A despertar también se aprende

Las huellas en el lodo y el peso de los apellidos

El pasillo que conducía a la oficina del Decano nunca le había parecido tan largo a Luisa. A pesar de que la noticia de la expulsión de Rebeca corría como pólvora por los grupos de WhatsApp, el ambiente no se sentía victorioso, sino expectante. La ausencia de la "reina" había dejado un vacío incómodo, y la mirada de los profesores sobre Luisa ya no era de sospecha, sino de una curiosidad casi clínica.

Sebastián caminaba a su lado. Su presencia era lo único que evitaba que ella diera media vuelta y huyera. Sus manos se rozaron brevemente y, aunque estaban en público, él entrelazó sus dedos con los de ella por un segundo antes de soltarlos. Fue un gesto rápido, pero cargado de una promesa de lealtad que a Luisa le devolvió el aliento.

—Sea lo que sea que ese profesor encontró en nuestros expedientes, lo enfrentaremos juntos —susurró Sebastián. Su voz era firme, pero Luisa notó que la marca roja en su muñeca, oculta bajo el reloj, latía con un brillo sutil.

El profesor Martínez los esperaba rodeado de carpetas amarillentas y el olor a tabaco viejo. Sobre su escritorio, descansaba la foto que Steve le había entregado a Luisa.

—Siéntense, por favor —dijo Martínez, ajustándose las gafas—. He sido el encargado de los archivos históricos de esta facultad por treinta años. Cuando vi el video que el joven Steve filtró, algo en el apellido de Sebastián me hizo ruido. Y cuando vi esa foto que tú tenías, Luisa... las piezas encajaron de una forma que no me gusta.

Luisa sintió un nudo en la garganta. —¿A qué se refiere, profesor?

—Luisa, siempre has creído que el sacrificio de tu madre fue un error de cálculo, una deuda que tú debes pagar —Martínez suspiró y deslizó un documento viejo sobre la mesa—. Pero tu madre no dejó la carrera solo por falta de dinero. Se fue porque la obligaron. Y el hombre que firmó su baja académica, bajo acusaciones falsas de plagio... fue el abuelo de Sebastián.

El silencio que siguió fue absoluto. Luisa sintió como si el suelo de la oficina se convirtiera en el cristal quebradizo de sus sueños. Miró a Sebastián. Él estaba pálido, con los ojos fijos en el documento.

—Mi abuelo fue el Decano aquí hace veinticinco años —dijo Sebastián con voz ronca—. Pero él siempre dijo que era un hombre de honor...

—Tu abuelo y la familia de Rebeca tenían negocios en común —continuó Martínez—. La madre de Luisa era la mente más brillante de su generación. Iba a ganar la beca de investigación que la familia de Rebeca necesitaba para sus empresas. Así que la eliminaron del juego. Sebastián, tu familia no solo le quitó la carrera a la madre de Luisa; le quitaron su futuro.

Salieron de la oficina en silencio. El sol de la tarde golpeaba el patio central, pero Luisa sentía un frío ártico. Se detuvo frente a la fuente, el mismo lugar donde días atrás Sebastián le había devuelto el bolígrafo.

—Luisa, yo... yo no lo sabía —dijo Sebastián, acercándose con las manos temblorosas—. Te juro que si hubiera sabido que mi apellido era el responsable del dolor de tu familia...

—No es tu culpa, Sebastián —cortó ella, aunque sus ojos estaban llenos de lágrimas—. Pero ahora entiendo por qué mis abuelos me presionaban tanto. Ellos no querían que fuera perfecta por vanidad; tenían miedo de que la historia se repitiera. Tenían miedo de que "ellos" volvieran a ganarnos.

—¿Y ahora qué? —preguntó él, buscando su mirada con desesperación—. ¿Esto cambia lo que somos?

Luisa miró la marca roja en su muñeca. Ya no brillaba; se veía como una cicatriz antigua. —No lo sé. En los sueños eres mi protector, pero en la realidad... nuestras familias están en guerra desde antes de que naciéramos.

Mientras tanto, en la cafetería, Abigail intentaba procesar la salida de Rebeca. Steve estaba sentado frente a ella, jugando con una cuchara de plata como si fuera un juguete aburrido.

—¿Tú lo sabías, verdad? —preguntó Abigail, golpeando la mesa—. Sabías lo de las familias de Luisa y Sebastián. Por eso le diste la foto. No fue por bondad, fue por el drama.

Steve levantó la vista. Su cinismo habitual estaba teñido de algo más oscuro. —La bondad es para la gente que puede pagarla, Abigail. Yo solo quería nivelar el tablero. Mi familia también estuvo involucrada en ese lío. Mi padre era el que financiaba los negocios de la familia de Rebeca. Soy tan culpable por asociación como el "perfecto" Sebastián.

Abigail lo miró fijamente. Por primera vez, no vio al playboy arrogante, sino a un chico que cargaba con la basura de sus padres y trataba de esconderla tras relojes de lujo. —Eres un idiota, Steve. Pero eres un idiota que está intentando hacer algo correcto por las razones equivocadas.

—¿Y eso me hace mejor o peor? —preguntó él, inclinándose hacia ella.

—Te hace interesante —respondió Abigail, sorprendiéndose a sí misma—. Pero si vuelves a lastimar a Luisa con tus "juegos de poder", te juro que ni todo tu dinero te salvará de mí.

Steve soltó una risa seca, pero sus ojos permanecieron fijos en Abigail. —Me gustan las amenazas, Abigail. Me hacen sentir que alguien me presta atención de verdad.

Esa noche, el sueño de Luisa fue el más vívido hasta la fecha. No había baile, ni bibliotecas infinitas. Estaba de pie en medio de un campo de batalla lleno de estatuas rotas. Eran las estatuas de su madre y de los abuelos de Sebastián, enfrentadas en un duelo de piedra que nunca terminaba.

Sebastián apareció entre la niebla. Llevaba la misma capa de pino y lluvia, pero esta vez estaba rota. —¿Vas a dejar que la historia nos destruya? —le preguntó él.

—No quiero —dijo Luisa, llorando—. Pero la realidad pesa más que los sueños, Sebastián.

—Entonces cambia la realidad —respondió él, dándole algo en la mano.

Cuando Luisa abrió el puño, vio una llave de hierro antigua. —Esta llave abre el archivo que Martínez no te mostró —dijo el Sebastián onírico—. Hay algo más. Algo que Rebeca se llevó antes de irse.




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