A despertar también se aprende

La llave de los fantasmas y el pacto de los sauces

Luisa bajó las escaleras de su casa sintiendo que el metal de la llave de hierro le quemaba la palma de la mano. Al abrir la puerta principal, el frío de la mañana la golpeó, pero no tanto como la imagen de Sebastián apoyado en su auto, con el rostro desencajado y los ojos inyectados en sangre. No parecía el príncipe de sus sueños; parecía un hombre procesando una traición que no era suya, pero que cargaba en su apellido.

—¿Es verdad, Sebastián? —fue lo primero que dijo Luisa, sin preámbulos. Su voz era un hilo, pero cortaba como cristal.

Sebastián dio un paso hacia ella, pero se detuvo al ver la distancia en su mirada. —Pasé toda la noche revisando los papeles legales de mi abuelo en el despacho de mi padre —confesó con voz ronca—. Luisa, hay una propiedad... una casa de campo en las afueras. Está a nombre de una sociedad anónima que mi familia controla desde hace veinte años. El registro original... —se tragó un nudo— el registro original estaba a nombre de tu madre. La obtuvo como herencia de una tía abuela, pero la perdió el mismo mes que la expulsaron de la facultad.

Luisa sintió que el mundo se ladeaba. La nota de Rebeca no mentía. Su madre no solo había perdido su carrera, sino también su refugio, su único patrimonio. Y la familia del chico que amaba se había quedado con las llaves.

—Mi abuelo no solo la saboteó académicamente —siguió Sebastián, con amargura—. Usó la deuda que ella contrajo para pagar los abogados de su defensa por el falso plagio para embargarle la casa. Fue una emboscada legal perfecta. Luisa, yo no sabía que vivía de las cenizas de tu familia.

Luisa miró la llave de hierro en su mano. —Esta llave apareció en mi cuarto después del sueño. Creo que abre esa casa. Y creo que es hora de que dejemos de ser peones en este juego de ajedrez que empezaron nuestros padres.

Mientras la tragedia familiar envolvía a los protagonistas, en un café de estilo industrial cerca del centro, Abigail se encontraba en una situación que juró que nunca ocurriría. Estaba sentada frente a Steve, quien por alguna razón había cambiado su traje de diseñador por una sudadera negra más sencilla, aunque seguía oliendo a perfume que costaba más que el alquiler de ella.

—No te confundas, Rubius de Malibú —dijo Abigail, señalándolo con un palito de canela—. Estoy aquí solo porque necesito saber qué más planea Rebeca. Si intentas seducirme con tu "charme" de niño rico, te aviso que soy inmune.

Steve soltó una carcajada que, por primera vez, no sonó cínica. —Me queda claro, Abigail. Tu inmunidad es tu superpoder. Pero lo cierto es que Rebeca se ha ido a la casa de campo de sus padres a "meditar", lo cual en su idioma significa "planear una venganza que incluya fuego y redes sociales". Ella no soporta haber perdido el control.

—¿Y tú? ¿Por qué estás de nuestro lado ahora? —preguntó ella, bajando el tono, observando cómo Steve evitaba su mirada.

Steve jugueteó con su taza de café. —Porque por primera vez en mi vida, vi a alguien que no se rinde ante el dinero. Tú trabajas en ese bar hasta las tres de la mañana, aguantas a tu tía loca y todavía tienes ganas de pelear por Luisa. En mi mundo, la gente se vende por un descuento en Gucci. Tú eres... —hizo una pausa, buscando la palabra— real. Y eso me aterra más que cualquier cosa que Rebeca pueda hacer.

Abigail sintió un calor extraño en las mejillas. Para ocultarlo, le dio un mordisco enorme a su dona. —Bueno, al menos tienes buen gusto para reconocer la calidad. Ahora, ayúdame a encontrar esa casa de campo. Luisa y Sebastián fueron hacia allá.

Esa tarde, tras un viaje tenso en auto hacia las afueras, Luisa y Sebastián llegaron a la propiedad. La casa estaba rodeada de maleza y silencio. Al tocar la madera vieja de la puerta, Luisa sintió un mareo súbito. El cansancio del viaje y el impacto emocional la hicieron tambalear.

No estaba dormida, pero el sueño la alcanzó. El jardín de la casa se transformó ante sus ojos. Las flores marchitas se convirtieron en rosas de cristal negro. Rebeca apareció de nuevo, pero esta vez no tenía corona. Estaba encadenada a los muros de la casa.

—¿Crees que eres libre, Luisa? —rio Rebeca con amargura—. Esta casa es una trampa. Quien entra aquí hereda el odio de los que estuvieron antes. Si perdonas a Sebastián, traicionas a tu madre. Si lo culpas, te conviertes en mí. No hay salida.

Sebastián apareció en el umbral, su imagen onírica mezclándose con la real. —No la escuches, Luisa. El pasado es un ancla solo si decides no soltarla.

Luisa metió la llave en la cerradura. El sonido del metal girando fue como un trueno en el silencio del bosque. La puerta se abrió, y el sueño se desvaneció, dejándola en un pasillo lleno de polvo y sábanas blancas que cubrían muebles antiguos.

Caminaron por la sala hasta llegar a un escritorio de roble. Sebastián encontró un compartimento oculto. Dentro no había joyas ni dinero. Había un diario. El diario de la madre de Luisa.

Luisa lo abrió por la última página. La letra era apresurada, manchada de lágrimas.

"No me voy por el plagio. Me voy porque descubrí la verdad sobre el proyecto 'Despertar'. No es solo una beca, es un sistema de manipulación emocional que el Decano y la familia de Rebeca quieren probar en los estudiantes. Sebastián... si lees esto, espero que seas más valiente que tu abuelo."

Luisa y Sebastián se miraron. El nombre del proyecto era el mismo que el título de sus sueños. —Sebastián —susurró Luisa—, el proyecto se llama 'A despertar también se aprende'. No son solo sueños. Estamos dentro de un experimento que empezó hace veinte años.

En ese momento, las luces de la casa se encendieron solas. Un motor rugió afuera. No era Steve ni Abigail. Era una camioneta negra blindada. De ella bajó un hombre mayor, vestido con una elegancia impecable y un parecido asombroso con Sebastián: su padre.

—Veo que han encontrado la oficina de investigación de su madre —dijo el hombre, entrando en la casa sin pedir permiso—. Es una pena que hayan llegado tan lejos. Sebastián, hijo, es hora de que vuelvas a casa y dejes que nos encarguemos de la señorita Luisa. Hay secretos que son mejores verlos dormidos.




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