvadas. Estaba en un jardín infinito. Sebastián estaba allí, plantando algo en la tierra. —¿Qué haces? —le preguntó ella. —Planto la verdad —dijo él—. Ya no tienes que correr por los pasillos de cristal, Luisa. El castillo se ha caído porque ya no necesitas sus muros para sentirte segura.




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