A despertar también se aprende

La teoría de la amnesia y el eco de los sauces

La universidad se sentía extrañamente silenciosa, como si el edificio mismo estuviera recuperándose de una resaca tecnológica. Las pizarras digitales habían sido reseteadas, los expedientes purgados de las notas falsas y, lo más importante, el zumbido constante de los servidores del sótano había desaparecido. Sin embargo, para Luisa, el silencio era ensordecedor.

Sentada en el mismo banco bajo los sauces donde Sebastián le había confesado que "a despertar también se aprende", Luisa observaba su muñeca. La marca roja había desaparecido por completo, dejando solo una piel impecable. No había rastro físico de la batalla, ni del sacrificio.

—Si vuelves a suspirar así, voy a tener que comprarte un tanque de oxígeno —dijo Abigail, sentándose a su lado con dos cafés humeantes.

Abigail estaba diferente. Ya no usaba su ropa fluorescente; llevaba un suéter gris sencillo y el cabello recogido. Parecía que el apagón del servidor también había silenciado una parte de su caos interno.

—No me recuerda, Abi —susurró Luisa—. Me mira como si fuera una desconocida que le cae bien. Ayer, en la fila de la cafetería, me preguntó si yo era la que siempre pedía el café más amargo de la barra. Fue... educado. Casi como si estuviéramos en el capítulo 1 de una novela otra vez.

—Míralo por el lado positivo, Lulú: tienes la oportunidad de una primera impresión por segunda vez. Y esta vez, sin una Rebeca intentando envenenarte el promedio —Abigail le dio un sorbo a su bebida—. Además, dicen que la memoria no es solo lo que guardas en la cabeza, sino lo que siente en el corazón. Dale tiempo.

Steve apareció caminando por el césped con una tableta en la mano. Ya no usaba su Porsche; ahora llegaba en una bicicleta vieja, parte de su nueva identidad de "hijo desheredado por elección". Se veía más relajado, menos tenso por mantener una imagen de poder.

—Hola, chicas —dijo Steve, sentándose en el césped frente a ellas—. He estado analizando los registros que logré descargar antes de la purga definitiva. Luisa, la amnesia de Sebastián no es un daño cerebral, es un bloqueo de acceso.

—¿A qué te refieres? —preguntó Luisa, enderezándose.

—El servidor no borró sus recuerdos, lo que pasó es más o menos lo que pasa cuando tienes un accidente, les explico un poco: el cerebro accede al conocimiento mediante una red neuronal compleja, utilizando el hipocampo y los lóbulos frontales/temporales para registrar, consolidar y recuperar información. Tras un accidente, la descarga de la información masiva en este caso, la memoria se pierde temporalmente porque el impacto altera o interrumpe la codificación de recuerdos nuevos y la recuperación de los recientes. Pero en este caso el bloqueo está codificado.

Abigail frunció el ceño. —En español, Rubius.

—En español: Sebastián es como una computadora a la que le borraron el sistema operativo, pero que todavía tiene todos los archivos en el disco duro —resumió Steve—. Solo necesitamos el "archivo de arranque" correcto para que los puentes se reconstruyan. Y ese archivo de arranque no es un código, es un estímulo emocional intenso.

Luisa caminó hacia la biblioteca, el lugar donde todo había comenzado. Al entrar, el olor a papel viejo y cera la envolvió. Se dirigió a la sección de Derecho Civil, buscando un libro que no necesitaba, solo por la inercia del hábito.

Al doblar el pasillo, chocó directamente con alguien que salía cargado de tomos pesados. Los libros volaron y las hojas se desparramaron por el suelo alfombrado.

—¡Oh, lo siento mucho! —dijo la voz que ella conocía de memoria.

Era Sebastián. Se agachó para recoger los libros y sus manos se rozaron sobre una carpeta. Luisa sintió una descarga eléctrica, ese chispazo de conexión que ninguna purga de datos podía borrar. Él también lo sintió; se quedó congelado, mirando sus dedos unidos a los de ella.

Sebastián levantó la vista. Sus ojos claros buscaron los de Luisa con una intensidad confusa. —Es extraño —susurró él, sin soltarle la mano—. Siento que ya hemos hecho esto antes.

—Tal vez en otra vida —respondió Luisa con una sonrisa triste.

—O en un sueño —dijo él, y por un segundo, un destello de reconocimiento cruzó su rostro—. Luisa... tu nombre es Luisa, ¿verdad?

El corazón de ella dio un vuelco. —¿Te acuerdas de mi nombre?

—No sé por qué lo sé —confesó él, levantándose y ayudándola a ponerse de pie—. Pero anoche soñé con un sauce y con una chica que me salvaba de un laberinto. Cuando me desperté, sentí un vacío aquí —se señaló el pecho—. Y ahora que te veo... ese vacío se siente un poco menos grande.

Mientras Luisa y Sebastián compartían ese momento de reconexión instintiva, Steve y Abigail descubrían algo más en los archivos.

—Luisa, tienen que ver esto —gritó Steve desde su mesa en el rincón de la biblioteca—. Encontré la lista de los "Sujetos Originales" de hace veinte años.

Luisa y Sebastián se acercaron. Steve señaló un nombre en la pantalla: Elena Marín.

—Es mi madre —susurró Abigail, palideciendo—. Pero ella nunca fue a la universidad. Ella vive en un pueblo llamado Esperanza, cuidando su jardín.

—Dice aquí que ella fue la única que se resistió físicamente al experimento —continuó Steve—. El abuelo de Sebastián se aseguró de que no pudiera volver a estudiar. La borraron del sistema mucho antes de que existieran los servidores digitales. Y hay una nota al pie... dice que ella posee el Componente B, el único químico capaz de disolver permanentemente la dependencia del suero en la sangre que impide el ingreso al sistema.

Luisa miró a Sebastián. —Si Elena tiene ese componente, podríamos liberar a Sebastián por completo. No solo de la amnesia, sino de cualquier intento de tu padre por reactivar el sistema en él.

Luisa tomó una decisión. No iba a esperar a que Sebastián recordara por accidente o dentro de unos años. —Vamos a Esperanza —dijo ella, mirando al grupo—. Tenemos que hablar con la madre de Abigail. El Proyecto Despertar no terminó en el sótano; terminó en ese pueblo hace veinte años.




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