La presencia del padre de Sebastián, el Sr. Montenegro, parecía absorber todo el oxígeno de la habitación. No era un villano de caricatura; era un hombre de orden, con un traje de sastre que costaba más que la matrícula anual de Luisa y una mirada que analizaba a las personas como si fueran activos en una bolsa de valores.
—Papá, ¿qué haces aquí? —La voz de Sebastián salió con una mezcla de sorpresa y una rabia contenida que Luisa nunca le había visto—. Dijiste que esta casa estaba en litigio. Dijiste que no sabías nada de la familia de Luisa.
El Sr. Montenegro soltó un suspiro de cansancio paternal, como si estuviera lidiando con un niño caprichoso. —Dije lo que necesitabas oír para no distraerte de tus estudios, Sebastián. Pero la curiosidad de la señorita Luisa ha forzado mi mano. Este lugar es propiedad privada y el diario que tiene en sus manos contiene información confidencial de la Universidad. Entréguenlo y volveremos a la ciudad en silencio.
Luisa apretó el diario contra su pecho. Sus nudillos estaban blancos. —No es información confidencial. Es la vida de mi madre. Es la prueba de que ustedes usaron a estudiantes como ratas de laboratorio para un experimento de control emocional.
—Se llama "optimización del rendimiento", señorita —corrigió el Sr. Montenegro, dando un paso al frente—. El estrés es el mayor enemigo de la productividad. Solo buscábamos una forma de canalizarlo. Si su madre no tuvo la fortaleza mental para soportar el proceso, no fue nuestra culpa.
Sebastián se interpuso entre su padre y Luisa. La marca en su muñeca brillaba con un rojo furioso, casi quemando su piel. —Vámonos, Luisa. Ahora.
—No irán a ninguna parte —dijo el Sr. Montenegro, haciendo un gesto a los hombres que esperaban en la camioneta.
Justo cuando el aire se volvía irrespirable, un chirrido de llantas rompió el silencio del bosque. Un deportivo plateado entró derrapando en el camino de grava, levantando una nube de polvo que obligó a todos a cubrirse los ojos.
—¡Taxi para los fugitivos del drama! —gritó Abigail, asomándose por la ventana del copiloto con una bufanda de plumas rosas que se veía ridícula y gloriosa al mismo tiempo.
Steve bajó del auto con una parsimonia insultante. Se ajustó las gafas de sol y miró al Sr. Montenegro. —Hola tío. Qué sorpresa verlo en este agujero. Mi padre me dijo que estaba en una "reunión de negocios", no en una excursión escolar.
—Steve —siseó el hombre—. Esto no te incumbe. Vuelve a tu club y deja que los adultos terminen esto.
—Verás, ese es el problema —dijo Steve, caminando hacia Luisa y Sebastián con total tranquilidad—. Abigail me prometió que si los ayudaba a escapar, me dejaría de llamar "Rubius de Malibú" durante toda una semana. Es una oferta que no puedo rechazar.
En un movimiento coordinado que debieron practicar en el camino, Abigail saltó del auto y tomó del brazo a Luisa. —¡Corre, Lulú! ¡Menos pensar, más mover las piernas!
Sebastián no esperó. Empujó a Luisa hacia el asiento trasero del auto de Steve. El Sr. Montenegro intentó detenerlos, pero Steve se interpuso con una sonrisa cínica. —Tío, si me tocas, llamo a mi padre. Y ya sabes que a él le encanta saber cuándo te saltas los protocolos del consejo.
Steve saltó al asiento del conductor, puso reversa y salió de allí a toda velocidad, dejando atrás a un Sr. Montenegro furioso y a un Sebastián que miraba por la ventana trasera cómo su mundo de certezas se desvanecía.
No regresaron a sus casas. Era demasiado peligroso. Steve los condujo hasta un pequeño apartamento en la zona más bohemia y ruidosa de la ciudad: el lugar donde Abigail vivía con su tía.
—Mi tía está en el turno de noche en el hospital, así que tenemos unas horas —dijo Abigail, encendiendo las luces de un salón lleno de plantas medio muertas, ropa colorida y un olor constante a incienso de sándalo.
Luisa se dejó caer en un sofá desvencijado. El silencio que siguió fue denso. Sebastián se quedó de pie junto a la ventana, mirando la calle como si esperara ver aparecer la camioneta de su padre en cualquier momento.
—Tenemos que leer el diario —dijo Luisa, rompiendo el hielo—. Si hay un experimento, debe haber una forma de pararlo.
—No es solo un experimento, Luisa —dijo Steve, apoyado contra la pared. Por primera vez, su voz no tenía rastro de burla—. Mi padre y el tuyo, Sebastián, invirtieron millones en una tecnología de inducción onírica. Querían crear el "estudiante perfecto": alguien que no necesitara dormir porque podía estudiar mientras soñaba, o que pudiera ser programado emocionalmente para no sentir miedo al fracaso.
Abigail dejó de masticar su chicle. —Eso suena a película de terror de bajo presupuesto.
—Es peor —dijo Sebastián, girándose—. Si el "Proyecto Despertar" sigue activo, significa que nosotros somos los nuevos sujetos de prueba. Rebeca no era solo una rival; ella era la "sujeto de control". Por eso sus sueños eran tan agresivos. Estaba diseñada para ponernos al límite.
Horas más tarde, Steve y Abigail se quedaron dormidos en la alfombra entre cajas de pizza y mapas de la universidad. Luisa y Sebastián se retiraron a un pequeño balcón que daba a un callejón iluminado por luces de neón.
El tinte romántico, que antes era fresco y dulce, ahora tenía un matiz de urgencia y melancolía. Sebastián tomó la mano de Luisa. Sus dedos encajaron perfectamente, pero ambos sintieron la pulsación de la marca en sus muñecas.
—Luisa, mi familia te hizo daño. Te quitaron tu historia —dijo él, con los ojos empañados—. No te culparía si no pudieras volver a mirarme.
Luisa lo miró fijamente. En ese momento, Jane Austen habría escrito sobre la nobleza del perdón, y Megan Maxwell sobre la pasión que nace del conflicto. —No eres tu padre, Sebastián. El chico que me sostuvo cuando se me cayeron los papeles, el que me hace reír cuando el mundo se cae a pedazos... ese eres tú. No voy a dejar que el pasado de ellos nos robe nuestro presente.
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Editado: 18.02.2026