A despertar también se aprende

Operación Doña Rosa

El apartamento de Abigail se había transformado en un búnker improvisado. La luz de una lámpara de escritorio parpadeaba, proyectando sombras alargadas sobre los mapas y las notas que cubrían la mesa del comedor. Fuera, la ciudad rugía con su indiferencia habitual, pero dentro, el tiempo parecía haberse espesado.

Steve estaba sentado frente a su computadora portátil, con el rostro iluminado por el resplandor azul de la pantalla. Sus dedos volaban sobre las teclas, desencriptando archivos que había robado del servidor privado de su padre antes de que cortaran su acceso.

—Aquí está —dijo Steve, con la voz cargada de una seriedad que hizo que todos se acercaran—. El "Protocolo de Sincronización Emocional". Chicos, esto es mucho más que inducción de sueños.

Luisa, que sostenía el diario de su madre como si fuera un amuleto, se sentó frente a él. —Explícanos, Steve. Mi madre escribió sobre el "Proyecto Despertar", pero hablaba de sensaciones, de miedos... no de cómo funciona la máquina.

Steve suspiró y giró la pantalla para que todos pudieran ver un diagrama que parecía una telaraña hecha de impulsos eléctricos.

—El sistema no es un programa de computadora normal —explicó Steve—. Es una Red Neuronal Espejo. Mi padre y el abuelo de Sebastián descubrieron que el cerebro humano, durante la fase REM del sueño, emite una frecuencia que puede ser sintonizada. Crearon un servidor central en el sótano de la biblioteca que actúa como un "director de orquesta". Envía una señal a los sujetos —nosotros— a través de las antenas repetidoras del campus, que interactúan con el suero que nos inyectaron bajo la excusa de las vacunas anuales.

Sebastián se pasó una mano por el rostro, visiblemente pálido. —Por eso compartimos sueños. Estamos todos conectados a la misma "frecuencia base".

—Exacto —asintió Steve—. Pero aquí está lo retorcido: el sistema se alimenta de una fuente de energía emocional. No usa electricidad común para procesar los datos, usa el estrés y la ansiedad de los estudiantes. Por eso la universidad nos presiona tanto. Cuanto más colapsamos, más potente es el servidor. Es un ciclo infinito.

Luisa señaló un apartado en el archivo que parpadeaba en rojo: Módulo de Estabilización de Memoria (MEM).

—¿Qué es eso, Steve? —preguntó ella con un mal presentimiento.

Steve tragó saliva. Miró a Sebastián y luego a Luisa antes de responder. —El servidor es inestable por naturaleza porque las emociones humanas son caóticas. Para que el sistema no explote o deje a todos los estudiantes en un coma vegetativo, necesita un Ancla. Un cerebro que sirva de filtro, que reciba todo el excedente de datos y lo procese.

—Un sacrificio —susurró Abigail, dejando a un lado su chicle.

—Básicamente —continuó Steve—. El archivo dice que el servidor fue diseñado con una jerarquía. Hay una "Cuenta Administradora" y un "Sujeto de Control". El abuelo de Sebastián diseñó el sistema para que solo alguien con su misma herencia genética —alguien con el apellido Montenegro— pudiera ser el Ancla definitiva. Sebastián, tú no eres solo un estudiante más; eres el componente que falta para que el servidor alcance el cien por ciento de potencia sin quemarse.

Sebastián se levantó, caminando agitado por el pequeño salón. —Entonces, si entramos al sótano para apagarlo...

—Si lo apagamos bruscamente —interrumpió Steve—, toda la energía acumulada, todo ese estrés y esos miedos de miles de estudiantes, regresarán a sus cerebros de golpe. Sería un suicidio colectivo. La única forma de apagarlo de forma segura es a través de un Reinicio de Memoria.

Steve señaló una línea de código específica. —Para borrar el sistema sin dañar a los demás, el servidor necesita "formatearse". Pero los datos no desaparecen, se transfieren al Ancla. Si elegimos salvar a los alumnos, el Ancla —Sebastián— recibe la descarga de borrado. Su cerebro se limpia para salvar el de los demás. Sus recuerdos personales, su identidad, su conexión con nosotros... todo se borra para dar espacio al archivo de seguridad de la universidad.

Luisa sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Miró a Sebastián. Él ya no era el chico perfecto de la facultad, era una pieza de repuesto en una maquinaria cruel.

—¿Y no hay otra opción? —preguntó Luisa, con lágrimas en los ojos—. ¿Tiene que ser él?

—El sistema es binario, Luisa —dijo Steve con amargura—. O salvas la red, o salvas al nodo central. Si proteges a Sebastián y bloqueas la transferencia, el servidor se sobrecarga y la "purga" destruye la mente de todos los que estén conectados en ese momento. Es una trampa lógica perfecta diseñada por mi padre y el suyo. Sabían que, si alguien intentaba detenerlos, se enfrentaría a este dilema moral.

Sebastián se detuvo frente a la ventana, mirando las luces de la universidad a lo lejos. —Por eso mi abuelo obligó a tu madre a irse, Luisa —dijo él, sin girarse—. Ella descubrió que el "Ancla" no tenía que ser un esclavo. Ella estaba buscando una forma de que el Ancla fuera consciente, de que pudiera apagar el sistema desde adentro usando el afecto como un cortocircuito. Pero no tuvo tiempo.

Luisa abrió el diario de su madre en una página que antes le parecía incomprensible. Había un dibujo de dos círculos entrelazados. Debajo, una frase: "La frecuencia del corazón es la única que el servidor no puede replicar, porque no nace del miedo, sino de la entrega".

—Mi madre no quería salvar el sistema —dijo Luisa, levantándose con una resolución nueva—. Ella quería romperlo. Steve, si entramos, no vamos a seguir las reglas de tu padre. Vamos a usar la conexión que tenemos Sebastián y yo. Si el sistema se alimenta de miedo, nosotros le daremos algo que no pueda procesar.

Steve la miró, incrédulo. —¿Estás hablando de un hackeo emocional? Eso es... teóricamente posible, pero es extremadamente peligroso. Si fallan, ambos perderán la razón.

—Ya la perdimos el día que decidimos enfrentarnos a ellos —dijo Abigail, poniéndose al lado de Luisa—. Steve, dinos qué necesitamos hacer para llegar a esa consola.




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