A despertar también se aprende

El dilema del espejo y el código del corazón

El estruendo de los servidores del sótano desapareció de golpe, reemplazado por un silencio absoluto y vibrante. Luisa abrió los ojos, pero no estaba en la biblioteca. Se encontraba en el Núcleo de la Red Espejo: un vacío blanco infinito donde el suelo parecía cristal líquido que reflejaba fragmentos de datos, recuerdos y líneas de código.

Frente a ella, Sebastián estaba de pie dentro de una estructura de luz que recordaba a la cápsula de inducción. Miles de hilos dorados salían de su pecho, conectándose a las paredes invisibles del vacío. Era el Ancla en pleno funcionamiento. Cada vez que un hilo brillaba, una ráfaga de imágenes —los miedos de otros estudiantes— cruzaba su rostro, dejándolo un poco más pálido, un poco más vacío.

—Sebastián… —susurró Luisa, intentando caminar hacia él. Sus pies se sentían pesados, como si el sistema estuviera analizando su "masa emocional".

—No te acerques demasiado, Luisa —una voz resonó en todo el espacio. No era la voz de un sistema operativo, sino una amalgama de miles de susurros que finalmente tomó la forma de una mujer elegante y translúcida: la proyección de datos de su madre.

Luisa retrocedió, con el corazón martilleando en su pecho. —¿Mamá? No… tú eres el archivo de seguridad. Steve dijo que el sistema guardó una copia de la conciencia del Sujeto Uno.

—Soy la interfaz de usuario que tu mente puede procesar —respondió la imagen—. Luisa, escucha con atención. El reinicio de la Red Neuronal Espejo ha comenzado. Para que los cinco mil estudiantes despierten sin que sus mentes se fracturen por el excedente de estrés, el servidor necesita transferir toda esa carga al Ancla.

Luisa miró a Sebastián. Sus ojos estaban fijos en el infinito, perdiendo ese brillo humano que ella tanto amaba. —¿Y qué pasa con él? —preguntó Luisa, temiendo la respuesta.

—El sistema es binario —explicó la interfaz—. Si completamos la purga para salvar a la red, el Ancla recibe el "formateo". Sus recuerdos personales, su identidad, su conexión contigo… todo será sobrescrito por el archivo de respaldo de la universidad para estabilizar el sistema. Él despertará, pero será una hoja en blanco. Un Montenegro perfecto, sin pasado.

Luisa sintió que el frío del vacío blanco se le metía en los huesos. —¿Y si detengo la purga?

—Si bloqueas la transferencia para salvar sus recuerdos, el servidor se sobrecargará. La energía acumulada estallará hacia afuera, dejando a todos los estudiantes conectados en un estado de trauma permanente. Es la ética del éxito frente a la ética del amor, Luisa. Lo que siempre te enseñamos: ¿el bien común o el deseo propio?

Sebastián pareció recuperar la conciencia por un momento. Sus ojos buscaron a Luisa a través de los hilos dorados. —Hazlo, Luisa —dijo con una voz que sonaba como el eco de un sueño—. Siento el peso de todos ellos. Siento su miedo, su presión… es demasiado para que lo carguen solos.

—¡No puedo dejar que te borren! —gritó ella, acercándose a pesar de la estática que le quemaba la piel—. ¡Todo lo que hemos pasado, la casa, los secretos… todo se irá!

—No se irá si tú lo guardas —respondió Sebastián, con una sonrisa triste que rompió el corazón de Luisa—. Mi abuelo diseñó este sistema pensando que el amor era una distracción, una falla en el código. Demuéstrale que se equivocó. Usa el hilo. Borra el sistema y sálvalos a ellos. Yo… yo te encontraré de nuevo. A despertar también se aprende, ¿recuerdas?

Luisa recordó la nota en el diario de su madre: "El amor sano no es sacrificio, es respeto". Respetar a Sebastián significaba respetar su decisión de ser un héroe, aunque el precio fuera el olvido.

Con las manos temblorosas, Luisa se acercó a la consola de luz que flotaba entre ellos. Era el "Interruptor Maestro" del que Steve había hablado.

—Si haces esto —advirtió la interfaz de su madre—, el vínculo se romperá. Él no recordará tu nombre, ni tu rostro, ni esta promesa.

Luisa miró a Sebastián una última vez. Él asintió, dándole la fuerza que ella no tenía. Luisa cerró los ojos y, con un grito que fue un desgarro de su propia alma, pulsó el comando de REINICIO TOTAL.

Luisa abrió los ojos con un espasmo de dolor. Estaba de vuelta en el sótano de la biblioteca. El zumbido de los servidores se había apagado, reemplazado por un silencio sepulcral.

—¡Luisa! ¡Sebastián! —Abigail corrió hacia ellos, ayudando a Luisa a salir de su terminal—. ¿Están bien? ¿Qué pasó? Las pantallas se pusieron blancas y luego… todo se apagó.

Steve estaba frente a la consola, mirando los datos con una expresión de asombro y tristeza. —Lo logramos. El servidor ha sido purgado. No hay rastro del Proyecto Despertar en la red. Todos los estudiantes están despertando ahora mismo en sus dormitorios como si hubieran tenido un sueño largo y extraño. Pero…

Luisa no escuchó el "pero". Se tambaleó hacia la cápsula de Sebastián. El cristal se abrió y él salió, frotándose las sienes con confusión. El Sr. Montenegro y los guardias de seguridad entraron en ese momento, pero se detuvieron al ver que el sistema estaba muerto.

—¿Sebastián? —susurró Luisa, acercándose con el corazón en la mano.

Él levantó la vista. La miró directamente a los ojos. Hubo un silencio eterno donde el tiempo pareció detenerse. Luisa buscó la chispa, el reconocimiento, el amor que habían compartido en el balcón del refugio.

—Hola —dijo él, con una cortesía formal que le heló la sangre a Luisa—. Perdone, señorita… ¿es usted del personal de la biblioteca? Me siento un poco desorientado. ¿Nos conocemos?

Abigail ahogó un sollozo. Steve bajó la cabeza. Luisa sintió que el mundo se ladeaba, pero se obligó a mantenerse en pie. El sistema había cumplido su promesa: la red estaba a salvo, pero el Ancla se había reseteado.

El Sr. Montenegro se acercó a su hijo, con una sonrisa de triunfo frío. —Ven, Sebastián. Vámonos a casa. Parece que has tenido un colapso por el estrés de los exámenes. Por suerte, todo ese "desorden" ha desaparecido de tu cabeza.




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